Un adelanto exclusivo de la Trilogía Labruna

Trilogía Labruna. Se agranda la biblioteca futbolera, y en ese caso con trillizos. A través de casi 900 páginas, el periodista Diego Borinsky reconstruye vida y obra de una leyenda del fútbol argentino como Ángelito Labruna. Y lo hace en 3 libros: El jugador, El técnico y El Personaje. Editado por Galerna, disponible en librerías de todo el país a partir del mes de mayo, aquí un anticipo exclusivo de algunos pasajes de esta saga, con anéctodas imperdibles de un protagonista histórico de la pasión nacional e ídolo eterno de River.

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La etapa de Angelito en Inferiores

Arranca la década del 30 y ya lo tenemos al hijo del relojero como socio de River Plate, haciendo deportes para ampliar su caja torácica.

“En Alvear y Tagle practicaba de todo menos fútbol, para jugar al fútbol había que ir al potrero -revelaba Ángelito en El Gráfico, año 1983-. Gané campeonatos de carreras en patines, de ping pong, salí campeón de básquet, practiqué golf, lo único que no aprendí es a nadar y lo lamenté mucho en la marina, porque me encajaron ocho días de arresto por escaparme de una pileta donde los tiraban de cabeza y les ponían una caña para que salieran. Nunca aprendí a nadar”. En el verde césped (una de sus apelaciones preferidas) sí que se movía como pez en el agua.

El relato de aquellos primeros años en Alvear y Tagle lo prosigue Carlos Fontanarrosa en El Gráfico del 28 de septiembre de 1956, en ocasión del cumpleaños 38 de Ángelito: “En River había una sola cancha, la importante, la de Primera, y era difícil para los pibes que revoloteaban encontrar el sitio libre para sus picados. Por eso se volcaban al básquet, y por eso también armaban sus regios partiditos de fútbol con la pelota pesada y grandota sobre el polvo de ladrillo. ¡Cuántas veces Manolo Lago les retorció la oreja por eso!”.

Se llega, entonces, a un instante crucial en la vida de Labruna y de River. Iban tomados de la mano, estaban predestinados a cambiar la realidad, a escribir una historia en conjunto. Lo hicieron con la creación de la Sexta división, que hasta ese momento, año 1932, no existía. Lo cuenta el propio Fontanarrosa en la nota de 1956, después de haber sostenido charlas con Ángelito y con Don Ángel, su padre.

“Labruna entró en el básquet. Era un delantero hábil, goloso del gol; le gustaban los alrededores del tablero y allí se destacó (ya era bicho rebotero, goleador por instinto, agregamos hoy, a la distancia). Jugó en Infantiles y en Cadetes; seguía jugando al fútbol en el Barrio Parque Fútbol Club los sábados por la tarde. Una vez se torció el tobillo, y mientras miraba un partido de básquet de Primera entre River y Boca lo llamó Antonio Liberti, entonces vicepresidente del club y presidente de la comisión de fútbol, al verlo caminar dolorosamente. Su padre, Don Ángel, estaba al lado.

-¿Qué te pasó?

-Me lastimé jugando en la Sexta de Barrio Parque.

-¿Y por qué no jugás aquí?

-No hay dónde hacerlo. No hay Sexta.

Y Don Antonio Liberti hizo crear las Sextas divisiones en River Plate. Todo el equipito de pibes de Barrio Parque pasó íntegro al club de Avenida Alvear y Tagle. El delantero Buzzurru los probó, jugaron como preliminar de un partido de Segunda y desde ese momento Labruna fue jugador oficial de River; en 1932, como insider derecho, ya se le veía la estampa de futbolista, tanto es así que hubo días en que Rodolfi y Cuello se quedaban como espectadores para verlo moverse al gurrumín que bajaba la pelota como Nolo”.

Juvenal completó esa versión de Fontanarrosa unos años después, en 1960, en las páginas de la revista River: “A partir de ese momento quedó decidido que River tendría una Sexta división de fútbol. No había certamen organizado para esta división, pero los pibes jugarían con otras Sextas, ya fueran de barrio o de clubes afiliados, como preliminar de los partidos de Segunda división que entonces se disputaban los sábados. Así entraron a formar parte del ‘semillero’ riverplatense, entonces en plena formación, los pibes del Barrio Parque, con Don Ángel Labruna como delegado y Ángelito como capitán”.

Pasado en limpio: por una lesión de Ángelito y el encuentro casual con Liberti se creó la Sexta División de River y la competencia de esas categorías con otros clubes. El hombre fue un auténtico pionero.

El primer libro de la Trilogía Ángel Labruna: El jugador.

El primer libro de la Trilogía Ángel Labruna: El jugador.

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Dirigir a Menotti

Después de quedar libre de River en diciembre de 1959, jugar en Rangers de Talca (Chile) y en Rampla Juniors (Uruguay) en 1960 y dirigir y jugar dos partidos en Platense en Primera B, en 1961 (fue un innovador al cumplir la doble función), Ángelito volvió a River en 1962 como “espía de rivales” de su amigo Pipo Rossi, entonces entrenador. En 1963, tras la renuncia de José María Minella (Pipo se había marchado a Racing a inicios de ese año), Labruna tomó el equipo interinamente por 9 partidos y fue subcampeón de Independiente.

El campeonato de 1963 finalizó el 24 de noviembre, pero a River le quedaban por disputar tres amistosos antes de bajarle el telón al año. Y en los tres el que se sentó en el banco fue Labruna. El plato fuerte se dio el 27 de noviembre: del otro lado lo esperaba la poderosa Juventus en el Estadio Olímpico de Turín en un amistoso para recaudar fondos por los damnificados de la inundación del Valle del Piave. Para ese partido contó con dos refuerzos provenientes de Rosario Central: César Luis Menotti y Enrique “Nene” Fernández. Para la Juve jugó Enrique Omar Sívori, crack del semillero riverplatense y ex compañero de Ángelito. River formó así: Amadeo Carrizo; Echegaray y Ramos Delgado; Sainz, Cap (Eladio Rojas), Varacka; Ermindo Onega (Juárez), Enrique Fernández (Ornad), Menotti, Delem y Roberto. Menotti abrió la cuenta para River de tiro libre a los 12 minutos y la Juve lo dio vuelta en el segundo tiempo con goles de Del Sol y Nené.

“River tenía lesionados a un par de jugadores, creo que a Pando y Artime, así que se comunicaron con la gente de Central para ver si podíamos ir el Nene Fernández y yo, y a mí también me llamó Labruna a Rosario para preguntare si tenía ganas de ir. Nunca había charlado con Ángel, sí lo había visto jugar en la cancha de Central en los equipazos que tenía River en la década del 50, eran una maravilla”, recuerda Menotti hoy, pisando los 83 años. El Flaco había convertido el único gol en el 1-0 con que Central le ganó a River el 1° de septiembre de ese año, dos fechas antes de que Labruna tomara las riendas del equipo por la renuncia de Minella.

“Hicimos un par de prácticas en la cancha de River, yo tenía buena relación con los muchachos -continúa Menotti-. En esas prácticas, Ángel me llamó para patear penales, y era una cosa impresionante cómo el tipo le pegaba con las dos piernas, como si tuviera 20 años, con borde externo, para adentro, le pegaba como los dioses. No me acuerdo si usaba botines o zapatillas, pero sí que todas las pelotas iban a 10 centímetros del palo. Amadeo no llegaba ni a moverse y nosotros lo cargábamos”.

¿Cómo era Labruna? ¿Qué retrato puede hacernos? “Ángel era una persona cálida, sencilla en el trato -grafica Menotti-. Era atorrante, tenía calle, barrio, se crió con La Máquina de River, con todos esos monstruos, y esas son experiencias fuertes. Después, cuando yo fui entrenador de la selección y él dirigía a River mantuvimos una relación cordial, incluso lo invité a comer a la concentración de José C. Paz. Ángel tenía una picardía bárbara. Nunca lo vi entrenar, salvo para aquel partido con la Juventus, pero era inteligente, sabía elegir jugadores. Tenía muy buen ojo, elegía a los que jugaban bien. Y a donde fue, sus equipos jugaron bien. Armó equipos, les dio coraje. Ángel tenía muy buena relación con los futbolistas. Y cuando vino la época de inventar cualquier cosa y subirse la montaña, Ángel priorizó siempre los buenos jugadores. Si era de gran técnica y jugaba bien al fútbol, por lo general a Labruna no se le escapaba. Siempre apostaba a su juego. Y por supuesto viví con toda la alegría del mundo el título que le dio a Central en el 71, el primero de la historia, porque yo nací ahí y soy hincha de Central”.

Ganador

Daniel Onega (River Plate, 1968-70, época durísima de los 18 años sin títulos): “Por sobre todas las cosas, Ángel era un ganador. Nunca lo vi triste ni asustado antes de un partido. Ante cualquier adversario y dirigiendo al equipo que fuera, porque también lo enfrenté como rival, siempre fue un ganador y te hacía sentir a vos un ganador. O sea: vos eras el mejor del mundo. Me tocaron otros entrenadores que pensaban mucho más en los rivales que en el equipo propio, en el jugador que te iba a marcar antes que en vos mismo, buscaban más las virtudes de los adversarios que las tuyas. Ángel respetaba al rival pero nunca lo agrandaba, siempre vos eras el mejor. Tuve al Toto Lorenzo en River, y recuerdo que la noche previa al partido con Racing vino a la habitación que compartíamos con Amadeo y Roberto Zywica y nos empezó a hablar de Perfumo, de lo extraordinario que era. ‘Mirá que te va a cagar a patadas’, me decía, y la verdad que eso es una cagada. ‘Mañana le das un baile bárbaro a Perfumo, atácalo por la izquierda que no tiene zurda’, me recomendaba Ángel, en cambio. Íbamos a la cancha de Boca y no te decía ‘cuidado con la gente’, sino todo lo contrario, te motivaba con eso. Jamás en los tres años que lo tuve como entrenador le vi un gesto de temor, nunca salimos pensando en defendernos. Ángel era un sabio, no conocía el miedo, para él no podíamos perder nunca. Le sobraba calle, vestuario y cancha. Con esa estampa de ganador se adueñó del respeto de todos. Un fenómeno. Yo soy un agradecido a este club, a los grandes entrenadores que tuve; Ángel Labruna y Renato Cesarini fueron los mejores de todos”.

El técnico, el segundo libro de la trilogía que ningún fana de River se puede peder.

El técnico, el segundo libro de la trilogía que ningún fana de River se puede peder.

Los burros

Héctor Jairala (preparador físico de Labruna en Racing 1973 y River 1975-76): “Donde había hipódromo y podíamos ir, íbamos, yo lo acompañaba. No era una cosa prohibida en absoluto, tampoco Ángel lo hacía a escondidas, se lo contaba a todos. Su mundo fue el fútbol y los burros. Era amigo de Eduardo Jara, el jockey chileno, uno de los mejores de la época. Tengo una anécdota genial al respecto. Un día lloviznaba y estaba húmedo. Llegamos al entrenamiento en el Monumental a las 3 de la tarde, íbamos a trabajar en el gimnasio por la lluvia. Ángel vino abrigado, con las solapas del saco levantadas. ‘Hoy no voy a poder cambiarme, profe, trabaje solo usted, estoy medio engripado’, me dijo (lo imita, se ríe). Le contesté que no se preocupara y nos fuimos a trabajar al gimnasio. Cuando volvimos al vestuario, Roberto (Perfumo) me llama y me dice: ‘Profe, venga’, y me hace ponerme en puntas de pie para mirar por una ventanita. ‘Mire lo que hace Ángel’, me comenta. Se había cambiado y estaba entrenando con Jara. Nos matamos de risa, después le preguntamos qué estaba haciendo. ‘Eduardo tiene que correr una carrera y me interesa el resultado, así que lo estoy ayudando a entrenarse’, nos respondió. Y seguro que mientras trotaban estaban hablando de los caballos que iban a competir. Jara venía mucho a River, porque los jockeys vivían por avenida del Libertador, cerca del hipódromo. Talamonti le llevaba los datos de las carreras a la cancha, lo tenía al tanto de los resultados. Si Ángel no podía ir a jugar, lo mandaba a Tala a jugar por tal o cual caballo. Ángel era el fútbol y los caballos. Un par de veces lo acompañé al hipódromo de Palermo los sábados a la tarde. Sabía todo, llegaba, miraba dos carreras y se iba”.

Angelito en La Voz del Interior, 27/1/1981: “Yo nunca estuve lejos del fútbol. No aprendí el oficio de mi padre, que era joyero y relojero, para jugar al fútbol. Tampoco terminé mis estudios de constructor porque sabía que en el fútbol tenía que ganar: toda mi vida fui un ganador. Y aunque mis viejos se enojaran, me la pasaba todo el día con la pelota. Hasta el día de hoy, en la casa de mis finados padres está medio destruida la pared del fondo que yo agarraba a los pelotazos. Nunca estuve lejos del fútbol. No voy al cine, no leo, no viajo, no hago nada por placer que no sea el fútbol. Lo único que me entretiene y me distrae un poco son las carreras de caballo, siempre y cuando no se contrapongan al fútbol. Pero ya ni al hipódromo puedo ir porque después me gritan ‘burrero’ desde la tribuna. Algunos dicen por ahí que me tiro todo a las carreras, en fin. Todos hablan, todos dicen algo de mí, pero resulta que cuando voy a jugar un boleto los veo a todos. El país está en Palermo, pero el único burrero soy yo”.

El personaje, el libro final de la Trilogía Angel Labruna, la obra escrita por el periodista Diego Borinsky.

El personaje, el libro final de la Trilogía Angel Labruna, la obra escrita por el periodista Diego Borinsky.

Charla técnica

Miguel Ángel Lemme (Argentinos 1983): “Un día, contra Independiente, Ángel dio la charla y me dijo: ‘Usted, Turco, usted pase y péguele de media distancia, vaya y venga, los tiros libres de derecha le pega usted’. Me acuerdo que salí inflado, cabeceaba los focos del hotel del agrande que tenía. Cuando estábamos por salir al campo de juego, Ángel se ponía en la boca del túnel, te pegaba en el pecho tres palmadas y decía ‘vamos, muchachos, ahora a mover la conchita, eh. Turquito, todo lo que le dije, a mover la conchita… ah, y no se olvide de Bochini’, ja, ja, un genio. En la charla no me había dicho nada de Bochini, para no darle tanta importancia, pero antes de entrar a jugar me lo remarcó”.

Nariz tapada

“Para el hincha, ganarle a Boca no tenía precio, a los jugadores los preparaba y le quería sacar presión. Lo de la nariz tapada era justamente para eso, para sacarles presión, para que lo putearan a él y se olvidaran de los jugadores. Al Viejo lo re puteaban en la cancha, pero en la calle lo felicitaban y lo abrazaban, aún los hinchas de Boca”, define, con admiración de hincha -y de hijo-, Omar Labruna. “Lo que más recuerdo era su entrada a la cancha de Boca -sigue el Beto Alonso-, la tranquilidad con que ingresaba, con las manos en los bolsillos, nunca lo vi nervioso. Siempre nos comentaba: ‘Estos me hicieron ganar mucha plata’ y cuando se acercaba a los palcos se tapaba la nariz, pero lo hacía bien alevoso”. Reafirman esa idea otros futbolistas de aquel River de los 70, como Emilio Nicolás Commisso: “Ángel era especial, tenía esa capacidad para cargar a los de Boca, para que lo putearan pero que en el fondo lo respetaran, le tenían como cierta simpatía a pesar de todo, lo aceptaban como un emblema del rival de siempre. Por supuesto que lo vi muchas veces entrando así, con la nariz tapada, para nosotros era motivador, Te hacía sentir con más deseos, yo personalmente tenía una admiración por Ángel”.

La persona

Héctor Osvaldo López (River 1975-81): “En los encuentros que tenemos con los muchachos de aquel equipo de River, siempre salen anécdotas sobre Ángel y destacamos lo ganador que era, un ganador por naturaleza. Lo era en la forma de actuar y en la manera de hablarte. Como técnico te daba consejos para que seas mejor. Como persona siempre fue un tipo muy derecho, muy sano. Era comprensivo, si necesitaba hablar con vos, te llevaba a la habitación, te charlaba, no era un tipo ciego que lo que él decía era lo único que servía, te daba la oportunidad de hablar. Y si tenía que retarte un poquito porque no venías jugando bien, lo hacía, pero siempre correctamente y tratando de que superaras ese mal momento. Se notaba esa intención que tenía”.

Rosario Central (1971-72)

Omar Labruna tenía 14 años cuando su padre asumió como entrenador de Central y recuerda bien cómo se desarrollaron los hechos. “El viejo no tenía intenciones de firmar -asegura Omar-. ‘Voy a ir a charlar con ellos, pero para quedar bien, no voy a arreglar, no quiero ir a vivir a Rosario’, le dijo a mi vieja, más que nada porque yo era chico y mi hermano había fallecido hacía poco, pero lo terminaron convenciendo. Lo primero que le pidió a Víctor Vesco, el presidente, fue que alquilaran un departamento de dos ambientes en Buenos Aires. Vesco no entendía nada. ‘Hay que tener dos empleados de Central que estén todo el día en AFA para que no me pase lo de River, y que nos terminen cagando’, les explicó. Y eso hicieron: alquilaron un departamento y mandaron a dos administrativos para estar allá en los sorteos de árbitros y acompañando a los jugadores para declarar. Son detalles, porque después armó un gran equipo, y esa era la clave, pero los detalles al final cuentan… Es increíble pero cada vez que fui a la cancha de Central, como ayudante de Ramón Díaz en River, o como entrenador principal de otro equipo, siempre que iba caminando hacia el banco, la gente de la platea que está ahí atrás me esperaba parada y aplaudiendo. Obviamente no era por mí, sino por el recuerdo que dejó el Viejo. Esas cosas son muy lindas, muy gratificantes”.

Argentinos Juniors 1983

José Pekerman: “Se fue el Tano Trigilli, quedaban cuatro fechas y la directiva de Argentinos me pidió que agarrara al equipo interinamente. A los pocos días arreglaron con Labruna pero yo tenía que dirigir al equipo contra Instituto en Córdoba. Necesitábamos los puntos como loco. Ángel estaba dirigiendo a Talleres, y vino a saludarnos al hotel. Nos sentamos a tomar un café, nos conocíamos de cuando me había dirigido en su anterior etapa en el club. ‘Menos mal que arregló, Ángel, estoy preocupado por el descenso, esto está complicado’, le dije. ‘Quedate tranquilo, Argentinos se va a mantener en Primera’, me contestó, y esa seguridad me quedó grabada. ¿En qué basaba semejante confianza? No sé, Ángel estaba dirigiendo a otro equipo pero cuando me hizo ese comentario yo sentí lo mismo que cuando me dirigía: sabía transmitir confianza”.

“Mantenía un diálogo permanente con Ángel porque los pibes de la Reserva iban a entrenar con él. Nos veíamos, definíamos cosas y empezó la reconstrucción del equipo. Me acuerdo que puso a Pasculli de 9, hasta ese momento jugaba por los costados. Cambiar la localía a Ferro fue una idea brillante de Ángel. Lo que antes todos pensaban como una ventaja, que era jugar en una cancha chica, cambió por la idea que traía. Estaba muy a gusto trabajando con Ángel, Sentía que era parte, que me respetaba, que valoraba mi tarea. Ángel era un espíritu andante de River. Podía dirigir a Talleres, a Central o Argentinos, pero era River por su escuela, por su filosofía. Y a mí me trataba como a alguien de Argentinos, a una persona que sabía lo que era Argentinos, en ese sentido me daba credibilidad. Siempre pensé que el arraigo y la identidad son partes fundamentales de una persona. En Argentinos tenemos frases del estilo ‘si no me la tirás al pie no podés jugar en Argentinos’, esa es la identidad”.

Periodistas

Nelson Castro: “Tengo una anécdota divertida con Labruna de cuando era el primer vestuarista en las transmisiones de fútbol de Gañete Blasco y de Gigio Arangio. Fue en 1981, cuando a River lo eliminaron en la fase de grupos de la Copa Libertadores, una noche en que perdió contra Deportivo Cali en el Monumental. En los días siguientes había expectativa por la posible salida de Labruna del club. El domingo posterior a esa eliminación, River jugaba contra Sarmiento en el Monumental por el Metropolitano y antes del partido le hice una entrevista al presidente Aragón Cabrera en vivo. Le pregunté por la leyenda de que a Labruna le armaban el equipo. No lo afirmé, eh, se lo pregunté. Y Aragón me contestó: ‘Le agradezco la pregunta y quiero decir que eso no es así’. Y después siguió con una explicación que no recuerdo y también contestó otras preguntas. A los 10 minutos, salió Labruna del vestuario hecho una furia, a los gritos, todo esto en la antesala del partido con Sarmiento, y preguntó quién había entrevistado a Aragón. Levanté la mano. ¡Para qué! Me dijo de todo, me empezó a insultar a los gritos. Yo me quedé helado. Recuerdo que unos minutos después, cuando Labruna se metió en el vestuario, el que cuidaba la puerta, Damián Aguirre, una persona muy educada que me conocía de ir tanto al club, me comentó: ‘Nelson, ¡qué barbaridad, yo escuché la entrevista y usted solo le preguntó’. Más tarde salió Aragón del vestuario y me dijo lo mismo y que iba a hablar con Labruna. Un rato después, entré al campo para cubrir el partido. Los vestuaristas, en ese momento, nos ubicábamos a un costado de los bancos de suplentes, en la pista de atletismo. Y cuando estaba yendo para mi posición lo vi venir a Labruna directo hacia mí, ya con los equipos en la cancha. El técnico de la radio, que estaba a mi lado, me dijo: ‘Si te quiere pegar, yo te defiendo’. Pero no, se acercó, me dio un abrazo y me dijo: ‘Pibe, disculpame, me contó Aragón cómo fue el episodio, yo entendí mal y además con este momento malo que estoy pasando, reaccioné mal, así que te pido disculpas y luego lo haré al aire’. Y fue tal cual: terminó el partido y efectivamente me dio una entrevista dentro del vestuario y lo primero que hizo fue pedirme disculpas. Fue maravilloso. A mí, realmente me conmovió el gesto, porque además cuando me abrazó en el campo me lo dijo con la voz entrecortada. El entredicho tuvo bastante repercusión en ese momento. A partir de ahí se generó una linda relación, a pesar de que no estuvo mucho más tiempo en River, pero siempre me atendió con deferencia. Me saludaba con un ‘Hola, Nelson’, ya por el nombre. Le tomé un gran afecto. Creo que en las dos actitudes se sintetiza cómo era Labruna como persona: un calentón y gruñón, que se enojaba, pero al que después se le pasaba y no era rencoroso. Cuando uno iba a entrevistar a Labruna ya sabía que era de pocas pulgas y además era un personaje al que, si acometías, ibas a tener buen material”.

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