sus años en Boca, las vueltas olímpicas, las lesiones…

La de Sebastián Battaglia y Fernando Gago es la historia de un gran pedazo del mediocampo de Boca, pero, sobre todo, del fútbol argentino. Gloria, vueltas olímpicas, copas, ventas al exterior y, también, malditas lesiones. Una misma camiseta -un mismo sentir-, dos estilos bien diferentes. Battaglia siempre fue -es- el equilibrio, Gago siempre fue -es- la elegancia. Ninguno, jamás, renunció a eso. Para jugar, para dirigir, para vivir.

Gago y Battaglia hace unos años.

Gago y Battaglia hace unos años.

De llegar el fin del mundo, ahora, ya, hoy mismo, a Battaglia lo encontrará rescatando de las llamas a algún vecino o bajando de un árbol a un gatito asustado, pero siempre haciendo todo en silencio (así jugaba), sin alardes. Battaglia se despedirá del mundo sin una palabra fuera de lugar, sin maldecir al destino por su suerte; su adiós será en tono medido, justo, correcto.

A Gago el fin del mundo lo encontrará arriesgándose, luciéndose, atravesando por el medio las llamas, las ruinas y los escombros, pero no sin un cierto aire de superioridad o desdén (así jugaba). Gago salva al mundo, tiene el valor, la audacia y el arrojo necesarios, pero después de hacerlo podrá adivinársele cierta mueca de fastidio porque durante la misión se le llenó el pantalón de polvillo o se le saltó un botón de la camisa.

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Sus caminos se cruzaron hace años, en 2005: Battaglia volvía, Gago irrumpía. Seba ya había pasado muchas: el laburo de canillita con su viejo vendiendo el diario El Litoral en Santa Fe, la llegada a La Candela, el dormir en un gimnasio del Parque Sarmiento mientras se construía Casa Amarilla, su debut en Primera en mayo de 1998 con García Cambón como DT, el crecer arropado por Carlos Bianchi, un pase a préstamo por el Badajoz de Tinelli que apenas dura un mes; un pase a Palermo, mayo del 2000, para que el Loco convierta su memorable gol a River; sesiones de terapia por su imposibilidad de expresar sus emociones, la Libertadores en sus manos tras vencer al Palmeiras, un vestuario dinamitado por la hoguera de las vanidades y él en sin correrse de su sitio en Corea del Centro; la Libertadores 2001, los cruzados rotos antes de la Intercontinental contra el Bayern, la Libertadores ante el Santos, más gloria contra el Milan en Tokio y la tarde de diciembre de 2003 en que se despide del club en andas antes de irse al Villarreal.

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Gago y Battaglia, una fija en el medio del Boca de 2005.

Gago y Battaglia, una fija en el medio del Boca de 2005.

Gago, en cambio, en aquel 2005 tenía poco pasado -en el fútbol- y mucho futuro: las tardes jugando a la pelota en Ciudadela, las Inferiores en Boca, su debut en Primera con 18 años, la tapa de los diarios, clase y jerarquía, el apodo Pintita, pero sobre todo algo que lo marcará por siempre: la muerte de su viejo. Su padre sufre un ACV y pasa 22 días internado antes de morirse. Gago duerme cada una de esas noches en el hospital junto a él. Y no falta ni una vez al entrenamiento. “Me tuve que hacer cargo de mi familia, tomar un rol para el que por ahí no estaba preparado, pero no por capacidad o forma de ser, sino porque también tuve que hacerlo desde lo económico porque en ese momento el único que ingresaba algo de dinero a mi casa era yo”.

Fue entonces que a un Battaglia consagrado y a un Gago recién asomando los junta en la mitad de cancha el Coco Basile: ese vozarrón sabio, los códigos, la sobremesa, el whisky, el talco del Pana, No comments, Silenzio stampa, los 11 de memoria. ¿Quiénes? Abbondanzieri; Ibarra, Schiavi, Díaz y Krupo; Battaglia, Gago, Bilos e Insúa (hoy ayudante de Gago); Palacio y Palermo.

El equipo de Basile en 2005, con Battaglia y Gago.

El equipo de Basile en 2005, con Battaglia y Gago.

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En aquella mitad, Battaglia-Gago fueron como la versión full-full del modelo Blas-Maranga. Battaglia-Gago traían todo: aire acondicionado, levanta vidrios automáticos, airbag. Completos y complementarios. Duró poco, pero fue glorioso. Cinco títulos con el Coco. El Apertura 2005, con 40 puntos, tres más que Gimnasia; la Recopa Sudamericana derrotando a Once Caldas; la Sudamericana venciendo por penales a Pumas en la Bombonera en una noche memorable del Pato; el Clausura 2006, con 43 unidades, dos más que Lanús; y la Recopa Sudamericana ante el San Pablo, con un Rodrigo Palacio inspiradísimo.

Ganaron cinco títulos con el Xeneize de Basile.

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“Nos complementamos bien. Fernando tiene una clase increíble y mete cada pelota... A veces, como él va muy arriba, me cierro y lo relevo. O sino él se tira a un costado si yo me mando mucho”, decía Battaglia. “Sebastián es un jugador muy inteligente. Me gusta su manejo de pelota y ese sentido de la ubicación para estar siempre bien parado. Siempre se muestra y te da opción de pase”, la devolvía, siempre redonda, Gago. Durante todo aquel 2005, mientras Battaglia, 25 años, la cinta de capitán, corre, presiona, quita, ordena, hace los relevos, toca con criterio; Gago, 19 años, un Fernando Redondo derecho, la pide siempre, juega y hace jugar, muestra personalidad, la recupera, la toca y va a buscar, la rompe toda.

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A finales del 2005, Basile se va a la Selección y a Boca llega el Bigotón La Volpe: la línea de tres, el feng shui, el salir jugando a cualquier precio, la corbata roja con camisa blanca para el debut en la Bombonera y las manos mantecosas de Bobadilla. “Yo a Boca lo dirijo desde un helicóptero”, tira La Volpe al asumir. Y choca la Ferrari en el estacionamiento.

Con Seba lesionado, a Boca se le escapa el torneo, el tricampeonato, de manera increíble, y La Volpe se va con el feng shui, la línea de tres, Bobadilla y el la puta madre que te parió Bigotón de los hinchas. Mientras, el Real Madrid, nada menos, pone 20 millones de euros para llevarse a Fernando Gago, en una de las transferencias más caras del fútbol argentino. Battaglia seguirá en Boca hasta entrar en los libros como el más ganador de todos de los tiempos; Gago será campeón en la Casa Blanca al lado de Raúl, Casillas, Sergio Ramos, Robben, Robinho, el Pipita Higuaín; se colgará la medalla dorada en los Juegos de Pekín, pasará por la Roma, el Valencia, Vélez y jugará la final del Mundial 2014, uno de los dos únicos partidos que no volvió a ver en su vida (el otro es el de la lesión en la Bombonera ante Perú).

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Los caminos de Battaglia y Gago serán diferentes, salvo por algo: las lesiones. Seba debe retirarse en 2013, a los 32 años, aquejado por dolencias crónicas. Gago le dice adiós al fútbol siete años más tarde, a los 34, también luego de atravesar un calvario de operaciones. De hecho, antes de que retirara, Battaglia le envía un mensaje a un Gago que sufre lo que él sufrió: “El consejo que le puedo dar es el siempre: si puede jugar hasta el final, hasta donde él crea que el cuerpo le da, que lo haga. Porque la verdad que después se extraña. Es así. Nada es comparable con ser jugador de fútbol. Lo mío, al ser el cartílago, no tenía solución. Un cruzado o un ligamento que lo operan y tenés seis meses, podés volver a jugar, tiene una solución. Yo no se la encontré”.

Ahora, aquellos dos volantes, pedazo enorme de la historia del fútbol argentino (no sólo de Boca), se encontrarán nuevamente, esta vez fuera del círculo central por el que tanto anduvieron. Sebastián Battaglia y Fernando Gago, dos símbolos, dos cracks, dos técnicos, un pase a la final y millones de hinchas que al verlos caminar por el costado del campo podrán decirles a sus hijes: “Sabés lo que jugaban estos dos…”.

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