River se bajó solito

Hace poco más de un mes, dedicamos esta columna a River como “el candidato que no aparece”. Señalábamos en ese momento que la cátedra lo seguía considerando un favorito al título, pero que esa chapa respondía más a valoraciones hipotéticas que reales.

Que tenía variedad y calidad de jugadores, que durante el ciclo de Marcelo Gallardo había tenido capacidad de reacción ante situaciones adversas. Pero que esa condición de potencial aspirante con ventaja al título no se estaba compadeciendo con lo que el equipo mostraba en la cancha.

Algunos partidos aislados, o momentos aislados, hacían a veces pensar que cuando el gigante dormido se despertara, se acababa el campeonato. Pero decíamos entonces que River daba un paso adelante y dos para atrás; que había perdido dinámica, precisión, juego de primera, opción de pase, verticalidad, presión en campo rival.

Y más que eso, había perdido confianza, cedía muchísimas pelotas divididas, por llegar tarde (comete muchas faltas) o hasta por falta de intensidad física. Y se hizo muy vulnerable, porque arriesgaba desequilibrándose como cuando era impasable defendiendo mano a mano, y ahora pasar defensores de River y crearle jugadas de gol es más fácil que la tabla del 1.

River mira el piso, Talleres festeja (Fotobaires).

River mira el piso, Talleres festeja (Fotobaires).

Durante años, la solución mágica estaba en mirar hacia el banco, donde Gallardo siempre encontraba una alquimia, alguna fórmula, alguna inspiración, alguna respuesta del trabajo de fondo. Lo de este sábado tiene más de lógica que de sorpresa. El gigante dormido nunca despertó.

Gallardo miró varios pasajes del partido recostado en un cartel, con gesto resignado, incluso antes del gol de Talleres. Esta vez no tiene las respuestas, y ya estará pensando cómo demonios hará su equipo para, al menos, pelearle a Patronato el miércoles para no quedar afuera también de la Copa Argentina.

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