River llora pero no abandona

El resultado del partido contra Rosario Central, a esta altura, fue lo de menos. Otra copa de ginebra en un año de borrachera, pero no de las lindas y divertidas sino de esas de pedo triste y melancólico. Este 2022 no solo no nos dio nada sino que nos quitó todo. Hasta a Marcelo Gallardo.

No recuerdo en mi vida haber visto tanta gente desorientada y llorando a la vez adentro de una cancha. Ni siquiera cuando nos fuimos al descenso… Nunca. Y fue en varios momentos. Bastaba levantar la vista para ver a alguno que estaba hasta moqueando. Más que nada lo noté cuando el Muñeco salió a la cancha y cuando terminó el juego y entró para saludar. Tipos grandes, minas con caras bravas, curtidas, pendejitos. Todos gritaban como animales, creo yo que para taparse a sí mismos el otro sentimiento, el de las lágrimas contenidas. ¡¡Hasta Francescoli lloró!! Y eso que Enzo -el uruguayo, vale aclarar, porque el otro también lloró- es un tipo duro, de la vieja escuela salvaje de los ’80.

La gente no sabían si alentar, si resignarse, si putear a Paradela. Nada, todo confusión. Saber que se nos iba un padre genera eso. Y Gallardo será siempre padre de millones.

El adiós de Marcelo Gallardo en el Estadio Monumental. Foto: Reuters

El adiós de Marcelo Gallardo en el Estadio Monumental. Foto: Reuters

Hablando de paternidad, prefiero quedarme con un flashazo del pasado, aún reconociendo que no es bueno vivir de recuerdos. Enfrente, como si el destino hubiese sido racional para poner cada cosa en su lugar sin dejar nada librado al azar, uno de los hijos dilectos del Muñeco, Carlos Tévez, era un partenaire perfecto en la noche de Núñez. La despedida final necesitaba de algo linkeado a Boca. No podía ser de otra manera. Por eso ahí estaba Carlitos, y en él yo vi simbolizados las cinco eliminaciones, las patadas que todavía duelen, la final de Mendoza y el summun de Madrid, ese título que el jugador del pueblo xeneize hubiese cambiado por todos los que ganó en su carrera. Pero no hubo caso: lo ganó River, y lo ganó el DT al que él respetuosamente se acercó a abrazar para decirle que era “el mejor”.

Qué cosa más rara… ¿Habrá muchos equipos de fútbol en el mundo que despidan a un hombre rodeado de tanto amor en medio de épocas de derrotas tan fuertes? Es un caso extraordinario, sin duda. Pero River es así, un club capaz de bancar 18 años sin mojar, de irse al descenso o de soportar la ida de su máximo ídolo llenando todas las canchas. Es capaz, bah, de mandar al psicólogo al que inventó la canción de la tribunas vacías cuando no salimos campeones.

Se acercan tiempos difíciles, todos lo sabemos. Pero no vamos a abandonar. Venga quien venga va a tener que levantar a un equipo chocado y que debe recuperar el alma que le conocemos. Y además estará obligado a convivir con la comparación permanente de los años inolvidables que nos hizo vivir Gallardo. Creo que ese no es el camino, sería tóxico. Y tambien creo que cuanto antes nos saquemos al Muñeco de la cabeza será mejor para el día a día River.

Eso sí, al menos en estas horas de bajón me permitiré imaginar lo que será algún día su regreso casa. Sueño que allí estaré para volver a decirle gracias. Y nada más.

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