River aún no somete a sus rivales

“Me voy mucho más conforme cuando el equipo puede fluir y funcionar como a nosotros nos gusta, o por lo menos a mí, a los jugadores, a nuestro público. Somos muy exigentes con nosotros mismos. Y también sabemos que eso ha llevado a que los demás también sean mucho más exigentes con nosotros, pero eso es normal. Es un desafío lindo para nosotros tener esa exigencia, no conformarnos solamente con ganar y nada más sino valorar las formas, cómo lo hacemos”.

Evidentemente tiene razón Marcelo Gallardo: la vara de River siempre está un poquito más alta que ayer por culpa del propio ciclo brillante que conduce el deté desde hace poco menos de ocho años. Los mejores pasajes de fútbol del equipo del Muñeco en este tiempo son siempre una cita para medir el presente: presión muy alta y voraz para la recuperación tras pérdida y en lo posible en zona de ataque, un equipo corto y de cohesión para plantarse arriba en el campo, las transiciones rápidas, los cambios de posiciones permanentes para evitar dar referencias de marca a los rivales y para conseguir ese caos ordenado tan difícil de defender, un fondo veloz para el uno contra uno y para los anticipos con mucho espacio, con buena técnica para el primer pase filtrado.

Lo cierto es que hoy, después de 13 partidos oficiales en 2022 y transcurrido entonces más de medio semestre, River todavía no se refleja del todo bien en su propio espejo de exigencia. Aún con altibajos atendibles por el desgaste de la doble competencia en un calendario minado de compromisos, incluso las mejores presentaciones que tuvo el equipo en lo que va del año no se ven como las del tramo decisivo de la Liga salvo algunos pasajes del partido contra Gimnasia o Fortaleza.

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No se ven como las de ese CARP que arrasaba y sometía a los rivales con futbolistas que para entonces estaban de hecho menos probados que ahora (Julián Álvarez, Enzo Fernández, Santiago Simón, Palavecino) y que surgieron de la propia dificultad de encarar un semestre lleno de bajas de todo tipo y color…

River ganó ocho de sus últimos nueve juegos, con 21 goles a favor y apenas cinco en contra, y el asterisco fue aquella derrota contra natura y out of context frente a Boca en la que mereció de mínima no perder. Pero aún así, con una supremacía muy marcada en el plano local y en la zona de grupos de la Libertadores, el equipo todavía no agarró esa velocidad crucero que pedía Gallardo al hablar de “clic”.

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Los últimos tres rivales lo complicaron con libretos distintos: Argentinos con pelotas cruzadas y paralelas a espaldas de los laterales y con el juego aéreo de Ávalos, Fortaleza -acaso la mejor producción de River en ataque- con contragolpes muy directos y rápidos también hacia los costados y Banfield (inclusive con 10 hombres) a través de un juego intenso ganando posiciones en el campo con las segundas pelotas.

¿Por qué sucede? Gallardo dio una buena explicación después del 2-1 a Defensa y Justicia en Varela. El Halcón también lo había lastimado de entrada con pases precisos entre los centrales que no terminaron en gol especialmente por malas resoluciones de Merentiel: el Muñeco dijo ese día que el problema, más que de la línea de fondo, fue una cadena que derivó en muchos casos de una mala presión en ataque primero y en el medio, después.

Y la incertidumbre natural gira en torno a un futuro en el corto plazo: es tan contrafáctico como razonable pensar que los tres mano a mano que falló Merentiel perfectamente podrían haber sido tres goles de Palmeiras, Atlético Mineiro o Flamengo. Ésa es la vara que le llegará a River a partir de unos octavos de final de la CL en los que ya no contará con el principal factor de presión en ataque (entre otras tantas cosas) que tiene, que es Julián Álvarez, cuya cláusula será ejecutada por el Manchester City para hacer efectiva su contratación a mitad de año.

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Julián encara sus últimos partidos con la Banda.

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A partir de ahí, necesita también encontrar más solidez en una defensa que perdió rudeza con la fractura de Rojas. Con un antecedente que vale: las dos Libertadores que se ganaron en esta era tuvieron líneas de fondo especialmente graníticas que salían de memoria.

En la fase ofensiva, la ausencia inesperada de Julián contra Banfield dejó expuesta su ascendencia en el último tercio del campo: si Álvarez no hace los goles, en general los provoca. Y si no los provoca, es una descarga constante y segura para los volantes y un factor corrosivo en defensas ajenas. Ni Suárez ni Romero pudieron en el Sur aguantar la pelota arriba ni descargar rápido en favor de la llegada de los laterales o los medios ofensivos, con una mitad de la cancha algo espesa que fluyó más luego en los pies de Quintero.

El festejo del golazo de Suárez a Banfield (Marcelo Carroll).

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El golazo que armaron JFQ y MS7 no debiera ser para River un caballo de Troya autoinducido que encandile la letra chica que supone la presencia de ambos en la cancha: por características naturales, no suelen ser futbolistas que completen ese sacrificio de marca sobre la salida rival que es esencial en Álvarez hoy, en Borré o Mora ayer, e incluso en un Braian Romero que está bajo en confianza y hasta a contramano del juego pero que no da una pelota por perdida.

Se ve, cómo no, que a River le alcanza y hasta le sobra para marcar diferencias en Argentina, pero la pregunta que también quedó picando a fines del año pasado es si aquel categórico 0-3 ante Atlético Mineiro en Belo Horizonte fue un árbol o un bosque hablando de rivales con ese nivel de dificultad. La duda sigue picando. Y cada vez más cerca.

La palabra de Gallardo tras el 2-1 de River a Banfield

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