Ponzio y su emotiva última vez en el Monumental

Cuando llegue el minuto veintitrés de River-Defensa, que será algo así como a las diez menos siete de la noche, en el Liberti se disfrutará de algo más que una ovación. En sesenta segundos se compactarán 4.392 días, los 16 títulos para igualar a Labruna, Vaghi y Rodolf, la paradoja del náufrago que se volvió capitán del ciclo más glorioso, la imagen del tipo que salió campeón y último.

Se reconocerá al tipo que volvió desde España para jugar en la B, que ascendió y se transformó en “hijo adoptivo de River”, el que levantó la Libertadores en el hito de Madrid, al ejemplo de profesional humildad para entenderse relevo durante tres años después del bronce, al que acabó siendo mito festejando un último título (o anteúltimo: aún queda otra final ante Colón), además de los cientos de detalles que escapan a la enumeración narrativa.

Cuando llegue ese minuto veintitrés, Leonardo Ponzio quizás tome dimensión de todo aquello que ha vivido. Por qué valió la pena hacerle caso a Enzo Pérez cuando lo sentó y le dijo que no podía dejar de jugar sin antes disfrutar de un partido con público, de la posibilidad de una última vuelta, de un mimo Monumental.

Entenderá, además, el valor que tuvo aquella charla con Marcelo Gallardo, cuando recién había sido diagnosticado con una miocarditis, inesperada secuela del cuadro de coronavirus que sufrió en pleno brote masivo en aquel lejano mayo y que le impidió hacer una última pretemporada.

Ponzio y la Libertadores más importante de la historia de River (Marcelo Carroll).

Ponzio y la Libertadores más importante de la historia de River (Marcelo Carroll).

Se dará cuenta, Ponzio, de que el entrenador tenía razón, que aunque el regreso a las canchas pareciera imposible, era factible. Y como en casi todo lo que ocurre en River desde el 6 de junio de 2014, el Muñeco tuvo razón.

La esperada ovación

Ponzio estará hoy en Núñez. Sentado en el banco o portando el brazalete de capitán adentro de la cancha: geográficamente poco importa su ubicación. De todos modos se parará y alzará sus manos para agradecerles a los 72.054 hinchas presentes y a los millones que se emocionarán a distancia. Y podrá mensurar, si es que ya lo tiene asimilado, todo lo que ha logrado aquel niñito de Las Rosas.

Aquel que miraba a su viejo y lo sentía ídolo por cómo laburaba. El que a los 39 honró a imagen y semejanza aquel ejemplo. El que soñaba con algún día jugar a la pelota y se transformó en ídolo, en bandera y en proyecto de futuro embajador de un mensaje que en el club pretenden que trascienda al ciclo Gallardo, sin importar cuando éste termine.

Leo, que estuvo en el club desde el primer día de la era MG, será a partir del momento en el que él lo decida un integrante de la Secretaría Técnica. Para apuntalar, como supo reconocer, a los chicos que arriban al club y enseñarles a manejar el nivel de exposición y el cambio rotundo que provoca River en la vida de un futbolista recién llegado…

Pero para eso falta. Falta mucho. Muchísimo. Habrá una eternidad hecha aplauso en el medio. Y tal vez hasta un tiempito para “aburrirse un poco”, como le han recomendado a Leo aquellos amigos ex futbolistas que ya transitaron el retiro. Además, le queda ese último aplauso. Ese vitoreo al que únicamente acceden los ídolos máximos.

Ponzio, en su último superclásico, el 3 de octubre (EFE).

Ponzio, en su último superclásico, el 3 de octubre (EFE).

Observará, Leo, los globos pendorchos que llevarán su nombre impreso y un corazón, ícono que distingue invariablemente su estilo. Verá los carteles y los trapos y las caretas y todo el merchandising que un pueblo que lo adora le dedicará desde las gradas.

Escuchará a esa gente, su gente, gritándole gracias porque les resultará extraño decirle adiós. Porque él no sólo es el emblema y el portador del brazalete de un plantel, sino también de una hinchada que lo honrará y entre lágrimas exclamará un ¡snif, mi capitán!

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