Pablo Solari, River y una historia de cuento

“Papá, leí en las redes lo que me contás pero la verdad es que no sé nada… -Mirá, hijo: te voy a decir una cosa. En el mundo viene el Real Madrid y después, River.

Cuando el 22 de marzo de 2001 alzó por primera vez a Pablo César, su tercer hijo bautizado con el grato nombre de un Aimar que ya llevaba ocho partidos jugados en el Valencia, Víctor Daniel Solari no se imaginó que 21 años después existiría ese diálogo a través de una llamada de WhatsApp. Ni que existiría algo que se llamaría así, ni nada por el estilo.

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Tampoco imaginó Susana Ferreira, mamá gallina, que esas mismas lágrimas que derramaba por felicidad en la clínica las dejaría caer dos décadas más tarde al ver que su pibe, El Pibe, pisaba la hierba híbrida del Monumental ante 72.054 espectadores en su debut en River.

Papá y mamá, al cabo, sólo querían que Pablito fuera feliz. Que creciera en Arizona, pacífico pueblo puntano de 1.300 habitantes. Que se divirtiera jugando picaditos con Matías Jesús -por Almeyda, entonces futuro médico- y con Santiago -nombre de Indiecito- al que le auguraban pasta de futbolista. Aún no sabían que se sumarían otros tres integrantes a la familia: Mateo Gabriel -el único hincha de Boca del clan-, Juan Daniel y Sofía Belén. En ese instante de unión sólo deseaban que lo mejor estuviera por venir. Sin siquiera soñar cuán bueno sería.

La familia Solari completa..

La familia Solari completa..

Pablo César Solari no mintió cuando respondió aquella llamada de larga distancia: no tenía aún la certeza de que se sumaría al equipo de Marcelo Gallardo cerrando un círculo riverplatense. El pase se acordaría un par de días más tarde, transformándose en el salto más grande de su carrera. Un salto que se había ilusionado con dar 13 años antes… Porque a los ocho añitos, acompañado por Víctor, Pablito había tenido su primera experiencia en River: pasó una semana hospedado en Buenos Aires mientras atravesaba un proceso de reclutamiento en Núñez. Junto a su papá habían viajado en micro para ese test que no quedó en nada. Porque el club no aceleró -el proceso coincidió con el cambio de mando luego de la salida de José María Aguilar y la llegada de Daniel Passarella con su propio staff de Inferiores- pero, a la vez, porque la familia veía improbable que el nene de ocho años se quedara solito en Buenos Aires, alejado de una familia de la que tanto le costaba despegarse.

Solari en sus comienzos, en el club Arizona, su lugar de nacimiento en San Luis.

Solari en sus comienzos, en el club Arizona, su lugar de nacimiento en San Luis.

Si Pablo había cautivado al scouter de River, era por su condición de todocampista: era ocho, nueve, siete, diez… Mientras pudiera gambetear o tirar caños, él se paraba donde hiciera falta. Su destreza la empezó a pulir en Inferiores una vez que se sumó a Rumbo a Vélez de General Pico.

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Viajaba 150 kilómetros para entrenarse, muchas veces pernoctaba en La Pampa, aunque le costaba: era habitual que llamara a mamá y la sorprendiera durante su rol como directora de la Escuela Primaria Juan de Dios Escobar, donde también trabaja su papá. “¿Me van a venir a ver? ¿Vienen a buscarme?”, era la frase que Víctor y Susana escuchaban periódicamente. Y por la que no imaginaban que el talento de Pablito llegaría a cruzar los límites geográficos de Arizona. Ni tampoco, obviamente, que en un futuro representaría a la Selección en otro país, en el prestigioso torneo de L’Alcudia, ni mucho menos que gritaría un gol ante Macedonia… ¡Si su único viaje al exterior había sido traumático! Es traslado del pequeño gurrumín puntano fue en una gira por Chile, cuando un problema burocrático obligó a la delegación a quedarse a dormir en el edificio aduanero. ¿Vivir en Santiago, con otro huso horario? ¿Ser ídolo de Colo Colo a los 20 y volver al pueblo para pasear en caravana como reconocimiento por un gol histórico que salvaría al Cacique de irse a la B en la Promoción de 2021? Impensado… Pero esa carrera inimaginable comenzaría a tomar forma cuando Sebastián Pait vio que ese chico que gambeteaba hasta sin botines -narran desde San Luis que una vez perdió el calzado en plena finta, siguió sin chistar y metió un golazo- podía tener futuro de élite. Y es por eso que lo recomendó a Vélez -donde lo probaron de 9: no prosperó- y luego a Talleres, donde sí quedó, aunque como volante por la derecha. Y ahí jugó en Novena y en Octava, hasta que Mario Obulguen lo corrió al extremo izquierdo, en Séptima.

Solari en la Selección, en el prestigioso torneo de L’Alcudia, donde convirtió un gol ante Macedonia..

Solari en la Selección, en el prestigioso torneo de L’Alcudia, donde convirtió un gol ante Macedonia..

A partir de entonces, su crecimiento ya no se detendría. Y aunque no se le daría la oportunidad de sumar minutos en Primera -el Cacique Medina lo citó dos veces pero no lo hizo ingresar- Walter Lemma, en ese tiempo ayudante de campo de Gustavo Quinteros, lo recomendaría para Colo Colo, que necesitaba urgente un refuerzo por la lesión de Marcos Bolados.

En el Cacique llegaron la gloria, el histórico 17 de febrero del ventiveintiuno, el festejo registrado con la venia para homenajear a su abuelo materno Feliciano -de extensa carrera militar y al que conoció siendo muy, muy pequeño-, los flashes. La chance inconclusa de ir al América, también, y ese llamado insinuando un futuro riverplatense que se transformaría en realidad. Para llevar al sollozo a su padrino, Federico Villa, el mismo que le había regalado un conjunto del CARP cuando Pablito era apenas un purrete que recién empezaba a patear la ajada número cinco.

El buzo de Solari que los hinchas de River empazaron a comprar desde su llegada al club.

El buzo de Solari que los hinchas de River empazaron a comprar desde su llegada al club.

“Lo que me ha hecho llorar este chico”, se le escuchó decir a Federico, quien de visita en Santiago fue testigo del llamado de confirmación del pase soñado.

Cerrando el círculo de la vida riverplatense.

Confirmando aquella suposición que papá había trasladado por teléfono.

E iniciando un nuevo camino. Impensado, todo.

Tan impensado como la catarata de sensaciones que se sucedieron para el cuarto Solari en la historia de River: la bienvenida de Enzo Pérez, las palabras del capitán para anunciarle las pautas de convivencia, las primeras indicaciones de Gallardo, el estreno plagado de atrevimiento y gambeta ante Gimnasia de La Plata, los minutos ante Aldosivi, la bronca por la gripe que lo sacó del partido ante Sarmiento y la irrefrenable idea de triunfar en un River que necesita un talento de su talla para acelerar la reinvención.

Porque Pablo César Solari sabe que en el mundo están el Real Madrid, River y nada más.

Como le dijo su papá.

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