“Necesito que el equipo me represente desde el corazón”


El empleado que parece ostentar una importante antigüedad en La Quemita le entrega la llave de una sala-oficina en la entrada del predio. “Tenés que darle media vuelta y listo”, le explica el hombre que ya peina unas cuantas canas y que, evidentemente, lo juna de cuando usaba los cortos. Bah, Israel Damonte no cambió su look, ni las bermudas ni el pelo platinado, pero cambió algo más importante: ya no es futbolista y ahora es entrenador. Y esa decisión tan trascendental en su carrera y en su vida requiere de un tiempo de adaptación. El ex volante tuvo que cambiar el chip de un día para el otro, amoldarse a estar del otro lado de la línea de cal y empezar a mirar a los que hasta hace poquito eran sus compañeros como sus dirigidos. Un desafío bravísimo en un mundo donde los egos a veces son más grandes que las canchas. Pero en ese punto es donde él se tiene más confianza. Sentado en el césped después del entrenamiento, del que también fue parte por momentos, charla con uno y otro. Su fórmula será la frontalidad y no le teme a que alguno se confunda. “Lo único que no puede faltar es el respeto entre todos. Desde ahí va a ser muy difícil que tengamos problemas. Una de las cosas que le dije al equipo fue: ‘voy a tratar de no cambiar’. Quiero seguir siendo el mismo. Ahora el tema es que ellos, a pesar de que jueguen o no, no cambien conmigo”, asegura en una distendida y larga charla con Olé en la que no gambeteó nada: el proyecto, el gran salto de su carrera, sus miedos, la difícil situación del Globo, la escuela futbolística, el contraste de su pasado por Estudiantes y su identificación con los de Patricios y sus nuevos sueños en un cargo inesperado hace sólo algunas pocas semanas…

-No tuviste tiempo de dejar ir al jugador para que nazca el técnico. ¿Cómo llevás esta adaptación tan abrupta? No pudiste ni hacer el duelo…

-La verdad que no, tampoco hubo tiempo para pensarlo. Fue algo que se dio en el momento, cuando surgió la propuesta empecé a evaluar el hecho de dejar de jugar, que hasta el momento no había pasado. Automáticamente arranqué a armar mi cuerpo técnico y, por suerte, salió la posibilidad en un club que aprendí a querer cuando fui jugador. No lo pensé, lo sentí. Era el momento de dejar el fútbol para comenzar con el proyecto de ser entrenador.

-Imagino que te agarró de sorpresa. ¿Tuviste que pensarlo mucho?

-Me lo dijeron por teléfono y lo decidí ahí mismo. Tardé tres segundos, je.

El platinado es su presentación.

-¿En serio? Entonces ya estabas un poco cansado de ser jugador…

-En realidad no, tenía pensado jugar entre uno o dos años más. De hecho, ya había hablado con Julio (Falcioni) para hacer una buena pretemporada en Banfield. A lo largo de mi carrera no sufrí ninguna lesión seria y me sentía bien físicamente. Además, había algunas propuestas de clubes de Primera, aparte de que tenía contrato vigente. Quería recuperar el nivel futbolístico, pero se venían mis 38 años y la posibilidad de dirigir un equipo como Huracán era un tren que no podía dejar pasar.

-¿Y si en vez de Huracán te llamaban de otro club? ¿Hubieses tomado la misma determinación?

-No, no, me retiré porque era Huracán. Para tomar la decisión de dejar el fútbol debía ser un caso así. Si no seguía.

Isra no dudó y se subió al Globo.

-¿Te sentís un poco jugador todavía?

-Hay algo del jugador que no quiero que muera. Decido pero me pongo en el lugar del jugador, por eso no quiero dejarlo de lado. El otro día mirando el partido de Boca lo vi a Marcos Díaz haciendo señas y me agarró melancolía. Igualmente, todavía no extraño.

-¿Te pesa la última imagen tuya como futbolista (en la 12ª fecha, contra Unión, Falcioni lo puso en el ST y lo sacó 15 minutos después)?

-Creo que ahí se vio reflejado mi profesionalismo. Ese partido me dejó una enseñanza para el día de mañana ir contándoselo a los jugadores más chicos. Siempre prioricé el grupo por sobre lo personal. Y ahora que dejé el fútbol, veo que en ese encuentro lo demostré. Con 37 años, entré contra Unión en un partido que íbamos ganando y a los 15 minutos me tocó salir, nunca me había pasado. Hasta el último minuto de mi carrera puse al compañero por encima de todo. Ese día pensé ‘no lo saludo a Julio y no vengo más’, aunque por otro lado me dije a mí mismo ‘tengo que hacer lo que se debe, saludo a Falcioni y me siento en el banco’. Creo que fui bueno hasta saliendo, y en parte pudimos empatar el partido por eso (terminó 3-3).

Su último club fue el Taladro.

-Lo bueno es que ya demostraste que podés controlar tu temperamento, algo clave para ser técnico…

-Sin dudas, hay cosas que uno como entrenador ya no puede hacer. Es algo que voy a tener que ir trabajando de a poco. Y no solamente en el día a día, sino también en los partidos. Es importante tener conciencia de lo que uno dice y hace. Tenés una cámara constantemente apuntándote y hay cosas que no tienen vuelta atrás. Seguramente me iré equivocando, de hecho ya debo haber errado en algunas cosas. Trato de pensar cada paso que voy dando.

-¿Sabés que vas a tener que aceptar el hecho de que algún ex compañero se caliente o fastidie con vos, no?

-Me vengo preparando desde hace tiempo con un psicólogo. Creo que la cabeza hay que entrenarla. Sé que voy a tener que convivir con esa presión, pero el problema surge cuando no se habla. Hay que saber ponerse en el lugar del otro. Y lo que quiero dejar en claro es que no hay ningún nombre más importante que el equipo.

-Hace un tiempito no te veías como entrenador, ¿qué pasó en el medio?

-Me veía en la representación de jugadores o manager. No quería seguir concentrando para disfrutar un poco más la familia. Imaginate que ahora estoy el doble de tiempo acá. Antes venía a La Quemita 30 minutos antes del entrenamiento y ahora tengo que llegar con una o dos horas de anticipación. Lo que pasó en el medio fue la propuesta de Huracán, nada menos que eso. A lo largo de los años como jugador, me anoté en un cuaderno diferentes situaciones que me tocaron atravesar para tener en cuenta, algunas me gustaron y otras no.

Isra conoce los pasillos del Ducó.

-¿Un cuaderno? ¿Era una especie de diario personal de futbolista?

-Ja, algo así. Principalmente anotaba ocasiones en la que no me sentía cómodo con alguna determinación del entrenador o algún inconveniente grupal. Tengo la filosofía de que un equipo lo hacen muchas personas, no solamente los jugadores que integran el plantel. Creo mucho en los estados de ánimo. Yo dentro de la cancha puedo ser un perro, pero un perro convencido es mucho más difícil de vencer. En este poco tiempo que llevo trabajando busco llegarle al jugador no sólo desde el aspecto táctico, sino también desde el lado personal.

-¿Y en lo táctico? O, mejor dicho, ¿cuál es la idea de Damonte técnico? ¿Es verdad que querés que tu equipo se parezca al de Alfaro?

-El otro día hice una nota y pusieron eso, aunque no es tan así. Yo quiero que me vaya bien. Hay que ver si tenemos los mismos jugadores que tenía él. Por momentos, podemos llegar a jugar así, pero no quiero atarme a ningún esquema. Necesito un equipo que me represente desde el corazón. Defendemos todos y atacamos todos. Yo de chico jugaba de enganche y me dijeron ‘si querés permanecer en el fútbol a la hora de recuperar la pelota tenés que darle algo al equipo’. Quiero que el volante ofensivo no piense que solamente está para atacar, todos tienen que dar una mano.

Damonte busca un equipo competitivo.

-¿Y tenés a los jugadores para hacer eso?

-Sí, hay. Todos pueden. Trato de mostrarles videos para que también vean un poco lo que pretendo. Obviamente, no les muestro algo de Messi, primero porque es antinatural y segundo porque no pretendo que se gambeteen a seis tipos y la claven al ángulo. Un caso de lo que busco que vean es lo de Nacho Pussetto, que el otro día, en el debut en Inglaterra, sacó una pelota en la línea. Para mí eso es como un gol. Después le mandé un mensaje y le puse: ‘Viste que no te tenías que enojar cuando te decía que vuelvas con el cuatro’.

-Te criaste en Estudiantes que tiene una escuela muy marcada y ahora vas a dirigir a Huracán que también la tiene pero bastante diferente. ¿Pesa eso todavía?

-En parte. Es complicado para los hinchas más grandes, porque vieron al Huracán de 1973 con Menotti. También el equipo de Cappa dejó una marca. Sin embargo, pienso que ambas escuelas tienen en común el trabajo. Yo me baso en eso. Recuerdo que cuando me presentaron dijeron que se venía la era del kiricocho, pero no es así.

Tendrá su debut oficial contra Rosario Central en Arroyito.

-¿Tenés miedo?

-Claro. Y es normal. Me da miedo la incertidumbre, por el hecho de no saber qué va a pasar. Me encantaría estar en este mismo lugar pero dentro de seis meses. Sueño con quedarme acá un tiempo largo.

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