Las semifinales se ganan

Las semifinales, como la finales, se ganan. Después vemos cómo fue que se logró. Así de pragmático debe ser este momento de cuerda floja. Hay que sobrevivir al todo o nada, y Boca sobrevivió porque tuvo un goleador y una cuota elevada de suerte.

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Todo lo que planificó Battaglia no se dio en la realidad del juego. Con tres delanteros dispuestos a la antigua (dos wines y un 9 de referencia), el equipo se movió entre la ilusión de cortar bien arriba y sufrir por su mediocampo de cobertura territorial angosta. Lamentablemente prevaleció lo segundo, con un agravante ocasionado por la falta de tenencia y el drama de no encontrar quién ejerciera el mando creativo.

Con Almendra en situación anfibia, sin irse lejos y a veces regresando a destiempo, y con Medina y Campuzano abocados a reforzar muy atrás la fragilidad que el rival intuyó en la zona de disputa, Boca apostó a la confusión y la entrega con el objetivo de rezar para que le saliera una jugada.

Y le salió. Fue un tiro libre con desvíos en el área finalizado por los tapones en estado de gracia de Vázquez. Pero pudo haberse dado antes con un desborde de Pavón por derecha.

Así lo ganó Boca

Pero un partido de jugadas sin juego es un riesgo alto al que hay que saber responder. Y el que respondió fue Rossi, tapándole un cara a cara imposible a Reniero. Es que al sufrimiento inherente a todo partido terminal, Boca le agregó una estructura enclenque, incapaz de darle la pelota y el dominio de una semifinal llena de errores emotivos.

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La media botella llena puede verse en el hecho de cortar la breve saga de derrotas, alcanzar la final de la Copa Argentina y quedar a un solo salto de entrar a la Libertadores.

El gol anulado a Argentinos​

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