Gallardo y una despedida Monumental

Es parte de la religión y de la estrategia. De ocho años y medio a esta parte, asistimos a la santificación de Marcelo Gallardo por parte de los hinchas de River. Son millones y millones de personas, entre ellas sus propios jugadores, que creyeron, creen y creerán siempre en él en cualquier circunstancia. Gallardo es un santo, un elegido. “Nací para esto”, decía su primer día de trabajo con un look beatle que hoy podríamos ubicar en el contorno estético que separó al jugador del técnico. Él lo tenía claro: no sabía exactamente lo que vendría después, nadie podía verlo con claridad, pero sí entendió su relación con este club en el orden de lo predestinado.

Nació para esto. Se preparó para esto. Y durante poco menos que una década fue entendiendo su lugar. Como ocurre con otras personalidades de la historia, Gallardo hace rato que dejó de ser solo de su familia y de sus amigos sino de todo el colectivo riverplatense, de una causa superadora. Es un patrimonio de la humanidad gallina y él lo comprendió. Por eso dejó todo de lado, momentos con sus hijos, con sus seres queridos, sus propios intereses, ofertas del exterior por las que a lo largo de estos años pudo haber cumplido el sueño de dirigir a Messi, por las que ahora mismo estaría preparando partidos de Champions League en algún grande de Europa, ganando sumas incontables de petrodólares al lado de un jeque o incluso puliendo detalles para armar la lista de un seleccionado de cara al Mundial de Qatar.

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No se permitió vacaciones, vivió mucho más en una oficina o en un campo de juego que en su propia casa. Trabajó de madrugada, lo hizo literalmente internado en una clínica con cálculos renales, lo hizo incluso minutos después de la partida de su propia madre. Dio el ejemplo para después exigir. Fue con La Verdad, tal vez su mayor activo, para armar un círculo virtuoso que funcionó como una burbuja en medio de un clima de época teñido de miserias, de especulación, falsedad y cinismo.

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Por eso se quedó todos estos años, porque aún en su modestia sabe que su falta habría constituido y a partir de ahora sin dudas constituirá un daño grave para toda una comunidad. No hay contradicción con otra premisa que gravó en su presentación, ésa que dice que River está por encima de los nombres y de los hombres: justamente ese lema fue el que aplicó en todo este tiempo para renunciar a ser una persona común y corriente y el que también lo hizo entender que sin las energías necesarias, las suyas pero también y especialmente las de todo su equipo de trabajo, lo mejor para su causa era parar.

Gallardo junto a su cuerpo técnico en el Monumental reeditando la foto del inicio del ciclo.

Gallardo junto a su cuerpo técnico en el Monumental reeditando la foto del inicio del ciclo.

Porque en definitiva es un ser humano, o al menos eso aparenta. Los que seguro lo son son todos los que debieron seguirle el ritmo imposible, sus colaboradores, sus jugadores, los directivos. Y los hinchas. Los que este domingo reventarán como siempre y como nunca el Monumental y cantarán el réquiem por un ciclo que los hizo felices para toda la vida, que los hizo ganadores cuando el día a día los tira abajo, cuando de lunes a sábados todo es cuesta arriba por una realidad cada día más hostil. Los domingos siempre fueron ganadores.

El River de Gallardo, todos los River de Gallardo, fueron ese refugio de alegría para una vida que muchas veces golpea fuerte. Y en ese sentido el Muñeco fue un papá. Pero un papá cuando sos chiquito, el que te lleva a cococho, el que te protege de todo y te aísla de los quilombos del mundo, el superhéroe en el que podés confiar a ciegas, el que va a trabajar a contraturno para hacerte un poco más feliz, el que se va a ocupar de todo.

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El vacío

La sensación de orfandad es y será inevitable. Contra Rosario Central, el rival de su presentación en el Monumental en aquel lejano 2014, cerrará el círculo de esta historia de amor que será tan eterna como el 9 de diciembre de 2018. Los riverplatenses le agradecerán para siempre porque Gallardo fue en todo este tiempo el que mejor los entendió, el que mejor los defendió, la garantía de que allí habría un equipo que los representó en cualquier lado y contra cualquier rival. El que los hizo creer. El que los hizo olvidar del debate futbolero: si el Muñeco puso a Pezzella de nueve o a Ponzio a presionar la salida del arquero de Cruzeiro en Brasil, por algo será.

En una tierra de cuarenta y pico de millones de entrenadores, Gallardo es el único que supo más que el hincha de fútbol, que en estos años apenas se subió a una montaña rusa tan vertiginosa como emotiva y confió sin más en el maquinista. En alguien que le cantó falta envido a la vida que todos ellos conocían y que ganó. Que ganó para siempre. Que desbloqueó ese Big Bang con epicentro en Madrid que hizo estallar en mil pedazos tanto la historia del fútbol argentino como las cuerdas vocales.

Un amor eterno. (Rafael Mario Quinteros)

Un amor eterno. (Rafael Mario Quinteros)

“Gracias por esa alegría de ganarle a Boca, de salir campeón”, se cantará esta noche de domingo para resumir un ciclo que tiende a infinito y para reconocer al hombre que desde los próximos días le dará paso a la leyenda y a su propia estatua, que custodiará las vitrinas del Museo al lado de la de Angelito.

La estatua de Gallardo, con la Libertadores eterna, se presentará el 9 de diciembre. (Twitter)

La estatua de Gallardo, con la Libertadores eterna, se presentará el 9 de diciembre. (Twitter)

Por lo demás, los técnicos se van, los jugadores pasarán. La Banda quedará. En todo caso, Gallardo no es un técnico y tampoco se irá. Es un tipo que se ganó el cielo y la figura de una santidad a la que recurrir en los pensamientos cuando todo esté difícil de aquí al fin de los días. No hay nada más que esto. Hasta la vuelta, siempre.

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