El rugby elige no dar el ejemplo

Hubo un tiempo en el que el rugby guardó en el vestuario su intransigencia y se abrió. Responsables: un equipo (Los Pumas) con el cual los hinchas de todos los deportes se identificaban y una búsqueda, incluso a regañadientes de algunos cultores de lo clásico amateur.

Tomás Sánchez, agresor.

Tomás Sánchez, agresor.

Hoy, no. El rugby cada vez se cierra más e informa menos. Abre aquel vestuario y vuelve a fojas cero, con un torneo (el de la URBA) que antes llegaba a todos lados y hoy se ve casi exclusivamente en ESPN y pocos medios. Además, toma decisiones que lo alejan de la gente común y hasta del sentido ídem.

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Hace poco más de un mes, un video se volvió viral y traspasó las fronteras, no por haber sido un meme ni contado de fondo con “Mi bebito fiu fiu”. Habría sido más saludable. Las imágenes transmitían que Tomás Sánchez, capitán de Los Matreros, le torcía a propósito la pierna a Juan Marsano, centro de Pueyrredón, que lo había tackleado (lícitamente) y yacía en el piso, sin poder moverse.

El árbitro no lo había visto, pero siguió el reglamento y, tras observar la repetición, decidió expulsar a Sánchez. Los medios se hicieron eco; lo publicaron. La URBA tomó cartas en el asunto; abrió un expediente. El ambiente condenó la acción. Para un hecho reprobable se estaba creando un círculo virtuoso que derivaría en una pena ejemplar según el pronóstico.

Juan Marsano, agredido.

Juan Marsano, agredido.

Sin embargo, sobre llovido…

Todo esto, además, en silencio. Porque la URBA no difunde sus sanciones. ¿Mal ovalado? No. Internacionalmente se publican, como las de Los Pumas.

Entonces, queda ese tufillo de “gallos y medianoche”, de esconder cuando en realidad hasta en el fútbol se comunican las penas en pos de ejemplificar. En cambio, el rugby decide no ser (buen) ejemplo.

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