Domínguez y Falcioni, de ida y vuelta

Cuando llega una administración, generalmente ocupa casi tantas energías en gestionar como en hablar mal de lo que se hizo antes y abrir el paraguas, como avisando que hay que refundar todo y que lo que salga mal, no le echen la culpa. En el curioso e infrecuente enroque de entrenadores que se dio entre Colón e Independiente no pasará eso.

Lo protagonizan dos respetadísimos técnicos de nuestro medio que, más allá de una relación anterior en la que el más joven identifica al más veterano como un formador y consejero, ambos llegan elogiando el trabajo que hizo el que acaba de irse. La actitud es más generosa que lo que estamos acostumbrados a ver.

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Domínguez no sabe qué autoridades tendrá el club dentro de dos meses ni si encontrará fondos para levantar las inhibiciones que le impiden traer refuerzo;aun así, asume el desafío de ir a un grande en decadencia y no deja de avisar que Independiente debe tener una impronta ofensiva, diferencia que habría sido el principal argumento para buscarle un sucesor al Emperador. Y plantea aprovechar el gran trabajo que hizo su antecesor con los juveniles del club.

Julio llega reconociendo que su ex alumno (lo hizo debutar y lo dirigió en tres equipos) “hizo historia” en Santa Fe, y se propone humildemente “tratar de cumplir una función similar”. En su discurso no pasa por alto que tuvo un pasaje anterior por Colón, y se siente reconfortado por que lo vuelvan a llamar.

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Falcioni devino una suerte de gran personaje del fútbol argentino, que con su trayecto en el fútbol y su fortaleza para afrontar las zancadillas de la vida está un poco más allá del bien y del mal. No significa eso que vaya a regalar elogios; fue crítico con las formas (no con la decisión) de Rolfi Montenegro, por caso.

A Colón e Independiente llegan dos hombres agradecidos. Enhorabuena.

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