despedida de Argentina con todas las luces

En el mismo lugar donde se ubica el palenque de algún equipo de polo, que bien puede ser La Dolfina de Adolfo Cambiaso, un crack del deporte que dominan los argentinos, KISS instaló sus luces, plataformas que suben y bajan, pantallas y artefactos de pirotecnia para despedirse (ahora sí parece) de Buenos Aires, Argentina. El beso final…

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La zona de Palermo fue testigo del último abrazo del alma y viejos hits entre la legendaria banda que va por sus 50 años de vida y un público fiel que sabe hasta qué va a decirle el hombre estrella, Paul Stanley, pero no le importa porque el paso del tiempo, si bien es verdad que se nota, no impide que los carapintadas ofrezcan un show inolvidable con todo lo que se espera de ellos y más.

Tommy Thayer, último de cinco guitarristas que tuvo KISS (Martín Bonetto)..

Tommy Thayer, último de cinco guitarristas que tuvo KISS (Martín Bonetto)..

Y ese más se apunta a que en un par de visitas anteriores (2012 en River y 2015 en Vélez), la calidad del producto no había sido la mejor, y se culpaba a aquel paso del tiempo para que la destreza musical y prestancia vocal no hubiera sido de las mejores. Sin embargo, Stanley (70) y su socio y amigo Gene Simmons (72) le sacaron lustre a sus botas y desparramaron rock and roll del bueno dejando todo en la cancha durante dos horas.

¿Querían luces? KISS entregó su típico show (Martín Bonetto).

¿Querían luces? KISS entregó su típico show (Martín Bonetto).

¿Papelitos? Check. ¿Luces y pirotecnia? Check. ¿Las canciones históricas que sabemos todos? Check. Y así con todos los yeites que KISS sabe entregar, pero esta vez con sonido potente y limpio más cuerdas vocales envidiables para el rodaje que tienen.

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Además, este undécimo show de la banda estadounidense en su séptima visita al país desde la primera que incluyó cuatro presentaciones en el 94, llegó con un mayor guiño de complicidad entre cuarteto y público demostrado en más palabras en castellano que las de costumbre (“Mi corazón es suyo”, por ejemplo, que ya hasta se corea como las letras de Fui Hecho Para Amarte o el solo en Detroit Rock City) y hasta algún chistecito fuera de programa como cuando el imponente Simmons, montado en sus plataformas con colmillos, mandó un “Macarena” en Me Gusta Fuerte. Claro, el Demonio cumplió con su ritual de escupir fuego por la boca y sangre en Dios del Trueno. ¿Demagogia? Y… sí, seguro que a todos les dicen lo mismo, pero se les cree.

Gene Simmons y Paul Stanley, dos fundadores de KISS (Martín Bonetto).

Gene Simmons y Paul Stanley, dos fundadores de KISS (Martín Bonetto).

En ese sentido, Stanley también hizo lo de siempre, que siempre vuelve locos a sus fans: “volar” por sobre las cabezas del público -los del campo VIP- desde el escenario hasta una plataforma ubicada en el mangrullo, desde donde cantó el hit que primero conoció el público argento allá casi por los 80: Fui Hecho Para Amarte. Quizá ya a esa altura del show la garganta había sufrido el desgaste y una pista de fondo ayudó, pero todo sea para mantener el fuego de la autodefinida Banda Más Caliente del Planeta.

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Antes de la despedida, inédito para shows en Argentina, desde vaya uno a saber dónde salieron globos blancos gigantes con la palabra KISS en negro, que algunos fans lograron llevarse (quizá comiencen a aparecer a la venta en Internet). Y ya cuando algunos cincuentones empezaban a hacer puchero porque el show se acercaba a su fin y, con ello, la última presentación en vivo de KISS en la Argentina, somo el himno, Rock and Roll All Nite, y gran parte de las 50.000 personas que desafiaron a los que no creían que la banda pudiera llenar nuevamente, se llenaron de papelitos rojos y blancos.

Fans pintados (Martín Bonetto).

Fans pintados (Martín Bonetto).

El último beso era un hecho y la gente, algunos pintados, otros con remeras de la banda, muchos con sus hijos, dejaban el campo de polo con la panza llena de música y el show que solo KISS puede ofrecer. ¿Tristeza? La de todas las despedidas, pero, a la vez, el corazón estaba contento porque, más allá de que Stanley, Simmons, Tommy Thayer y Eric Singer no vuelvan más con sus instrumentos colgados, la música siempre perdurará. Ese es el mejor legado que KISS puede dejar.

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