De la pelea mediática en Vélez al elogio en Boca


“Mauro hoy no estuvo en Primera porque trabajó con su División. Eso no quiere decir que no lo vaya a llamar cuando lo necesite, pero por ahora no va a practicar con nosotros. ¿Los motivos? Las decisiones de un entrenador nunca se comentan”.

“El técnico me dijo que yo no parecía profesional. Y creo que no tiene razón; porque me bajó y ahora me siento a la deriva. Si no me iba a tener en cuenta, por lo menos me hubiese dado la posibilidad de dejarme entrenando con mis compañeros”.

“No quiero hablar más de este tema. Mauro está cumpliendo una penitencia. Déjenme a mí que he puesto a muchos jugadores en Primera y han durado diez años”.

“Lo que diga voy a tener que respetarlo porque es el técnico, pero no comparto para nada ni sus formas ni lo que dijo de mí. Para nada”.

Corrían los primeros días de marzo del 2005 y Miguel Russo, por entonces DT de Vélez, y Mauro Zárate, joyita del club, protagonizaban un insólito cruce mediático que parecía no tener fin. Nadie, a esa altura, imaginaba semejante final de la historia. Tres meses después darían la vuelta en el Clausura del 2006. Y en el segundo semestre del año, ya sin rencores entre ellos y con Zárate totalmente afianzado en Primera, el punta se consagraría como máximo goleador del Apertura. Hoy, el fútbol vuelve a juntarlos con otros colores pero con la misma admiración y respeto de siempre. Para Miguel, Mauro es uno de los mejores jugadores a los que le tocó dirigir en 30 años de carrera. Para Mauro, Miguel es uno de los entrenadores que más enseñanzas le dejó y de los que más cómodo lo hicieron sentirse en un campo de juego. No hay mucho para pensar: Zárate es un factor clave en el Boca que Russo tiene en mente para afrontar la recta final de la Superliga y, por supuesto también, de la tan ansiada Copa Libertadores.

El tiempo, de a poco, fue poniendo las cosas en su lugar entre el técnico y el punta. De entrada tuvieron sus encontronazos, aunque cuentan quienes estaban cerca de aquel plantel que Miguel siempre supo de que entre manos tenía un diamante en bruto y que, si conseguía encarrilarlo, Mauro sería jugador de Selección. Aquel primer encontronazo se debió a que Mauro, de 17 años y un puñado de partidos en Primera (con Ischia y Fanesi), llegó tarde a tomarse un micro con la Reserva y Russo lo mandó a entrenarse con Quinta. Para colmo, como Zárate tenía contrato profesional, no podía jugar los sábados, por lo que pasó varias semanas sin tocar la pelota oficialmente. Miguel lo hizo recapacitar y lentamente le fue dando minutos. Mauro los aprovechó y a mitad ya era campeón del mundo Sub 20 y había sido transferido a Qatar en 16 palos verdes. Tranqui.

“Tendré que hablar con Mauro, pero ya se cuál es la idea que tengo para él. No sé si será más fácil o difícil, pero el conocimiento que tengo de él es mucho mayor al que puedo tener de otro jugador. Eso no quita ni agrega nada, sino que simplifica las cosas”, explicó Miguel, quien dirigió a Zárate en 43 partidos en Liniers, con siete goles. El viernes pasado, al reencontrarse en Ezeiza, hubo buena onda y se saludaron con un afectuoso abrazo.

Mauro arrancó bien con los mellizos y con Alfaro pero se fue desinflando. En la Copa del 2019 se desgarró contra Liga en Ecuador y le costó volver a su nivel. A ser el jugador desequilibrante que había relegado al banco a Carlitos Tevez y se había metido a la gente en el bolsillo. El objetivo de Russo, que lo conoce como pocos, es ponerlo a punto para volver a ser campeón. Para él sigue siendo esa rubia debilidad.

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