causas y efectos del año de River

De mínima, a River le quedan siete partidos hasta que la temporada se apague y se encienda el Mundial de Qatar. ¿Qué puede suceder en esos cientos de minutos de fútbol que faltan por jugarse? A lo sumo, con la Copa Argentina aún abierta y con un eventual cruce con Boca en el horizonte, el destino deparará alguna alegría cosmetológica que sirva para maquillar un 2022 que, pase lo que pase en este tramo final, ya requiere necesariamente de una revisión cruda y un análisis puntilloso para que no se transforme, a escala anual, en un escenario patológico.

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Que la noticia no tape la historia, se leyó alguna vez a fines de 2016 en el estado de WhatsApp de Marcelo Gallardo después de una caída en un superclásico y antes de la final de la Copa Argentina que le ganaría a Rosario Central. Hoy la historia, con la gesta de Madrid incluida y para siempre, es decenas de veces más pesada, pero ya sería difícil hablar de noticia para calificar el año de River: en términos alegóricos de árbol y de bosque, el 2022 no tapará jamás el amazonas de este ciclo, pero tampoco es un árbol sino un frondoso conjunto de ellos, una pequeña selva en sí misma. En todo caso, la historia es la que dio hasta aquí ilusiones de despegue que chocaron siempre con una realidad difícil de asimilar.

Por supuesto que en una era de ocho años es posible fallar. Tampoco es la primera vez que ocurre, aunque sí la más pronunciada y la única en la que creer, ese slogan que se patentó con toda justicia en esta serie, empieza a advertirse como un término extemporáneo, propio de otros equipos, de otros jugadores, acaso de otro Gallardo. Los porqués son muchos y será el propio Muñeco el que deba analizarlos dentro de un puñado de semanas. El proceso que de enero a esta parte llevó a River a esta realidad es el punto a calcular, porque el resultado está a la vista.

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El resultado es un equipo que no compite como antes. Al margen de los capítulos más gloriosos, en la revisión personal de su obra Gallardo suele abrazar partidos que terminaron en eliminaciones, como Independiente del Valle en 2016 o Palmeiras a comienzos de 2021, por el orgullo que dejaron en el hincha, por caer de pie, peleando con sus armas, creyendo en ellas. Hoy, más allá del apoyo infinito por el que seguirá reventando todas las canchas en las que juegue, no resulta aventurado adivinar que difícilmente el colectivo gallina pueda verse identificado con este River.

El Muñeco no le encuentra la vuelta al equipo en 2022 (Fernando De la Orden).

El Muñeco no le encuentra la vuelta al equipo en 2022 (Fernando De la Orden).

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Porque el CARP parece ya roto anímica y mentalmente, parece haber tirado la toalla sin darse cuenta, no estuvo presente en ninguno de los partidos límite que solían ser sus trampolines en las malas ni aprovechó las decenas de posibilidades que le dio un campeonato argentino que se sigue emparejando hacia abajo.

En ese contexto, el juego de River se hizo cada vez más fácil de contrarrestar: con vehemencia en la marca y cerrando algún que otro pasillo alcanza. Porque River se ve indolente, espeso en ideas pero también -como nunca- edulcorado en agresividad: casi todos sus rivales son más intensos.

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Evidentemente para la exigencia mental y física de este cuerpo técnico la falta de descanso y de pretemporada, respectivamente, no ayudó, pero hay problemas de base que no debieran pasarse por alto. Algunos partieron directamente desde el banco de suplentes, con un MG al que por muchos tramos del año le faltó la serenidad que él mismo pidió en un principio, ensayando cambios súbitos de esquema y de jugadores a razón de 45 ó 90 minutos que evidentemente pudieron confundir y sacar confianza.

Un 2022 de no Creer para River (fotobaires).

Un 2022 de no Creer para River (fotobaires).

Pero otros inconvenientes tuvieron que ver directamente con un plantel que no estuvo a la altura y que merece un boletín riguroso para pensar el 2023. En una coyuntura de juego pastosa, salvo por algún arranque de un De la Cruz que se irá más temprano que tarde y el amor propio y la prestancia de un Enzo Pérez que nunca tuvo un relevo confiable, esta vez faltó la rebeldía de 2021 encarnada en un Enzo Fernández y sobre todo un Julián Álvarez que contagiaron y levantaron al equipo.

Plagado de segundas y hasta terceras guitarras que en el mejor de los casos necesitarían de un conjunto aceitado y de mucho tiempo para transformarse en líderes futbolísticos, con buenos proyectos de confianza por el suelo, con otros que mostraron limitaciones técnicas que ya no les permiten ser mirados con optimismo, hombres de probada calidad en el declive físico de sus carreras y sin juveniles que asomen desde Reserva hace más de un año, el combo da error.

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Sobre todo para una idea, la del Muñeco, que con el correr de los años pareció haber ido elevando su porcentaje de pureza: progresivamente, a una premisa cada vez más sofisticada (que llegó a su techo con un planteo en la Bombonera que pareció sobreanalizado) le correspondió una plantilla cada vez más flaca en jerarquía (como viene sucediendo, a distintas escalas, en todo el fútbol argentino). Habría sido raro que ese proceso de proporcionalidad inversa resultara bien.

Por lo pronto, tal vez el momento y la mishiadura generalizada se adapten mejor a un 4-4-2 ó 4-3-1-2 cerraditos, simples, para terminar de la manera más decorosa posible la temporada y barajar de nuevo con la cabeza en remojo, dejando atrás un año de no Creer.

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