Academia de baile – Olé


Fue un baile infernal. Una exhibición de fútbol con calidad premium. ¿Cuánto tiempo hacía que Independiente no jugaba así? ¿Cuándo había sido la última vez que los hinchas se rompieron las palmas para aplaudir a los jugadores? Probablemente hay que remontarse a las épocas en las que Ariel Holan se regodeaba con whisky y habano en mano.

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El Rojo jugó el fútbol que le gusta a la gente. Fue una aplanadora que pasó por arriba a Central desde el principio y hasta el último minuto. No tuvo piedad el equipo de Lucas Pusineri, que en ningún momento levantó el pie del acelerador. El primer tiempo no había terminado cuando los jugadores del Canalla ya querían irse de la cancha. Miraban hacia el piso desahuciados, buscando respuestas donde no las había. Bastó con observar sus rostros para percatarse de lo mal que la pasaron. Sufrió el conjunto de Diego Cocca. Padeció la tarde mientras Independiente revoleaba las caderas en una tarde de sol y carnaval carioca. El césped fue una pista de baile. El Rojo le robó la pelota a Central desde el primer minuto, lo arrinconó con una presión asfixiante, lo puso contra las cuerdas y no perdonó.

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Independiente, al menos ayer, jugó como lo hacía el equipo que conquistó el Apertura 2002, de la mano de Américo Gallego. Un conjunto del que Pusineri formó parte y que ahora, según sus propias palabras, utiliza como espejo para esculpir su obra. En los dos primeros partidos del ciclo del nuevo técnico, ante River (1-2) y Boca (0-0), ya se había advertido un cambio en cuanto a la postura, la ambición y, sobre todo, la intensidad y la agresividad de los futbolistas. Ayer la gente disfrutó de una función completa. No hubo puntos bajos. Corrieron menos porque corrieron todos. Jugaron más porque el compromiso y la dinámica para el desmarque fue total.

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Independiente no extrañó ni un segundo a Pablo Pérez, quien observó el show de sus compañeros desde un palco. Domingo Blanco entró en su reemplazo y no le pesó la función ya que metió y distribuyó la pelota con criterio.

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El equipo llevó el sello que Pusineri quiere dejar impreso. El desarrollo fue una muestra cabal de lo que pretende el entrenador. Ahora, el gran desafío será sostenerlo, acaso lo más complicado. Porque no es fácil mantener ese nivel de intensidad. Porque no siempre se va a empezar ganando casi desde el vestuario. Porque no todos los rivales cometerán los errores garrafales que tuvo Central en los últimos metros. El técnico comprende como ninguno que la próxima batalla será contra la relajación. Es sabido que al Rojo no le sobra nada. Y que para jugar como lo hizo ante Central se precisa un nivel de concentración y de sacrificio total de parte de todos los futbolistas.

Dinámica constante para el desmarque, movilidad para no dar referencias, rotación de posiciones en ataque, fabricación de espacios mediante el toque y la circulación, generación de sociedades y opciones de descarga, solidaridad de los jugadores de características ofensivas para retroceder y ubicarse por detrás de la línea de la pelota ante la pérdida. Todos esos atributos tuvo el Rojo ante la Academia rosarina.

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El próximo examen será el Racing de Beccacece. Y el equipo llegará en alza. Cueste lo que cueste, deberá dar un paso más. Un paso bien grande.

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