4-4-DIOS – Olé


Pará, pará… ¿En serio me vas a sacar una foto con dos cuatros? ¿De verdad?”.

Marcelo Gallardo es alabado en River. Venerado. Palabra santa. Pero, en el fondo, no deja de ser un tipo común… Por eso, cuando Olé lo invita a posar con el número 44, se sonríe tímidamente. Y accede a los flashes antes de que se pierda el efecto sorpresa. “¿Los tres deseos? Ya los tengo pero no los voy a decir, ja”, se suelta durante la producción. Hoy cumple años. Será tendencia en Twitter, foto replicada en Instagram, mensaje emotivo en Facebook… Una estampita virtual para lo que representa para los hinchas. Un Dios futbolero. Si vale la combinación edad-táctica, un 4-4-Dios.

No es casual que así sea. Tampoco es normal, aunque él así se intente mostrar, que un hombre de su edad ya se haya convertido -con cinco años apenas en el cargo- en el máximo ganador de la historia de River con 11 títulos, destronando a Ramón Díaz y siendo modelo de un monumento que se erigirá en breve en las puertas del Monumental, pegadito al de otro prócer como Ángel Labruna. Gallardo está haciendo época. Porque, de los entrenadores contemporáneos consagrados en Europa, sólo Guardiola logró ganar más títulos que él a su misma edad. Compite con los de allá. Con Pep, Mourinho, Ferguson y Arrigo Sacchi. También con los próceres de nuestro fútbol. Con Ramón, Osvaldo Zubeldía, el Cholo Simeone, Passarella, Menotti, Bilardo o Bielsa…

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Gallardo posa delante de uno de los murales estampados adheridos a los vidrios de la sala de prensa del River Camp. Es foto de tapa. También estampita en Núñez y, claro, vade retro para Boca. Es un entrenador que llegó a estar número 1 del ranking global luego de la Libertadores ganada en Madrid… Pero es, a su vez, el hombre que encabeza un proyecto que -espera- dejar funcionando el día en el que ya no esté más en el club, ya sea en junio, en diciembre o cuando lo decida. Uno que trasciende su estancia en el club. Un proyecto infanto-juvenil que contempla a jóvenes y profesionales y que apunta a la promoción de canteranos para tener en Primera alternativas que no tengan que salir del mercado (hasta hace muy poquito Palacios; hoy Montiel, Martínez Quarta, Julián Álvarez o Cristian Ferreira). Es líder, el Muñeco. Y lo siguen de a miles. Como quedó demostrado en, tal vez, la postal más elocuente de lo que significa para el club: él corriendo en San Martín de los Andes delante de sus jugadores, quienes a su vez trotaban escoltados por los hinchas.

Pero Gallardo, se dijo, a pesar de todo no deja de ser un tipo normal. Que logró mucho pero que desea todavía más. Y que tiene por delante, acaso, otro de sus grandes desafíos deportivos: la Superliga. Se encargó de dejar en claro puertas adentro que ese título de liga, tantas veces esquivo, era objetivo prioritario. Por eso les pidió un esfuerzo a sus jugadores, quienes durante las vacaciones se entrenaron para ganarle tiempo a una pretemporada corta. Porque esta vez es posible dedicarse 100% al torneo. En el pasado, la necesidad de dosificar cargas obligó a River a elegir entre una torneo continental y uno local. El calendario esta vez otorga una ventaja: a excepción de la última fecha, no habrá superposición. Por ende, es posible encarar el campeonato sin interrupciones por fechas internacionales. Mañana, ante Independiente, River se jugará una final. Porque de ganar quedará puntero junto a Argentinos. Y, así, dependerá de sí mismo, como le ocurrió en las copas que ganó. El Muñeco está mentalizado en ganar. En terminar su fin de semana de celebración personal en la cima de la tabla. Quiere más. Y seguir siendo, para River, un enviado del cielo.

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