Woody Allen: “Unos me recordarán como un pedófilo, aunque sea falso, y otros como un cineasta que los entretuvo”



Llamar a Woody Allen (Brooklyn, 1935) a su dúplex de Manhattan se realiza mediante un sistema de encriptamiento, para que el periodista de Barcelona no se guarde el número en la agenda. Dos horas antes, hay que hacer una prueba de sonido (“está un poco sordo, grite fuerte cerca del móvil”), lo que contribuye a aumentar la expectación. A la hora de la verdad, la conversación fluye como un diálogo de sus películas aunque, en el mundo real, tiene la voz mucho más pausada y menos estridente que sus personajes de ficción. El tema es su libro de memorias, “A propósito de nada” (Alianza), que desde su mismo lanzamiento, hace un poco menos de un mes, se situó como uno de los más vendidos en España, posición que mantiene. De cara al Día del Libro –por si no lo saben, es el próximo 23 de julio–, se anuncia la versión catalana, “A propòsit de no res”.

– ¿Cómo va el confinamiento?

– ¡No me gusta nada! Yo ya pasaba mis días confinado, escribiendo, pero, por las noches me iba al restaurante a reírme con los amigos, o paseaba, me metía en tiendas, en un cine, iba al teatro, a ver un partido de baloncesto o de beisbol. Ahora está todo cerrado, es muy estricto.

– ¿Y qué hace?

– Me quedo en casa, no hay otra. Miro la tele, películas. ¿Quiere que le cuente mi día? Me levanto temprano, a las 6:30, hago ejercicio, corro en la cinta, desayuno y luego escribo, de vez en cuando pongo unos minutos la televisión. Voy escribiendo y, cuando necesito una pausa, enciendo la tele. No es una vida muy saludable.

-¿Por qué ha escrito sus memorias?

– Estaba harto de que me lo pidieran, cuando empezaron a decírmelo era muy joven. ¿Cómo iba a escribir mis memorias a los 40 años? Llevo en este negocio desde los 16 y no he parado de trabajar: escribiendo chistes para la prensa, guiones para cómicos, como monologuista, guionista de televisión, de cine, director, actor, escritor… todo eso ha generado un cúmulo de materiales, anécdotas, conocimiento de personajes, películas… que forman una buena historia. Voy a cumplir 85 años, y tenía algo de tiempo libre porque terminé una película y, antes de empezar otra, me quedaban un par de meses. Así que las escribí.

– Como sus películas, este libro transita de lo cómico, con partes que te hacen reír a carcajadas, a lo trágico, como la película de terror que es su historia con Mia Farrow.

– Es verdad, esas son las dos perspectivas desde las que puede verse todo. He tenido una vida interesante y divertida, he conocido a mujeres maravillosas, he atravesado momentos trágicos… Pero, básicamente, soy un hombre feliz que lleva 22 años junto a mi esposa Soon-Yi. Tenemos dos hijas preciosas que ya van a la universidad, tengo buena salud y he pasado una vida entreteniendo a la gente. He tenido mucha suerte. Podría morirme ahora mismo, hablando con usted, y no pasaría nada. Unos me recordarán como un pedófilo, aunque sea falso, y otros como un cineasta que les entretuvo, ¿qué más da? La suerte es lo más importante en la vida, y yo he tenido más buenas manos que malas. Las malas han sido catastróficas, eso sí.

– Hablando de suerte, su padre fue corredor de apuestas, y usted mismo ha jugado mucho a póker, a dados, ha apostado a los caballos… ¿Cuál ha sido su mayor pérdida en el tapete de juego?

– Nunca perdí.

– ¿Perdón?

– Nunca tuve una mala noche. No me metí en este tema por placer, para pasar el rato. Quería ser un jugador profesional y aprendí todos los trucos de los mejores. Le dediqué muchísimo tiempo y jugaba realmente muy bien. Controlaba mis emociones, dominaba el lenguaje de los signos, sabía cuando pararme, solo iba fuerte con buenas cartas…

– ¿Hubiera sido un buen delincuente?

– Me fascinaba la parte atractiva de la delincuencia, lo de hacer trampas, timar, yo mismo tenía cartas marcadas, dados con pesos, me gustaba la noche, hubiera sido bueno en la técnica, sacándole el dinero a la gente, pero no en la parte sórdida o desagradable. Es una lotería, es posible que, si hubiera visto la oportunidad de hacerlo sin demasiado riesgo, me hubiera inclinado por ahí. Es más interesante que trabajar en una oficina o en una fábrica. Yo no tenía estudios, no fui a la universidad, no podía ser abogado o médico, me tenía que espabilar y buscaba algo excitante. El mundo me había reservado oficios como mensajero o tendero y eso no iba conmigo. La vida criminal era más interesante, pero se cruzó el mundo del espectáculo, que tampoco está mal.

– Usted se quita mérito en todo, ya desde el título, dice que no se merece ninguna estatua, que es un intruso al lado de grandes directores como Coppola o Scorsese…

– Hay tantas autobiografías de tipos diciendo que son los mejores… Yo no lo soy. No soy Einstein ni Dostoievski. Es puro realismo. He hecho buenas y malas películas, pero, no nos engañemos, nada comparable a ‘Un tranvía llamado deseo’ o ‘El ladrón de bicicletas’. Muy pocas veces el éxito de taquilla tiene que ver con la calidad artística. ‘¿Qué tal, Pussycat?’ fue un rotundo éxito y me da vergüenza que aparezca mi nombre ahí. Y tengo algunas obras que creo muy buenas pero que no han interesado al público. En el libro intento ser honesto y mostrar mis limitaciones. Mis neurosis junto con mis virtudes. Ni ensalzarme ni degradarme. Si digo que no soy un gran músico de jazz y que me contratan por mi fama en el cine, no creo estar faltando a la verdad. Un día cené con Bergman, el mejor cineasta de su época, y lo vi tan inseguro como yo, decía que nunca sabía dónde colocar la cámara. ¡Y era Bergman!

-Dice que no es ningún intelectual…

– Para nada. Siempre fui un vago con malas notas. No entiendo la poesía y hay un montón de películas y libros que no conozco (en el libro hago una lista). La confusión viene, por un lado, de mi aspecto, con mis gafas de culo de vaso. Y, del otro, que las chicas que me gustaban sí eran las intelectuales y tuve que reciclarme, empezar a leer, para no hacer el ridículo cuando las invitaba a cenar. Y, en mis chistes y películas, introducía referentes cultos que no entendía pero que le daban a la ocurrencia un aire más elevado.

– Leyéndolo, parece que el trabajo de dirigir no sea muy difícil…

– Lo difícil es escribir un buen guión. Si usted tiene eso, con poner a un director simplemente correcto ya le puede salir una gran película. El guionista crea un mundo completo de la nada. Tiene que desarrollar largamente una historia, todos sus hilos y personajes… Dirigir una película con buenos actores, un buen guion, buenos cámaras e iluminadores no tiene tanto mérito. Hay buenos directores que han firmado bodrios porque la historia original era mala. Se gasta mucho dinero en rodajes pero la clave está en esos folios que ha escrito un tipo en el despacho de su casa.

– ¿Cuáles son sus mejores películas?

– ’Maridos y mujeres’, ‘La rosa púrpura del Cairo’, ‘Wonder wheel’…

– ¿Y su película barcelonesa?

– ¡Ah, qué bien se comía en Can Isidre! ‘Vicky Cristina Barcelona’ es también una de mis buenas obras pero no tuvo éxito en taquilla porque no nos pusieron la calificación de mayores de 18 años, consideraron que las escenas lésbicas eran “de buen gusto”. Es la única vez en mi vida que he sido acusado de eso.

– ¿Por qué hay tanta gente que no se cree su versión sobre las acusaciones de violación?

-No es mi versión, ojo, es la de los investigadores, basándose en las declaraciones e informes de expertos y testigos. Mi versión sería poco fiable. Es importante dejar eso claro. El tribunal me ha absuelto, ha dicho que no hubo abusos, ni siquiera se presentaron cargos. Me he sometido a un detector de mentiras, cosa que Mia Farrow rechazó hacer. Yo también me he hecho esa pregunta, porque para mí es dramático. Y me he respondido que la mayoría de la gente no ha estudiado el tema en detalle, solo visto por encima unos cuantos titulares, los que se sumergen en el tema se dan cuenta de que la acusación es falsa. Tengo que vivir con que hay gente convencida de que soy un violador, de que me he casado con mi hija… es igual lo que les digas. En su día, no hice ningún esfuerzo porque creí que la verdad se impondría, pero no ha sido así. Una buena historia, cierta o falsa, se impone a todo. Con Mia Farrow siempre vivimos en casas separadas, en los 13 años de relación, jamás dormí en su apartamento al otro lado de Central Park, y yo solo soy el padre de tres de sus catorce hijos. Y mi relación con Soon-Yi empezó cuando ella tenía 22 años.

– Pero su hija Dylan es la que ha declarado contra usted.

– Dice lo contrario de lo que dijo porque ha sido sometida a un lavado de cerebro. Mia la filmó desnuda a los 7 años varios días para enseñarle la historia que debía contar. Tras el escándalo, he adoptado dos hijas sin el más mínimo problema por parte de las autoridades. La acusación no es que no se sostenga, es que ha sido rechazada.

– Vaya cosas cuenta de Mia Farrow y sus hijos…

– Otra vez son hechos. Sometió a su hijo Ronan a cirugía plástica para que fuera más alto porque eso le ayudaría a hacer carrera política. Dos de sus hijas se han suicidado. Tiene un historial de maltratos. Soon-Yi fue golpeada con un teléfono…

– ¿Hará un día una película basada en eso?

-No me interesa, estos temas le gustan a los tabloides… No hago películas sociales, no voy a filmar nada tampoco sobre la pandemia o Donald Trump. No es mi estilo.

 -¿Qué consecuencias ha tenido el escándalo para usted?

– Algunos problemas para que se distribuyan mis películas en Estados Unidos. Algunos actores rechazaron trabajar conmigo, pero escogí a otros y asunto solucionado, tampoco es como el maccarthyismo, cuando la gente lo perdía todo y no podía volver a trabajar. Me defendió gente como Alec Baldwin, Javier Bardem o Scarlett Johansson. Sin embargo, Hillary Clinton rechazó mi modesta donación de dinero. Creo que esos 4.500 dólares de menos seguramente le hicieron perder ante Trump.

– ¿Qué opina del #MeToo?

– En la mayoría de casos que denuncian tienen razón. Cualquier idea o movimiento, la democracia, el comunismo, el #metoo, por buena que sea, tiene un par de aspectos que no funcionan bien, disfunciones. EE.UU., por ejemplo, es una buena democracia, pero con muchos defectos.

– ¿Lo veremos en San Sebastián?

– Lo único que puede hacerme no ir es la amenaza del coronavirus. Mi mujer y yo queremos volver. A mí me pondría muy nervioso saber que puedo pillar el virus, recuerde que soy neurótico, por mucho menos me he descolgado de una ventana, y ver tanta gente que te toca, las multitudes… Yo lo que quiero es tener una experiencia normal de festival, y si eso progresa y se puede tener, iré.

– ¿Por qué no va a los Oscar?

– El cine no se ha hecho para competir con otros, no es un deporte. La noche que me dieron cuatro estaba tocando blues en un local, me fui a dormir y me enteré a la mañana siguiente leyendo ‘The New York Times’. Pensé en ello durante un minuto y me puse a trabajar. Tampoco leo las críticas de mis películas, me enseñaron a fiarme de mi opinión.

– Dice que piensa mucho en la muerte. ¿Cuál sería su epitafio?

-Mmm… ‘No se atrevan conmigo’.

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