William Davies y las emociones: “Las redes sociales nos generan angustia, placer y celos”



Desde fines de 2019 un libro recorre el mundo en modo silencioso. Sin estridencias, dice que vivimos los tiempos más crispados de esta era a la que muchos quieren bautizar pero no aciertan en dar con el nombre exacto. ¿Viviremos en un tiempo nervioso? Es con seguridad el tiempo de las emociones y los apasionamientos, en particular broncas, odios, iras y tempestades varias. A ellos se refiere el sociólogo y economista británico William Davies (1976) autor del libro Estados nerviosos. Cómo las emociones se han adueñado de la sociedad (Editorial Sexto piso, traducción de Vanesa García Cazorla). “Empresas y políticos sin escrúpulos han explotado largamente nuestros instintos y emociones para convencernos de creer o comprar cosas que, con una reflexión más atenta, no habríamos creído ni comprado”, dice Davies en su libro. Y además: “El miedo a la violencia puede ser una fuerza tan disruptiva como la violencia real, y puede resultar dificil de apaciguar una vez que se ha extendido”.

William Davies, sociólogo y economista británico. Autor de Estados nerviosos (Sexto piso).

Sobre todas los estados nerviosos de la humanidad, y en el contexto de la pandemia, Davies conversó con Ñ por teléfono desde una Londres que sale a reconquistarse a sí misma sin mucha certeza sobre el real aplastamiento de las curvas del coronavirus.

–Comenzás el libro hablando de las emociones, nuestra más humana ocupación. Sin embargo, decís que la tecnología digital capturan la información de nuestro comportamiento. ¿Qué diría Sigmund Freud sobre esto?

–Creo que Freud estaría bastante sorprendido de ver cómo han cambiado las cosas. Algunas de las ideas de la psicología, que ahora inspiran a Silicon Valley, ya existían en la época de Freud. Por ejemplo, el conductismo que sostiene que nuestros estados mentales y emocionales son, en verdad, físicos, y parte de nuestro cuerpo. El psicólogo y filósofo estadounidense William James fue muy influyente en su pensamiento sobre las emociones, en particular, en la idea de que una emoción es algo que empieza en nuestros cuerpos y después llega a nuestra mente. Entonces, Freud no estaría de acuerdo con la perspectiva del Silicon Valley, que es efectivamente que todos estos estados –felicidad, ira, alegría, desesperación– se pueden definir en términos de movimientos faciales, usos del lenguaje o de cierta manera de deslizar el dedo por la pantalla. Son cosas que se pueden conocer de manera objetiva. Freud tenía esperanzas científicas elevadas, pero no habría pensado que los síndromes que le interesaban pudieran ser comprendidos sobre la base de datos como estos.

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–Vayamos a casos concretos: ¿Qué pasa cuando votamos? ¿Cuál es el papel de las emociones? ¿Cómo se llegó a votar a Trump, Bolsonaro y el Brexit?

Trump y Bolsonaro, dos expertos en emociones de resentimientos. Foto: Alan Santos/Palácio do Planalto / DPA

–Creo que ciertas emociones han sido estimuladas y usadas en los últimos 10 años, particularmente emociones de resentimiento, una emoción interesante. Es una emoción en la que yo quiero estar mejor, pero estoy enojado porque otro está mejor y quiero hacer algo para detener eso. En el caso de Trump, la mayoría de sus simpatizantes son personas a quienes les va relativamente bien, pero están enojados porque a los afroamericanos o a las mujeres les va mejor, o tal vez hay gente más rica que ellos a los que les va mejor. Hay un tipo de emoción que ha sido interpelado. Hay emociones más positivas que han sido usadas en el pasado, para influenciar el comportamiento del voto. Las herramientas de persuasión al público de masas han sido usadas desde que existe el voto general. En los casos de Bolsonaro, Trump son formas de emoción que han prosperado en términos de una creciente inseguridad económica, pero también en paranoia. Y algo de esa paranoia viene de un particular clima donde la gente deja de confiar en los principales medios y en el gobierno. También tienen muchas más perspectivas de las que pueden manejar sobre lo que está pasando gracias a las redes sociales. Cada vez más, las únicas guías que tienen son sus propias sensaciones de injusticia. Sienten que el mundo no está bien, que los está maltratando, que no son gobernados por gente honesta y que no hay justicia. Se convierte en algo cada vez más personal, sienten que se les está faltando el respeto, que no se les da voz o el reconocimiento que merecen. Son emociones que en el pasado podríamos haber identificado con grupos objetivamente marginados, por razones raciales o de clase. Pero ahora vemos que es algo que la gente lleva consigo, es algo que las etnias y clases comparativamente privilegiadas también pueden sentir. Y esto es algo que los líderes políticos demagógicos hacen muy bien. El uso de las fake news es muy poderoso para generar estas cosas.

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–¿Qué emociones despiertan los movimientos anti-vacunas, que hemos visto por ejemplo aquí en Argentina, en tiempos de pandemia?

–El movimiento anti vacunas prospera entre quienes sienten que no confían en el gobierno ni en los medios. Creen que han sido ignorados y marginados y que viven en un espacio en donde la confianza es muy delgada, no creen en las perspectivas prevalecientes, lo que prevalece es algo en lo que no se puede confiar. Por supuesto, vacunar a tu hijo implica altos niveles de confianza, porque uno deja que un extraño le ponga un pedazo de metal al brazo de su hijo, inyectándole una droga. Esto implica un nivel de confianza importante. Y para que esto funcione debe haber confianza en la profesión médica, las vacunas, a diferencia de otros modos de cuidado sanitario, operan en un nivel societal no en términos individuales. Creo que los que sospechan de las vacunas son personas que tienen emociones de querer seguridad, de querer, obviamente, cuidar al propio hijo y a la familia. Y por eso estas cosas son tan poderosas. Las fake news sobre el coronavirus viajan por whatsapp, porque dicen “por favor, usted y su familia tienen que saber que este tratamiento es peligroso, tienen que saber que es una mentira. Alguien le está mintiendo”. Y le habla a la emoción de que mi familia y yo estamos en peligro, de que al gobierno no le importa y que esta información me la da alguien que siente lo mismo que yo. Porque me doy cuenta que en este video sienten la angustia que yo siento, y por eso puedo confiar en ellos, porque sienten lo mismo que yo. Mientras que este periodista o político no muestra sentir interés, sólo hablan de datos todo el tiempo y hacen anuncios formales. Entonces hay una mezcla de miedo, y el instinto de proteger a la propia familia, a los propios hijos. Y esto es una combinación muy potente. Hay estudios en Europa que muestran que estos movimientos antivacunas se mueven en los mismos círculos que populistas como Marine Le Pen.

Marine Le Pen, presidenta del ultraderechista Agrupación Nacional. Foto: Philippe HUGUEN / AFP

–¿Cuál es tu opinión sobre redes como Facebook y Twitter? ¿Son dos monstruos que provocan nuestras emociones?

–Las redes tienen propiedades adictivas, nos generan angustia, placer y celos. Hay un ciclo adictivo de gratificación e inseguridad. Pero nos hacen sentir reconocidos cuando nos dan un feedback positivo. Hablan a un aspecto primario de nuestra estructura emocional. Facebook intenta comprender las respuestas emocionales de las personas, porque les venden estos descubrimientos a los que hacen publicidades. Tratan de hacer un perfil emocional de grandes grupos de personas. Esto es parte del capitalismo, son datos que pueden tener usos comerciales y también de seguridad. Al mismo tiempo procesan información basada en análisis para ayudar a los servicios de seguridad para identificar amenazas y futuros peligros.

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–En el libro señalás que la función de Google maps no es retratar la realidad sino ejecutar un plan. ¿Qué plan?

–Antes de tener smartphones, la mayoría de nosotros tenía un mapa o un atlas que llevaba en una mochila que nos decía cómo manejarnos por la ciudad. Mientras que ahora vivimos en una era de satélites. El GPS te dice si doblar a la derecha o a la izquierda, nos da una suerte de conocimiento pero no es representacional. La capacidad de usar un mapa tradicional es bastante sofisticada, demandante porque implica mirar un pedazo de papel, con una extraña imagen y pensar cómo corresponde con esta situación confusa, tridimensional en la que uno está. Y hay un modo de abstracción que ocurre en ese conocimiento. Mientras que lo que hace Google maps es que no requiere esa capacidad de objetivar ni de abstraer, sólo requiere la habilidad de quedarse en el flujo de impresiones y movimientos e instrucciones. El mapa se convierte en el ejecutor del plan, y no la imagen del mundo.

–¿Por qué crees que la vigilancia es el modelo de negocios de internet?

–Creo que se ha vuelto el modelo de negocios de internet. Efectivamente internet entró en la sociedad mainstream en los noventa. No se sabía cómo hacer dinero con eso, durante mucho tiempo. Vino la burbuja y después hubo un punto de inflexión, en 2004, o 2005, cuando Google se dio cuenta de que podía hacer dinero con los datos obtenidos. Esto se convirtió en el principio de una nueva fase de empresas muy grandes de tecnología. En lugar de intentar hacer que la gente pague por servicios, había que tratar de que usaran la infraestructura para después acumular grandes cantidades de datos. Así también funcionan Facebook, Airbnb, etcétera. En este sentido, usar internet como una herramienta de vigilancia es la manera en que internet se volvió parte del capitalismo. En los noventa ni siquiera era claro que fuera compatible con generar dinero, lo que la gente veía era esta red de computadoras que destruían modelos de negocios; no parecían estar creando ninguno nuevo. Pero después se descubrió con Google y Facebook que sí había un modelo de negocios.

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–El propósito del troll no es el poder, sino infligir dolor, sostenés en el libro. ¿Esto ocurre es igual para todas las estrategias desestabilizadoras de los trolls?

–Hay un instinto en las democracias liberales de tratar de romper ciertas estructuras sin tener algo para remplazar. Ser anti estructura, anti institución. Creo que de esto se trató en gran medida el Brexit: el deseo de hacerle daño a las élites que parecían estar más allá de la democracia. No quiere decir que todos los que votaron el Brexit son trolls, sino que hay una lógica común, que es que en esta era, en que la representación política parece no funcionar, la gente no cree que la democracia representativa sea legítima. La legitimidad, entonces, se encuentra en la persona que llama la atención sobre las mentiras, la persona que de una manera muy inflamada, está dispuesta a entrar al debate mainstream, y decir algo escandaloso: “ustedes son todos mentirosos, son todos tontos, son todos idiotas”. Y de algún modo eso es lo que Trump pudo hacer en 2016. No parecía creíble, no parecía decir la verdad, no le interesaba representar a la gente por los canales normales de la democracia institucional. Pero estaba dispuesto a tratar de hacer estallar algo que parecía estar podrido dentro de Washington. Esa es la misma lógica de lo que los trolls hacen online. El clásico comportamiento de ellos es entrar en discusiones mainstream y ser disruptivos, y volverlas imposibles con comportamientos obscenos o absurdos para lograr que esa discusión termine. Y lo hacen para ganarse el respeto y la risa de otros trolls, en cierto sentido. Es una manera de hacer naufragar la vida pública mainstream.

Brexiteers, militantes del Brexit en pleno festejo por la separación de la Unión Europea. Foto: Andrew Testa, The New York Times.

–¿Por qué crees que internet sea tan efectiva en socavar las instituciones democráticas, pero menos cuando se trata de crear nuevas?

–Mientras las instituciones funcionan entre el consentimiento y el consenso, internet es muy buena para crear disenso. Las instituciones crean reglas y normas. Aunque la gente pueda tener distintas perspectivas del mundo es capaz de reconocer las decisiones que pueden ser tomadas en nombre de miles o millones de personas que podrían no representar perfectamente todos los puntos de vista, pero en cierto nivel han dado el consentimiento para eso, y existe un consenso aparente. Y así funcionan la democracia representativa, los parlamentos, los medios de comunicación. No hay una manera perfecta de contar la historia de lo que ha ocurrido. Siempre es una aproximación de la información que está por ahí, es una aproximación que la mayoría de la gente está dispuesta a aceptar como válida, aunque no sea perfecta. Internet permite que todas las perspectivas de disenso aparezcan. Es un espacio en el que la gente que no está de acuerdo, observadores de primera mano con una perspectiva distinta, gente que tiene un teléfono con cámara, puede estar. Y es muy buena para romper el consenso o el consentimiento y permitir que se exprese una mayor diversidad de puntos de vista. Esto tiene efectos positivos. En los primeros días de internet, se pensaba que todas las comunidades minoritarias iban a poder expresarse. Todo eso es verdad todavía. Internet tiene la capacidad de denunciar la corrupción. Hubo escándalos que fueron expuestos gracias al poder de la publicación amateur y las redes sociales. Es más difícil poder esconderse. Y en ese sentido deberíamos estar agradecidos. Lo que ha probado es que internet es bastante mala para construir credibilidad para el consenso. Siempre le da el poder a la persona que rompe el consenso. Y esto es porque es una red descentralizada que siempre va a ofrecer una voz que contrarreste. Internet siempre ofrecerá la descentralización y dará voz a los de afuera.

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–¿Cómo caracterizás el papel de los tecnócratas? Los gobiernos los acusan de todas las crisis pero los siguen convocando…

–Siempre hay una tensión entre el conocimiento especializado y la democracia. Las comunidades de expertos siempre han involucrado esfuerzos para aislarse de la política y del público, para establecer un consenso sobre ciertas cosas. Cuando hay expertos que tratan de encontrar una vacuna para el covid-19, no suelen ser comunidades democráticas, no tienen que responder al público, tienen lugar dentro de los laboratorios, y todos debemos esperar que tengan éxito, la mayoría de la gente confía en ellas, pero su poder, que proviene de una mezcla de capital y gobiernos, no responde al público. Creo que el término “tecnócrata” tiende a aparecer cuando esa visión de la autoridad de los expertos se pasa de la raya, en cierto modo, y se mueve a un espacio que debería ser democrático. Durante la crisis del euro, Mario Monti claramente fue insertado como primer ministro de Italia, sin ningún consenso democrático. Simplemente porque el Banco Central Europeo insistió. Los bancos centrales son la forma icónica de la tecnocracia de los últimos cuarenta años. La visión misma de los bancos centrales, la que empezó a surgir en los setenta, era que tenía que ser un tipo de poder sólo no democrático, sino antidemocrático, para que el dinero siguiera teniendo valor, debía ser gobernado de modo impermeable a las decisiones del público. En cierto sentido, una de las razones por las que los bancos centrales siguen existiendo es porque los mercados financieros parecen insistir en eso, y los gobiernos todavía le temen a los mercados financieros en ciertos sentidos.

Protesta frente al presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi durante una conferencia de prensa en 2015. Foto: REUTERS/Kai Pfaffenbach

–La pandemia es uno entre muchos otros problemas…

–Hay problemas y riesgos como pandemias, también el cambio climático, que parece desafiar la posibilidad de la democracia. Hay ciertos problemas que tienen una complejidad y una urgencia que parece demandar soluciones tecnocráticas. Hubo un período particular entre los años 80, hasta el 2016, la era neoliberal, en que hubo un esfuerzo conjunto de empujar algunas áreas de las políticas públicas, específicamente en la economía, pero no sólo en la economía, en manos no democráticas. Y ahora creo que es lo que en parte ha provocado la emergencia de los populismos.

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–Y frente a esta crítica sobre los tecnócratas, ¿acaso podemos esperar de los políticos la solución a todos los problemas?

–(Se ríe) Eso contesta la pregunta. Problemas como el movimiento anti vacunas son muy difíciles de desarmar, porque las teorías conspirativas tienden a involucrar a personas. Algunos de estos movimientos populistas tienen algunos beneficios, porque empiezan a empujar a la democracia en contra del poder dominante de los tecnócratas. Hay una necesidad de intentar pensar cómo algunas formas de políticas tecnocráticas pueden ser reconectadas a las vidas cotidianas de la gente. Hay ciertos modos de autoridad que no han sufrido la pérdida de la confianza: particularmente la profesión médica. Una de las razones por las que la profesión médica mantiene su autoridad es porque cambia y mejora la vida de la gente. Las políticas económicas y el conocimiento económico se han convertido en un lenguaje abstracto y completamente sin sentido que parece seguir para otro lado y con frecuencia parecen suprimir a la democracia. Y creo que eso ha sido un terrible fracaso de los últimos diez o quince años, es lo que ha ocurrido en la política económica. Creo que muchos liberales y tecnócratas se han dado cuenta que están en problemas. Emmanuel Macron, fue populista, por la manera en la que llegó al poder pero ha tratado de defender el liberalismo de una manera nueva y apasionada. Podría ser que esta crisis ofrezca nuevas oportunidades para presentar visiones de democracia y del conocimiento especializado que hagan una diferencia en la vida de la gente. Hay todo tipo de problemas, particularmente dentro de los partidos políticos.

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–¿Qué otros actores decepcionan en este contexto? ¿Periodistas, jueces, intelectuales?

–Sí, creo que los individuos que sufren los peores niveles de confianza en las democracias liberales son los políticos y los periodistas, que es fatal, realmente, porque estas son figuras clave de la esfera pública. Es muy dañino que exista esta pérdida de confianza de la esfera pública. Y ha ocurrido muchas veces de una manera no merecida. Hay muchos periodistas excelentes totalmente creíbles por ahí, pero la gente no quiere prestarles atención. Uno puede ver la manera en que populistas como Trump y Viktor Orbán y, en menor medida, Boris Johnson, han tratado de incrementar los niveles de resentimiento y sospecha no solamente hacia periodistas y jueces, también contra académicos, especialmente de humanidades. Orbán ha hecho que sea ilegal enseñar estudios de género en Hungría: el antifeminismo ocupa un lugar importante. En el corazón de ese tipo de nacionalismo está la idea de un orden natural, un orden racial y de género natural, destruido por el capitalismo global. Esto le da mucha fuerza a la visión del mundo de gente como Marine Le Pen.

–¿Cree que el coronavirus puede dejar un desorden de estrés postraumático?

Davies dice que el coronavirus dejará cicatrices. Foto: Francisco Estrada/NOTIMEX/dpa

–Sin dudas dejará heridas. El estrés postraumático es una categoría de diagnóstico muy específica. Una de las características clave del desorden de estrés postraumático es el que está asociado con la sensación de estar atrapado y de haber perdido totalmente el control. Podría ser producto de una experiencia de violencia, un accidente, una relación abusiva o lo que fuera. Probablemente haya individuos que se sientan atrapados de maneras horribles como resultado del coronavirus. Los atrapa en relaciones abusivas o en la sensación de terrible pobreza o la sensación de absoluta impotencia. Ese es el aspecto particularmente dañino de una experiencia traumática, esa sensación de aguda impotencia. Supongo que algo así le ocurrirá a la gente, como resultado del coronavirus pero no necesariamente a todo el mundo. El desorden de estrés postraumático fue diagnosticado por primera vez a los soldados que volvían de Vietnam que parecían revivir sus experiencias en Estados Unidos. Puede ser que haya gente que se sienta traumada por haber tenido que quedarse adentro. Tal vez la sensación de estar atrapado les haya dejado una cicatriz. Habrá una exacerbación de las desigualdades, desarrollos emocionales que todavía no han ocurrido en las sociedades. O heridas emocionales que tendrán que ser tratadas con tiempo. Esto dejará cicatrices.

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