Vivir con la rodilla al cuello: la violencia racial en Estados Unidos, en primera persona



Asfixiado, con la rodilla de un policía aplastándole el cuello. Así murió George Floyd, el afroamericano de 46 años que fue asesinado por un agente en Minneapolis el 25 de mayo y cuya muerte desató una ola de manifestaciones en Estados Unidos y en el mundo comparada a la de 1968, tras el crimen de Martin Luther King. Las masivas protestas exigen el fin del racismo y la brutalidad policial y no solo justicia en el caso Floyd: también piden por el de Breonna Taylor, Erick Garner, Michael Brown y otros que conmovieron al país.

La policía de los Estados Unidos es una de las más violentas del mundo, según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, con un promedio de 1.000 personas asesinadas por año y más de 50.000 heridas. El ensañamiento policial contra la comunidad afroamericana es profundo: “Los hombres negros tienen casi tres veces más probabilidades de ser asesinados por la fuerza policial”, advierte. En lo que va del año (aún con la población por tres meses encerradas en sus casas por el coronavirus), 429 civiles fueron muertos, 88 de ellos afroamericanos, un balance desmedido porque solo un 13% de los habitantes es negro. Además, la violencia policial sistemática “da como resultado muertes, traumas y estrés que afectan desproporcionadamente a las poblaciones marginadas”, señala un informe de Asociación Médica Estadounidense.

La discriminación y la brutalidad policial no es un fenómeno nuevo en los Estados Unidos. Hay casos, como el de Floyd y otros, que han inundado las noticias estos años. Pero existen historias que no aparecen en los medios, que quizás no sean tan dramáticas, y que sin embargo desnudan tal racismo y violencia estructural que estremecen. Sus protagonistas las cuentan en exclusiva para Clarín. Un joven afroamericano que queda para siempre en silla de ruedas por tener el “nombre equivocado”. Un estudiante que fue arrestado de madrugada solo por sentarse en la puerta de la casa de sus amigas blancas. Un nene de 8 años apuntado a la cabeza por volver contento del kiosco con sus bolsillos llenos de golosinas. Así, más allá de Floyd, en silencio, viven todos los días millones de afroamericanos en Estados Unidos: con la rodilla de la policía en el cuello.

“Espero que estés muerto” (Leon Ford, 22 años).

“Era el 11 de noviembre de 2012. Tenía 19 años, trabajaba en un taller de autos, y estaba manejando el mío en Pittsburgh, Pennsylvania, cuando de pronto se me puso al lado un patrullero. Miré al policía a los ojos y solo con ese contacto me di cuenta de que iba a ser detenido. Efectivamente, me hizo señas con las luces para que estacionara en la banquina. Me pidieron mi documento, mi licencia de conducir y el seguro del auto y luego ingresaron todos los datos al sistema. Yo no tenía ningún antecedente, tampoco ninguna orden de captura. Pero en el sistema les saltó una orden de detención para un hombre llamado Lamont Ford: mismo apellido, distinto nombre.

Leon Ford quedó paralítico tras ser baleado por la policía cuando tenía 19 años.

“A pesar de que tenían mi licencia en la mano, ellos insistían en que yo era Lamont Ford, el supuesto líder de una pandilla de la zona. Me interrogaron por 20 minutos y luego intentaron bajarme del auto. Yo estaba aterrorizado y uno de los policías se lanzó arriba del auto, que estaba en marcha. Decidí acelerar y el oficial empezó a disparar. Me disparó cinco veces. El auto se detuvo y el agente me arrastró del asiento y me tiró al piso. Ahí, prácticamente inconsciente por las heridas de los disparos escuché que me dijo: ‘Espero que estés muerto’. No me acuerdo más hasta que me desperté después en el hospital y me dijeron que iba a ser paralítico de por vida.

“Estuve internado cuatro meses, esposado a la cama, y cuando me recuperé tuve que enfrentar el proceso legal que me llevó otros cuatro años. Había sido acusado por asalto agravado contra un policía y por uso de armas porque el oficial dijo que vio en mi bolsillo algo que le pareció un arma y por eso disparó. Yo no tenía armas. Finalmente me liberaron de los cargos pero el policía que me disparó y los otros que participaron en el operativo no solo que no fueron enjuiciados sino que les dieron un ascenso. Fueron promovidos a detectives.

“No puedo respirar”, la frase de George Floyd, esposado en el piso y con el cuello apretado por la rodilla de un policía, se convirtió en el lema de las últimas protestas en Estados Unidos. /AFP

“Ahora, a través de una fundación, estoy dando charlas en escuelas y centros comunitarios. Busco compartir cómo me fui organizando, cómo hay que involucrarse como comunidad en asuntos de justicia social, cómo frenar los abusos policiales aquí en Pittsburgh, cómo hacer para unirnos para que la injusticia se termine y no solo aquí en los Estados Unidos sino el mundo.

“Este hecho cambió toda mi vida, más allá de que esté en una silla de ruedas para siempre. Pude haber muerto en esa calle. Sin embargo, sobreviví y ahora veo mi vida como un medio para alertar a la gente, para educar, para inspirar. Más allá de la injusticia que padecí, el episodio me convirtió en una persona más consciente de que hay que involucrarse en las causas de justicia social. Creo que tenemos que prepararnos para una larga pelea si queremos un cambio real. Yo tengo un hijo de 7 años y siempre le digo que primero nunca le falte el respeto a nadie, pero que también debe ser muy consciente de que la brutalidad policial existe en este país y que desde chico debe tomársela en serio. Debe tener cuidado de los policías.

Las protestas contra el racismo y la brutalidad policial no cesan en Estados Unidos desde la muerte de George Floyd, un afroamericano de 46 años, el 25 de mayo en Minneapolis. /AFP

“Me apuntaban con sus armas y gritaban que iban a humillarme” (Mandela Sheaffer, 29 años).

“Nací en Bowling Green, Ohio, un lugar de población mayoritariamente blanca. Tenía 21 años y me había mudado a Pennsylvania para estudiar Sociología en la Universidad de Princeton, donde también jugaba al Football americano. Durante las vacaciones de primavera de 2012, cuando volví a mi ciudad en Ohio, fui arrestado y detenido ilegalmente por la policía.

“Eran las 2 de la mañana y estaba sentado en el porche de la casa de unas amigas mías, blancas, esperando a que ellas llegaran caminando desde el bar. De pronto, llegó un patrullero y frenó delante de la casa. Yo no tenía idea de qué estaba pasando así que para no tener problemas entré en la casa porque tenía llave. Después de unos minutos llegaron más policías. Me pidieron la identificación, abrí la puerta y se la dí, pero enseguida me agarraron, me arrastraron afuera de la casa. Cinco policías me apuntaban con su arma gritando que iban a humillarme. Me pusieron las esposas y me llevaron a la comisaría. El informe del policía a cargo del operativo decía: ‘En la patrulla noté un hombre negro sospechoso sentado en el porche de una casa donde se, por patrullas anteriores, que viven tres mujeres blancas’.

“Para quienes no están familiarizados sobre cómo es ser arrestado y encarcelado en Estados Unidos, así es el proceso: después de que a uno le quitan el celular con todos sus contactos, le dan la oportunidad de hacer una llamada por cobro revertido a varias personas para el pago de la fianza (la mía era de 11.500 dólares) antes de ser encerrado. Entonces, a las 3 de la mañana, llamé a mi mamá, que estaba dormida y no escuchó, y a mis abuelos, que pensaron que la llamada por cobrar era un intento de estafa y no aceptaron la llamada. Una vez que agotás los números que sabés de memoria y te das cuenta de que nadie vendrá a buscarte, la policía toma tu foto policial, te desnuda para ducharte frente a ellos y te da un colchón delgado para dormir en el piso de cemento. Tu autonomía mental y física se acaba.

“Las vidas negras importan”, el movimiento que se extiende por Estados Unidos y todo el mundo con marchas masivas, como esta de Washington este viernes. /REUTERS

“Estuve 18 horas tras las rejas hasta que mis abuelos pagaron la fianza, pero fue luego de que mis compañeros de la Universidad de Princeton conocieran el caso y lo hicieran público. Esa noche mis ojos se abrieron a esa nueva realidad: era un hombre negro y adulto viviendo en una sociedad blanca donde puedo ser acosado, detenido y encarcelado, incluso no habiendo tenido jamás ni siquiera una amonestación en la escuela. Fue muy dramático, sentí en ese momento como si me hubieran quitado toda mi vida. Me dediqué a estudiar sobre el tema. Me cambió la vida significativamente y ya no pude confiar nunca más en la policía.

“Nunca olvidaré a las personas que me ayudaron a salir de ese episodio oscuro, así que ahora estoy llamando a todos a luchar por cada persona negra en los Estados Unidos. Si no querés salir a manifestar, hay que votar y preguntarte si tu candidato protegerá a tus hijos negros, birraciales, amigos, sobrinos, nietos de ser marginados, brutalizados y traumatizados. Si te pondrá en el lado correcto de la historia”.

“¿Por qué nos detuvieron? Mi hermano, en shock, no pudo responder” Tracey Benson. 42 años.

“La policía me detuvo en mi automóvil en todos los estados en los que he vivido: Wisconsin, Texas, Florida, Massachusetts y Carolina del Norte. Solo recibí tres multas de infracción de tránsito y una advertencia en mi vida, pero me han detenido más de 50 veces. A veces los policías son agresivos, otras veces solo me piden datos como si fuera un criminal y luego me dejan ir. Independientemente de la edad, mi dinero o el nivel de educación (tengo 42 años, soy profesor con un doctorado de Harvard), que la policía me pare solo por conducir sucedió demasiadas veces.

“Pero una experiencia, a los 8 años, marcó mi vida. Fue en Milwaukee, Wisconsin.

Tracey Benson, otra víctima de la brutalidad policial en Estados Unidos.

“Gastar unos centavos en golosinas en el kiosco del barrio era un regalo especial solo para el sábado. ‘Vayan de a dos y no crucen la calle’, nos decía mi mamá antes de emprender el viaje de 5 cuadras. A los ocho años, estaba convencido de que podía ir por mi cuenta, pero mamá pensó lo contrario. Tuve que prometerle a mi hermano de 12 años dos chocolates y un paquete de caramelos a cambio de que me escoltara al kiosco. Una ruta familiar, cuatro cuadras arriba, frente al McDonald’s, mi hermano y yo caminamos con cautela en un soleado sábado por la tarde. Con mis cincuenta centavos, le compré a mi hermano Tristan lo que debía, y me decidí por un paquete de Big League Chew para mí y dos paquetes de Now-and-Laters para compartir con mis amigos.

“Corríamos por las veredas, caminábamos para cruzar las calles y estábamos seguros de obedecer las palabras de mamá. A media cuadra de nuestra casa vimos a dos policías caminando hacia nosotros. Enseguida imaginamos las figuritas de béisbol para agregar a nuestra colección. Mis tres hermanos y yo competimos para construir la mayor colección de tarjetas de béisbol de los Milwaukee Brewers. Como no estaban disponibles en los grandes almacenes o tiendas, estas figuritas solo se podían conseguir de nuestros ‘protectores locales’, el Departamento de Policía de Milwaukee. Aceleramos nuestra marcha en una carrera hacia los oficiales de policía. Pero mi hermano se detuvo de golpe, agarrando la parte posterior de mi collar. Me caí hacia atrás cuando gritó ‘¡Alto!’ Luego saltó hacia adelante para protegerme de los policías que ahora estaban agachados, con las manos en las armas.

La marcha del 1° de junio frente al Capitolio, en Washington, para pedir justicia por George Floyd todos los casos de brutalidad policial contra las minorías en Estados Unidos. /AP

“Instintivamente agarré mi cuello. Cayendo hacia atrás, le grité a mi hermano por lo que me parecía una broma cruel. Al mirarlo desde la vereda me di cuenta rápidamente de que eso no era un juego. Permaneció rígido, helado, con los ojos fijos en los policías. ‘¡Levantate!’ gritó uno de los policías. ‘Levantate, levantate!’, me gritó mi hermano una y otra vez mientras saltaba nervioso, con lágrimas en sus ojos. ‘¡Manos fuera de los bolsillos!’, gritaron los agentes. Primero lo palparon a él y a mí después. Tras vaciar todos los dulces de nuestros bolsillos nos interrogaron a los gritos.’¿De dónde vienen? ¿Por qué estaban corriendo? ¿Quién compró estas golosinas? ¿Dónde viven?’ Mi hermano responde rápido una pregunta tras otra. ¿Qué hicimos?, me pregunté. Teníamos mucho miedo. Afortunadamente los policías se fueron.

“No nos dijimos ni una palabra el uno al otro mientras juntábamos nuestros dulces tirados en la calle. Estábamos a pasos de casa cuando yo pregunté: ‘¿Por qué nos detuvieron?’ Mi hermano, todavía en estado de shock, no pudo responder. Entremos a casa, nos sentamos uno al lado del otro en el sofá. Mi hermano se da vuelta y me dice: ‘No se lo digas a mamá, ¿de acuerdo?’ Lo miro incrédulo. El percibe mi lenguaje corporal, me da palmaditas en la cabeza y dice: ‘No queremos que ella se preocupe’.

“Mi historia y la de mis tres hermanos nunca llegaron a las noticias porque pudimos sobrevivir. Cuatro atletas, músicos y graduados universitarios, perpetuamente sujetos a la misericordia de la policía. Nuestras historias son de triunfo y resistencia en el contexto de los mártires negros de hoy. ¿Cuántas historias más se necesitarán para reescribir la historia de nuestro país? ¿Cuántos más?”

Washington, corresponsal

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