Una deuda de inspiración – Clarín



Hace unos días me invitaron a conversar con los chicos y las chicas del Centro de Estudiantes de la que fue mi secundaria en Salto, la escuela San Martín. El encuentro fue para mí muy emocionante, por tantos recuerdos vividos, y también movilizante, porque con sus preguntas me transportaron a los años en los que yo mismo formaba parte de ese centro (uno de los primeros en la Provincia de Buenos Aires después de recuperar la democracia).

Me acuerdo de aquel tiempo que, en un clima de efervescencia y libertad, trabajábamos por nuestra escuela pero, también, sentíamos que formábamos parte de un proyecto mayor, que éramos una porción de una comunidad amplia, la de la nación Argentina, la de nuestro continente, la del mundo. Hoy estamos inmersos en una crisis global. En este contexto incierto, es nuestro deber saldar la deuda de inspiración que tenemos con los jóvenes.

Uno de nuestros grandes déficits es el cuidado del planeta. Hace años que miles de personas, especialmente, grupos de jóvenes activistas, se movilizan en todo el mundo reclamando medidas urgentes para proteger el ambiente.

Esta pandemia que el mundo está sufriendo nos recuerda que nuestra salud depende de la salud del ambiente, y que este depende de nosotros. Los coronavirus son zoonóticos, es decir, patógenos que se contagian de animales a humanos.

Esto ha ocurrido históricamente, pero los actuales efectos de la degradación de los ambientes y las altas concentraciones de población hacen que estos contagios no solo sean más probables, sino que sus consecuencias se sufran a una escala mayor. Podemos consolarnos con pensar en algún murciélago lejano como chivo expiatorio, culpable de todos nuestros males, pero lo cierto es que se trata de la crónica de una pandemia anunciada.

Los cambios que los humanos hemos introducido irresponsablemente en los ambientes son la causa real de esta situación que atravesamos.

La evidencia científica anticipa que, si continuamos con las viejas prácticas y políticas, el Covid-19 no será la última y quizás ni siquiera sea la peor pandemia. Este peligro debería movilizar en la comunidad global un sentido de urgencia por cambiar nuestra relación con la naturaleza, de la que somos parte.

Los viejos modelos de producción y consumo deben dar lugar a un nuevo paradigma que garantice el uso sostenible de los recursos para las actuales y nuevas generaciones. Es momento de saldar de una vez por todas la dicotomía inútil entre economía y ambiente.

Este problema es extremadamente complejo y ningún país puede abordarlo de manera aislada. Por supuesto, podemos mejorar nuestro sentido de responsabilidad cotidiana, pero necesitamos nuevas políticas y regulaciones a gran escala para que el cambio sea significativo y sostenible en el tiempo.

Además, necesitamos más evidencia científica en estas áreas. Esta es una razón más para ver a la ciencia como la base esencial de cualquier sociedad que pretenda sobrevivir y prosperar. Resulta urgente, por ejemplo, conocer más y mejor acerca de los animales que actúan como huéspedes de patógenos y sobre los potenciales mecanismos de contagio entre animales silvestres, ganado y seres humanos.

La salud es un componente esencial del desarrollo humano. Se trata especialmente de la prevención y del cuidado del bienestar integral de las personas. La degradación del ambiente puede acarrear la alteración de la disponibilidad de agua y aire limpios, temperaturas extremas o el cambio en los patrones de contagio de las enfermedades. Para evitar nuevas pandemias tenemos la obligación de fomentar el cuidado de los ecosistemas y su biodiversidad. Para esto sí que no hay plan B.

Debemos advertir que las causas ambientales suelen chocar con prejuicios que es necesario erradicar. Por un lado, hay una falsa concepción de que son causas elitistas, lujos de los países prósperos.

La realidad nos muestra lo contrario: las comunidades más vulnerables suelen ser las más afectadas por ambientes nocivos y suelen estar también más expuestas a las consecuencias de los desastres naturales.

Efectos de la degradación de los ambientes como el incremento en las temperaturas, los incendios o los desastres naturales empujan a millones de personas a situaciones de vulnerabilidad y pobreza.

Asimismo, afectan la economía de un país al limitar el crecimiento económico y el desarrollo sostenible. El Banco Mundial advierte que si no se toman medidas urgentes el impacto del cambio climático podría llevar a la pobreza a cien millones de personas en 2030.

Por otro lado, las causas de lucha por el cuidado del ambiente son víctimas del razonamiento motivado. Este sesgo ocurre porque nuestras opiniones no se basan en la mejor evidencia disponible, sino que nuestra adhesión a una causa tiene que ver con cómo se relaciona con nuestra identidad.

Entonces, si la lucha contra el cambio climático es defendida por un grupo con el que no coincidimos, tenderemos a desestimar toda la evidencia que la demuestra.

De esa manera, la discusión científica se vuelve debate político dicotómico: los argumentos se analizan en función de si están de acuerdo o no con la posición de mi grupo. Para moderar su efecto es importante saber que existe este sesgo y cuestionarlo. Una vez más, apelar al arma eficaz del pensamiento crítico.

En aquel Salto de 1985, cuando con la “Lista Blanca” ganamos las elecciones del Centro de Estudiantes, nuestro mayor objetivo era contagiar ese compromiso democrático. Hoy estamos frente al desafío del desarrollo. El país necesita jóvenes que tengan como propósito transformar la Argentina y el mundo.

Ellos deben saber que les está tocando vivir algo que van a recordar toda la vida y que, más allá de todo el dolor, la mayoría va a salir más resiliente. Deberán reflexionar acerca del momento excepcional que les toca vivir, resignificar esta experiencia en un compromiso con el futuro.

Facundo Manes es Doctor en Ciencias de la Universidad de Cambridge. Neurocientífico, presidente de la Fundación Ineco, investigador del Conicet

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