Un viaje por las islas del Paraná, cercadas por los incendios y la pandemia económica



Suspendida sobre la espesura del aire, flota un bruma de humo. Se desdibuja y se pierde a medida que el día diáfano se desgrana sobre esta parte del Delta. Los incendios y la pandemia acechan, pero no son algo que se perciba en lo inmediato, en medio del silencio y la falsa calma pluvial, sino una idea o la amenaza de que el delicado equilibrio ecológico de la zona, de un momento a otro, se puede desmoronar. Desde que se desató la pandemia, este conglomerado de islas no registró la presencia del coronavirus. Las aguas del Paraná actuaron como un escudo hasta ahora infalible. Pero hoy, sin embargo, los isleños soportan con estoicismo los estragos de otros frentes: los que causan la parálisis de la actividad comercial a pequeña escala, fuente de su subsistencia, junto a una histórica bajante del Paraná agravada por la sequía y las quemas descontroladas de pastizales.

Cercados por el fuego y castigados por una merma drástica en sus ingresos, hoy esas comunidades agradecen la asistencia estatal: alguien se acerca hasta ellos para abastecerlos en la penuria de barro y olvido. En su mayoría son puesteros rurales, entrenados también como guías turísticos del humedal. Posiblemente sus hijos no conocen la ciudad, apenas destellos de las reminiscencias de luz que sobrevienen en la noche. Esas familias subsisten gracias a la caza y la pesca, actividades pirmarias y únicas, fuente de alimentación e intercambio. También por el pastoreo de ganado y un desarrollo incipiente de la apicultura. Pero son emprendimientos mínimos. Nada garantiza prosperidad y cada descalabro ambiental, por obra de la acción humana o de la naturaleza que a veces se devora a sí misma, los pone de frente contra la pobreza. 

Durante cuatro días un equipo de periodistas de este diario se embarcó en el Patrullero ARA King  de la Armada para asistir a las comunidades vulnerables asentadas frente a las costas de San Pedro, Vuelta de Obligado, Ramallo, Baradero, Zárate y Campana. Clarín presenció cada paso del Operativo Manuel Belgrano, que lleva asistencia sanitaria y alimentaria en el marco de la pandemia. A cargo de la operación por las islas del Paraná estuvo el Jefe del Área Naval Fluvial de Zárate, CN Walter Doná. Lo acompañaron autoridades municipales e integrantes de la Cruz Roja.

La ayuda social a los isleños a bordó del buque Ara King sobrer el río Paraná. Foto Rafael Mario Quinteros

Los infantes repartieron bolsones de alimentos y elementos de higiene. Médicos y enfermeros municipales realizaron los chequeos sanitarios y vacunaron a la población mientras que asistentes sociales repartieron anticonceptivos e instruyeron sobre educación sexual a jóvenes adolescentes.

Madre soltera, de 31 años, Lidia Cáceres nació en el Paraná y con la ayuda de sus cinco hijos cimentó su hogar de chapa a la altura del kilómetro 262 del mismo río. Ese material noble es como una piedra preciosa para los isleños, ya que ante cada crecida les permite desarmar y mudar sus viviendas a los terrenos más altos.

El buqué Ara King de la Armada Argentina navegando por róo Paraná.Foto Rafael Mario Quinteros

Lidia asegura que hoy padece más “la pandemia económica” que la de Covid. El coronavirus le impide venderle a los turistas los productos de caza y pesca con los que solía subsistir. Si el Delta era de por sí un lugar silencioso, apenas alterado cada tanto por el sonido de las embarcaciones, el virus lo volvió más estático para nada transitado. Desaparecieron los visitantes de fines de semana, los urbanos que vienen y se van. Pero que cuando se marchan no lo hacen con las manos vacías, sino con productos de la zona pagados a precios muy bajos. Ahora, sin embargo, nada de eso queda.

Lidia, que se para sobre la tierra apisonada buscando sombra y no sabe cómo comportarse frente a la lente del fotógrafo, es una eximia pescadora. A las bogas, carruchas, dorados y surubí los atrapa con redes o espinel desde su bote a remo. También sabe cazar nutrias y carpinchos, fuente excluyente de su proteína cárnica. Pero esta vez, el “arte” está en saber dónde colocar trampas, largar a los perros para que los acorralen y en algunos casos usar el lazo con la destreza adquirida a través de los años. El ahorcamiento o la sucesión de palazos logran desmayar al animal. Pero ella aclara: solo mata lo que come y a las piezas sobrantes las intercambia por otros productos de primera necesidad.

Lidia Cáceres vive de la caza y de la pesca para criar a sus cinco hijos. Foto Rafael Mario Quinteros

Lidia cuenta que ambas carnes son deliciosas en milanesas o asadas. Y que lo que no vende lo conserva en sal. “La verdad es que comemos rico y bastante bien”, describe. Sus hijos corren y corren, juegan a la pelota y se acercan a mirar con curiosidad a los visitantes. 

Tienen tiempo de sobra y los días, sin actividades escolares, pasan más lento. Son aún más largos. Por la pandemia, en las islas dejó de funcionar la única escuela adonde asisten 124 niños. Ahora una vez cada 15 días las maestras despachan mediante una lancha escolar las tareas para hacer en el hogar junto a los alimentos asignados a cada alumno. Las madres también ayudan a evacuar dudas escolares mediante el contacto diario via WhatsApp. Los grupos electrógenos abastecen la energía y las familias se mantienen informadas gracias a las antenas de Direct TV. Lo que no hay es gas y lo constante es caminar a diario en busca de leña para calentar el hogar.

Los hijos de Lida Cáceres en pleno juego en el delta.Foto Rafael Mario Quinteros

Lidia agradece los alimentos que recibe y especialmente los productos de higiene y limpieza. “Que quede claro que el isleño no pide, porque acá hay orgullo y sobra decencia”, señala. Pero reconoce que todo lo que llega es bienvenido en este momento crítico signado por la escasez.

Al agua potable suelen traerla de San Pedro donde ya se suman 300 casos de Covid y por eso ahora optaron por no cruzar el Paraná y potabilizar agua de río mediante sobres con químicos que les proporciona el INTA.

El amarre en casa de Lidia Cáceres. Foto Rafael Mario Quinteros

El fuego de los pastizales esta vez, felizmente, no alcanzó a su hogar, pero ese drama igual se visualiza en el río que arrastra de manera aluvional los resabios de animales y trastos quemados. El humo va y viene, flota como un residuo de las llamas apagadas o como un indicio de que la catástrofe se avecina.  “Es cierto, si, también nuestra lucha diaria es contra el humo denso y negruzco que a veces ni siquiera nos permite ver a un metro y medio nuestro río”, precisa.

Las columnas de humo habituales en el Delta del Paraná.

El gaucho de la isla del Medio

Río arriba, el ARA King de la Armada avanza hasta las costas de otro poblador. Un llanero solitario de las islas, que sabe definitivamente que éste es su lugar en el mundo. Criador de vacas, ovejas y cerdos en un campo que heredó de su padre, Agustín Elghoyen es un joven baqueano que hace años se instaló en el km 290 del Paraná.

Agustin Elghoyen, un baqueano que cría ganado en medio del Delta. Foto Rafael Mario Quinteros

A diferencia de sus vecinos carece de TV. Lo acompaña sólo una radio portátil abastecida de energía por un panel solar con el que también carga su celular. Hay algo saludable en su nivel de conexión: apenas lo indispensable, una garantía de que no se verá desbordado por la abundancia informativa de la vida urbana.

Tampoco cuenta con garrafa. Pone la pava sobre su cocina a leña: un fogón encendido con ramas secas y madera que acopia del monte. Así calefacciona el hogar. Prender el fuego no le lleva más tiempo que el que cualquier porteño podría emplear para encender una estufa. Magia sobre el montículo de madera seca. En un abrir y cerrar de ojos, el mate está listo. Pero sólo para él. En tiempos de pandemia, aprendió que ya no se comparte. “El sauce da mucha llama, y es lo mejor para cocinar. En cambio, el espinillo da mucha brasa, y por eso lo usamos para calentar. Utilizamos casi todo lo que la isla nos da pero sin abusar”, cuenta.

Alejandra Donde su familia que cuidan un campo con caballos vacas. Foto: Rafael Mario Quinteros

Se siente a salvo. Seguro. A resguardo. Dice que en ese hábitat “es prácticamente imposible contagiarse de Covid ya que el distanciamiento social se da de hecho”.

Agustín señala la soledad de ese campo verde ahora reseco y agreste que lo rodea y antes de sorber el mate ensaya una sonrisa franca y resume: “Lo lindo de vivir en las islas es la certeza de que acá el Covid no va a llegar mientras que cruzando el Paraná, en San Pedro se multiplican los casos, me dicen”. Mientras habla, penetra en el ambiente un haz de luz de la mañana, es algo acogedor y potente como una lámpara. 

Si bien la bajante del Paraná, las más acuciante desde el 2007, los hunde en la sequía y la escasez, describe que el peor escenario son las abruptas crecientes, que ahogan a los animales y arrasan en su paso con todo lo que haya en pie. “Tras las crecidas de hasta 3 metros la última vez, hay que reponer los alambres de los corrales, cada rollo cuesta más de $10 mil y encima hay que evacuar a los animales y trasladarlos a un lugar apto durante al menos nueve meses, que es lo que tarda en que esté apto el suelo”, describe.

En el municipio San Pedro navegando por rio Parana. Foto: Rafael Mario Quinteros

Agustín, que heredó de sus padres las tierras que ocupa, se define: “Nosotros somos gauchos del Delta y es el río lo que nos da la identidad”. Lo dice con orgullo. Pero es sólo el enunciado lo que viene impregnado de una solemnidad innecesaria. El resto, sus movimientos, delatan los hábitos de un hombre de las islas, de un morador telúrico, mimetizado con el paisaje. Los modos lentos pero precisos. Toscos pero ciertos, no fingidos. Elghoyen es sinceridad pura. Insiste en que no ve la amenaza de la pandemia, pero sabe que la economía de subsistencia, una economía primaria y de transacciones simples, peligra.  

“Trabajar con animales en la tierra de mi familia es un sentimiento arraigado, de pertenencia, no lo vamos a soltar a pesar del momento”, Señala, mate en mano, antes de despedirse, agradecido por los insumos que acaba de recibir.

La pesca y la miel

El agua quieta. El espacio insonoro. Parece el viaje de ese corredor de seguros que avanza por el río Nilo y que Joseph Conrad inmortaliza en el “corazón de las tinieblas”, cuyo adaptación al cine Francis Ford Coppola llamó “Apocalipsis Now”. Pero aquí, en todo caso, es el humo de los incendios la única tiniebla posible. Vale reiterarlo: juega como una evanescencia que por momentos aparece y por momentos no se ve. 

Más allá de esto, en las islas paranaenses existe a su vez un desarrollo sostenido de la apicultura. La miel de la islas. Un néctar que bien describe el sabor de la naturaleza avasallante. Ni las amenazas de humo y fuego tendrán la fuerza de aniquilar el subproducto del trabajo de las abejas y las familias que las crían. 

Sergio Paz y María Angélica Borda viven en el delta hace 36 años. Tienen un emprendimiento de apicultura. Foto Rafael Mario Quinteros

Sergio Paz (56) y María Angélica Borda (60) llegaron al Delta hace 36 años. El matrimonio divide su tiempo entre los panales de abejas y la pesca. Ambas actividades—según cuentan— están siendo fuertemente afectadas por las imposiciones y restricciones de la pandemia. Ven algo oscuro y difícil que se asoma, no temen, pero siento el peso de parálisis. “En el caso de la apicultura la actividad está frenada a la exportación y eso nos complica mucho”, se lamenta Sergio. Angélica agrega: “Por eso desde hace 15 años que venimos desarrollando la miel para consumo local. Nosotros mismos la envasamos y hemos logrado fidelizar nuestra clientela”.

La de ellos, claro, es orgánica y recién sacada del panal.

“¿Quieren probarla? Hice torta fritas”, ofrece con amabilidad. Fotógrafo y cronista asentimos sin dudar.

Al igual que otros lugareños, Angélica y Sergio aprovechan todos los recursos que les brinda el ecosistema. Desde los juncos y pajas para confeccionar techos en su casa, a la carne de los animales autóctonos. “Todo lo que nos da la isla, nos sirve para vivir”, repite. Sabe que el fuego puede complicarlo todo, que desmadradas las llamas desaparecen los animales, o directamente mueren; que el agua se aquieta y los peces se refugian en el fondo, inertes, poco deseosos de alimento; que no hay salida si el Gobierno no apura normativas y regulaciones destinadas a proteger los humedales. No hace la distancia que vivan desinformados. Por el contrario, de las cosas que los atañen conocen hasta el último detalle. 

Pescan de noche, en medio de la soledad y el silencio, y a la mañana siguiente cruzan el Paraná hasta San Pedro para vender el producto en la ciudad. Pesca de río, pesca carnosa, rica en grasas, pesca del día. 

Sergio Paz con el resultado de su pesca nocturna. Foto Rafael Mario Quinteros

“Acá la vida con las restricciones económicas por la pandemia se tornó bien dura, por eso esta ayuda de alimentos y artículos de higiene que nos acercan es invalorable. Nos evita que al menos por unos días tengamos que cruzar a donde sabemos que está el peligro de contagio”.

Pocholo, el rastreador de ahogados

Ahí está el río sin orillas, las costas desdibujadas por juncos que las ocultan. Ahí está bote y el detenido en el medio, petrificado, pero atento. Está quieto como una estatua. Y ve cómo los recién llegados nos vamos acercando a él. Se llama Juan Carlos Pitaluga, pero le dicen Pocholo. Es pescador, tiene 66 años y a pesar de su diabetes y de su hipertensión, ayuda a la Prefectura a rastrear a los ahogados que engulle el Paraná. Dice que siempre son turistas que se lanzan a nadar al río y desoyen las advertencias.

Juan Carlos Pittaluga, pescador que vive en Vuelta Obligado. Foto Rafael Mario Quinteros

Pocholo hoy recibió visitas. “Me tomaron la presión pero me parece que me engañaron y me dijeron una mentirita piadosa”, se ríe.

Cuenta que los pescadores la están pasando mal porque no pueden pescar. “Estamos con una bajante muy grande desde hace varios meses. Esto ocurre por la ausencia de lluvias en el norte, en Iguazú y en el sur de Brasil. El río está tan bajo que no hay superficie para el pique”, detalla.

Todo cambió de golpe porque al no haber turismo y se suman los incendios en el delta. Foto: Rafael Mario Quinteros

Lo poco que se sacábamos lo vendíamos a los acopiadores paraguayos que residen en Buenos Aires. Ellos nos encargaban entre 150 a 200 kilos semanales. Pero ahora con la pandemia, la Prefectura les impide entrar al puerto de San Pedro, y nosotros ya no contamos con fuentes de ingreso.

Todo cambió de golpe porque al no haber turismo, tampoco hay ventas de ningún tipo. Lo único que consuela es que así estamos libres de Covid, festeja.

Mientras tanto se alimentan de carpinchos, nutrias o patos. Los perdigones de un solo tiro de escopeta logran bajar de a cinco patos a la vez. Aclara como el resto de sus coterráneos que él solo mata para comer. Los hace al escabeche y muchas veces también los pesca con red. 

El aire se ha vuelto irrespirable por los incendios provocados islas Enterrianas. Foto Juan José García

Entre la variedad de pescados, Pocholo dice preferir el sábalo. Lo come asado que es más sano y no frito. Y mientras comparte su técnica de cocción asegura que la crisis económica que arrastró el Covid lo ha privado de muchas cosas: “Pero le aseguro—se sincera—que si hay algo bueno de vivir en la isla es que aquí de hambre uno nunca se va a morir”.

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GS

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