Un millón de recuperados de coronavirus en Argentina: “La pelota siempre la tiene el virus”



Desde el inicio de la pandemia asumí que me iba a contagiar de coronavirus. Suena fatalista, pero el trabajo de mi novia como médica residente no dejaba mucho lugar para el optimismo. Lo que no sabía era que el plan del Covid-19 era tan rebuscado.

“Perdí el olfato”, me escribió Julieta un sábado a la noche, después de interminables guardias en las que había estado en contacto con casos sospechosos y contagios confirmados. Tomó todos los recaudos, pero no alcanzaron. 

Recibí el mensaje en la redacción de Clarín, cinco minutos antes de irme. Había mantenido distancia con mis compañeros y usado barbijo, pero la primera reación fue la culpa. ¿Y si contagié a alguien? Conté lo que había pasado y me fui rápido, como si escapara. 

Dos días después, un test PCR confirmó que mi novia tenía coronavirus. “Detectable”. Sus pulmones estaban bien y los síntomas eran leves. Primer alivio.

Mi hisopado dio negativo. “No detectable”. Me explicaron que podía ser un resultado engañoso y que debía seguir encerrado. Sin posibilidad de aislarme dentro de mi casa, me asumí infectado, tal como indicaba el protocolo de la Provincia de Buenos Aires.

Los días siguientes llegaron las buenas noticias. Julieta se sentía mejor y mis compañeros de trabajo no se habían contagiado. A mí me acompañaba un leve dolor de piernas. Le estábamos ganando por goleada al coronavirus. Sólo había que seguir encerrado.

Había escuchado a muchos decir que lo mejor que podía pasarte era contagiarte. Que de alguna forma te sacabas un problema de encima y conseguías un “pasaporte de inmunidad”. Que para quienes estaban sanos y no tenían comorbilidades era una gripe fuerte y nada más.

Luis Moranelli es editor de Clarín y tuvo coronavirus. Foto Marcelo Carroll

Para el final de mi aislamiento ya coincidía con esa mirada. Había pasado sin sobresaltos la enfermedad y pasaba a formar parte de un privilegiado grupo. Los que ya no debían preocuparse tanto.

Pero el virus tenía otros planes. Faltaba el contraataque.

Un mes después, aparecieron las primeras dudas. Un análisis de sangre determinó que no tenía anticuerpos. Repasé varias veces el mail que me envió el laboratorio, buscando el error. Había estado encerrado con un caso positivo confirmado, sin distanciamiento y hasta compartiendo el mate. ¿Por qué no había rastros de eso en mi cuerpo? ¿Dónde estaban mis defensas? 

Hubo varias explicaciones médicas. Hipótesis, pero ninguna sentencia definitiva. Los manuales empezaron a quemarse dos meses más tarde, cuando el termómetro marcó que tenía 37,5° de fiebre. A la media hora, 38°. Un rato después, 39,5°. Al día siguiente el hisopado confirmó que, ahora sí, tenía coronavirus.

Fueron días de fiebre muy alta, dolor corporal y cefalea. O algo más que eso: la sensación de que Godzilla me estaba pisando la cabeza. Una tomografía indicó que no había señales de neumonía. Solo quedaba hacer reposo y estar atento a la posible falta de aire. Es difícil no obsesionarse con eso. Tratar de escuchar atentamente tu respiración, detectar una anomalía. Mejor pensar en otra cosa.

La rutina diaria estuvo dictada por la “curva térmica”, la forma que tienen los médicos de decir que hay que tomarse la fiebre seguido. Cuando el termómetro marcó 40° imaginé que había llegado el tan anunciado pico. Por suerte esta vez los pronósticos no fallaron y la fiebre cedió después del cuarto o quinto día.

El dolor muscular y el cansancio resistieron un poco más. Creo que intenté ver alguna serie, pero era imposible concentrarse. La televisión estuvo de fondo, casi como un murmullo en el que cada tanto un panelista indignado pedía a los gritos por la vuelta del fútbol.

Después de una semana en cama, tocó levantarse de a poco. Barrer o colgar la ropa equivalía a correr cinco kilómetros. Hubo que tener paciencia y esperar que el cuerpo reaccionara.

Al décimo día apareció el síntoma más temido: pérdida de olfato y gusto. Comer algo sin saborearlo es una sensación frustrante. Nada grave, pero molesto. Mi versión del “me cortaron las piernas”.

Volví a la calle después de pasar tres semanas encerrado. Hoy estoy recuperado y sin secuelas. Soy uno del millón de recuperados, cifra que se superó este martes, que ya formamos parte de las estadísticas de la pandemia. Me queda algo de temor, más vinculado a la falta de respuestas sobre algunas preguntas clave.

Todavía no sé si me contagié dos veces o si la primera vez desarrollé una extraña inmunidad que luego decidió abandonarme. Tampoco sé cómo me infecté y qué hice mal, y aún menos si tengo anticuerpos que me protejan. 

Solo tengo una certeza: hay que seguir cuidándose porque la pelota siempre la tiene el virus.

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