Un 2020 sin viaje de egresados ni otros rituales: el impacto en el deseo adolescente



La adolescencia es el despertar de una primavera. Durante la niñez, el interés por la vida sexual no trasciende la curiosidad. Los niños quieren saber –cómo es que llegamos al mundo, qué pasa en la cama de los padres, cuál es la diferencia entre los sexos, etcétera–, pero es recién con la pubertad que ese interés se convierte en una cuestión práctica. Si un primer momento de la infancia concluye cuando la curiosidad sexual de los niños se desvía hacia el aprendizaje escolar, para entrar en ese invierno que es llamado “periodo de latencia”, con el desarrollo del cuerpo germina un deseo que busca realización, que quiere mucho más que investigar y espera metas concretas.

La adolescencia es el momento en que este deseo se muestra primero en fantasías. Una típica fantasía juvenil es la de embarazo. El alcance erótico de esta fantasía es muy significativo, porque si de algo se defiende un adolescente es de la sexualidad. Recuerdo una situación, hace un tiempo, cuando en un taller con estudiantes de escuela secundaria les pregunté para qué servía el preservativo y la respuesta de la mayoría fue: ¡para evitar el embarazo! A nadie puede llamarle la atención, entonces, el incremento que hubo en los contagios de HIV en jóvenes y el regreso de algunas enfermedades venéreas (como la sífilis y la gonorrea) que estaban prácticamente erradicadas. Esto explica también por qué las campañas contra las enfermedades de transmisión sexual –en una época que no conoce solamente los anticonceptivos, sino también la pastilla del día después– suelen no tener demasiado éxito si apelan a la conciencia: el adolescente se defiende de una fantasía que en su raíz es inconsciente. Hay jóvenes que, a pesar de haber utilizado varios métodos de anticoncepción, no pueden dejar de tener miedo a un embarazo. Ese miedo no es racional, sin embargo ahí está y a veces se transforma en un pensamiento obsesivo que apenas logra suspenderse momentáneamente con un test. Es que el trabajo mental del adolescente se basa en elaborar una sexualidad que aparece sorpresiva y para la cual no se está preparado. Con la adolescencia aparece el deseo, pero también la angustia.

Ahora bien, ¿qué ocurrió durante este año, que lleva meses de una cuarentena que puso en jaque el lazo social? En diferentes charlas virtuales que tuve con instituciones escolares, encontré una respuesta común: para muchos jóvenes este era el año en que se iban a ir de viaje de egresados y de repente se quedaron sin los rituales que implican el cierre de esa etapa de la vida; pero también era el año en que muchos otros esperaban dar su primer beso, tener una primera relación sexual, salir con alguien y tal vez ponerse de novios. A diferencia de los adultos, los adolescentes tienen una vida sexual de la que no se puede decir que es autónoma. Ellos no tienen lugar para el sexo, se las arreglan para encontrarlo: ¿no los veíamos hasta hace un tiempo en una plaza en escenas que podían llegar a producir un escándalo envidioso? El espacio público era un sitio privilegiado en el que los jóvenes se comían a besos, se apretaban contra una pared, se metían manos a veces con total impunidad ante la mirada adulta, cuando no encontraban una casa que quedase vacía un fin de semana o conseguían un pasillo o habitación en una fiesta.

Para muchos jóvenes este era el año en que se iban a ir de viaje de egresados y de repente se quedaron sin los rituales que implican el cierre de esa etapa de la vida; pero también era el año en que muchos otros esperaban dar su primer beso.

Sin embargo, ese espacio público dejó de existir y la vida sexual de los jóvenes sufrió una notable restricción; tuvo un regreso a su expresión infantil y complaciente (la masturbación), cuando no implicó directamente una deserotización. Por cierto, ¿no pasó que vimos a los adolescentes refugiarse en la noche, en una especie de contraturno en la casa, para no cruzarse con los padres y así, en lugar de entregarse a la concupiscencia de la autosatisfacción, pasarse horas en la PlayStation o deslizando el dedo por encima de la superficie de una pantalla? Asimismo, la pandemia implicó una modificación más: si adolescente es quien tiene que tramitar una sexualidad insurgente, ¿qué cambio se dio cuando aquello de lo que había que defenderse ya no viene de adentro sino de afuera y como temor a la muerte?

En este tiempo, casi no ha habido noticias de jóvenes que hayan tenido conductas transgresivas. No hubo adolescentes que se escaparan de sus casas para encontrarse con otros. En términos generales, ellos entendieron desde el principio la nueva normalidad a que llevó el coronavirus. En las charlas en escuelas secundarias, algo que pregunté en distintas ocasiones y me sorprendió fue que no extrañasen las llamadas “previas”. Digo que me causó sorpresa porque hasta el año pasado era el ritual más importante para los jóvenes. Por cierto, en las conversaciones con padres era un tema recurrente, al punto de tener que pensar colectivamente cómo establecer consensos: ¿se puede desconocer el peligro que implica que menores de edad se alcoholicen en una casa, bajo el pretexto de que así se los cuida mejor? También surgía la inquietud de los padres respecto del tipo de alcohol que tomaban, a veces con la convicción de que preferían ser ellos quienes eligiesen bebidas “de calidad” para que no tomen “cualquier cosa”. En este año, este tipo de debates –que eran el pan de cada día en talleres con padres de adolescentes– casi no se plantearon. Es que las “previas” son un ritual de acceso a la adultez y donde los jóvenes no cuentan con vías que permitan transitar el camino del amor y el trabajo, es común se identifiquen a los adultos en su peor faceta: los consumos. En efecto, es claro que los niños no tienen vicios, sino que estos son las conductas que los adolescentes inseguros copian para sentir que pueden ser grandes por un rato. Por eso las prohibiciones en este punto no sirven, sino que es preciso dar herramientas que permitan crecer de otro modo. Sin embargo, si en este año las previas no fueron un problema, ¿qué pasó con el deseo en crecimiento de los adolescentes?

El espacio urbano, en el año del coronavirus. / Luciano Thieberger.

Pienso que este fue un año sin amor para muchos jóvenes, en que el deseo temeroso (y el temor del deseo) se vio suplantado por una angustia cuya fuente ya no es erótica: el miedo a la muerte implica otro tipo de actitud y los adolescentes no tuvieron una actitud negacionista; creería que la mayoría de ellos –al menos la mayoría de aquellos con los que conversé– fue muy consciente de que si no se cuidaban podían enfermar a otros, de que la situación no estaba para correr riesgos inútiles. No escuché a ningún padre que dijese que no podía hacer que su hijo se pusiera un barbijo. ¡Ojalá ocurriese lo mismo con el preservativo! Esta es la diferencia entre las fantasías y un miedo real, ya que éste obliga a una suspensión del interés erótico.

Es conocida la escena en que, por ejemplo, un adulto tiene que pedirle de manera insistente a un adolescente que se abrigue. ¿Qué se esconde detrás de esta repetición? Este pedido vela un reclamo sexual: lo sepa o no, el adulto le pide que proteja el cuerpo y que no se exponga. Hoy en día, la sexualidad está entre paréntesis y el miedo a morir tomo el relevo de un cuidado más explícito. ¿Cómo haremos para que nuestros jóvenes recuperen un vínculo social que no se base solamente cruzarse con otro a distancia? ¿No nos obliga esta situación a repensar las condiciones de la sexualidad adolescente y, para el caso, en tiempos que ya no son los de la previa, instrumentar otros rituales que cuiden el pasaje a la adultez? Para pensar estas preguntas es que los adultos tenemos que hacer algo que pocas veces hacemos: tomarnos en serio la sexualidad y la vida erótica como un componente central de la maduración.

​* El autor es doctor en Psicología. “El fin de la masculinidad. Cómo amar en el siglo XXI” (Paidós), su último libro.  

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