Twitter es la cuarentena eterna



Pensé que este momento histórico, cuando se nos atraviesa una pandemia y una cuarentena, había sido perfecto haberme abierto una cuenta en Twitter. Si no iba a salir a la calle, al menos podría darme una vuelta por la red, como quien va a un café, para seguir teniendo algún contacto con el mundo exterior.

Al fin y al cabo, quienes nos dedicamos a escribir artículos necesitamos estímulos que nos den de qué hablar, y sin nuevas publicaciones, con los museos cerrados y atrapados en una conversación eterna sobre el coronavirus, la imaginación termina por empobrecerse.

Twitter parecía la salvación, una ventana por donde sacar la cabeza y recibir un aire menos congestionado que el de mi propio encierro. Quizás estaba persuadido por las utopías que se tejieron en torno a Twitter cuando recién salió. La horizontalidad de la red democratizaría la discusión, se dijo, los sin voz por fin serían escuchados, las víctimas podrían reivindicarse, el mundo se enriquecería con las múltiples versiones de la realidad de personas que nunca habían sido escuchadas.

De alguna manera, Twitter venía a completar las ilusiones que despertó la posmodernidad, ese explosión intelectual que hundió la idea de una historia unitaria y con ella el pedestal desde donde antes alguien podía decir “Así son las cosas”.

La filosofía de los ‘80 fragmentó la sociedad y le dio voz a las minorías. Proliferaron las visiones alternativas, las contrahistorias y las arqueologías; de paso, se deslegitimó a quienes hasta entonces habían escrito la historia. Ya no importó qué se decía sobre el mundo sino desde dónde se hablaba, y por eso la labor de literatos, filósofos y científicos sociales empezó a parecerse a la de Penélope, la esposa de Ulises, que tejía de día y destejía de noche: se dedicaron a deconstruir toda versión de la realidad para denunciar los prejuicios que la nutrían y los juegos de poder que animaba.

Pero la emancipación de las minorías y la reivindicación de sus identidades no supuso un mejor conocimiento de la historia y de los hechos. Importó eso menos que confeccionar una versión satisfactoria de la propia identidad. Se pasó de valorar la objetividad a fomentar la autoestima, y en medio de este ejercicio cada cual acabó convertido en un político de su propia causa, en un fabricante de relatos que hablaban bien de uno mismo y por contraste mal de los demás. Las víctimas señalando a sus victimarios.

Este ejercicio autopublicitario iba a encontrar en Twitter su espacio natural. Allí, en ese ring donde no hay certeza ni de la identidad de quien habla, la realidad importa tanto como en un videojuego: nada. Se sueltan afirmaciones contundentes, en ocasiones agresivas, a las que no se responde a partir de su validez o falsedad. Eso importa menos que el beneficio o perjuicio que reporte a mi causa.

En Twitter se acaba el matiz. Quedan equipos, bloques: amigos y enemigos empecinados en mostrar su pureza y en evidenciar la putrefacción del otro. Twitter es la reducción del mundo a la batalla política más escueta, ellos contra nosotros; el lugar a donde se entra a recibir un chute de la más placentera droga, la que estimula nuestros prejuicios y acaricia nuestra propia imagen. Es la cuarentena eterna, el lugar donde más lejos me he sentido del mundo real.

Carlos Granés es escritor y ensayista.

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