Trump, el enemigo del liberalismo



Mentiroso, grosero, homofóbico, racista: Donald Trump es esto y más. Es proteccionista en el comercio, supremacista en ideología, unilateralista en el mundo, fundamentalista religioso. ¿La democracia? No es su fuerte: donde han podido, sus adeptos han obstaculizado el voto de las minorías. ¿Libertad de prensa? La ama como la amaba un Correa, para dar la idea. No se qué pasará, ahora que el Covid se interesa en él más de lo que él se interesó en el Covid.

Por lo que importa, yo nunca lo votaría: nadie está más lejos de mis ideales libertarios y tolerantes. Para echarlo, preferiría a Biden; por razones estéticas más que políticas, éticas más que ideológicas, por coherencia más que por conveniencia. No sé quién ganará, pero sé que muchos harán así.

Quizás hayan leído a Bruce Ackerman, constitucionalista de Yale: hacía años que denunciaba el peligro de la polarización, de la “presidencia extremista”, de la vulnerabilidad del estado de derecho. O a Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, politólogos de Harvard: enumeraron las afrentas de Trump a las leyes escritas y no escritas del ethos republicano. Es “un autoritario”, escriben: tienen razón. Al converger hacia Joe Biden a expensas de candidatos más radicales, los Demócratas lo están frenando. Por ahora.

Sin embargo, muchos europeos y latinoamericanos lo votarían, ¡y cómo! No me sorprende cuando se trata de soberanistas convencidos, promotores de cruzadas antiinmigrantes, campañas moralizadoras, guerras de civilización; o de enemigos de la globalización y cultores del aislacionismo blanco: son coherentes.

En cambio, me cuesta entender los hinchas “liberales”de Trump. Por Dios, no seré yo quien dispense o quite licencias de liberalismo: ¿con qué derecho? ¡La liberal es una sensibilidad, no una Iglesia! Ningún liberal tiene el monopolio de nada, mucho menos del liberalismo.

La misma palabra es escurridiza: en Estados Unidos es un tótem “progresista”, invocado incluso por las “políticas de identidad”, muy poco liberales; en el mundo latino, en cambio, evoca un universo político y moral “conservador”. Convencido de que el liberalismo clásico trascienda a ambos, lo preferiría menos identitario en el primer caso y más inclusivo en el segundo, pero ¿qué hacer? La historia explica estas inconsistencias lexicales.

Pero la pregunta sigue siendo: ¿qué clase de “liberal” es Trump? No es contradictorio arremeter contra los populismos latinos, denunciar los abusos chavistas o kirchneristas, indignarse con Pablo Iglesias o Andrés López Obrador, ¿pero apoyar a Trump? Para mí sí. Como el de ellos, su pueblo es un pueblo “mítico” fundado en una “cultura”, un pueblo “homogéneo” basado en una “identidad”, una jaula de normas que trasciende la ley, un chantaje ético que pende sobre los diferentes.

No importa que sea blanco, individualista, capitalista y cristiano en lugar de mestizo, comunitario, pauperista e igualmente cristiano. Uno y otro erigen a su pueblo como el solo pueblo legítimo, como depositario de una armonía originaria que prometen restaurar: ¡América first!

Creo que Isaiah Berlin, que en esos rasgos señalaba la semilla de las tiranías, le habría dedicado con gusto uno de sus corrosivos bocetos sobre los “traidores de la libertad”.¿Qué queda de los fundamentos de la filosofía liberal? ¿De la sociedad abierta y plural? ¿De la limitación del poder? ¿Del principio de que todos tienen derecho al respeto de su proyecto de vida, sean quienes sean, crean lo que crean?

Cada vez menos, a ojo.

¿No es suficiente? No, hay algo peor. Si así les va a Estados Unidos, que para bien y para mal han sido el faro del liberalismo, ¿cómo sorprendernos que las autocracias tengan en todas partes el viento en las velas? ¿Que el despotismo chino sea tan popular, el ruso atraiga tanto, el venezolano se mantenga en pié en contra de las leyes de la física?

Claro: ¿qué ejemplo de libertad y autogobierno ofrecen hoy Estados Unidos? ¿Cómo pueden promoverlos en el mundo si se deterioran en su casa? “La política exterior de Trump es el espejo de su América”, señala amargo Michael Kimmage, historiador de la Catholic University of America. Es nuestro primer presidente no occidental, escribe.

¿Absurdo? Para nada. Trump es ajeno a las raíces clásicas reivindicadas por los padres fundadores, a la Europa a la que su país estuvo tan apegado, a los valores liberales que alguna vez fueron comunes a los dos grandes partidos. Es indiferente a las críticas al imperialismo y al etnocentrismo con las que se manchó Occidente y de las que mucho aprendió.

No le importa el universalismo liberal, el internacionalismo democrático, el humanismo cosmopolita, el multilateralismo, todo lo mejor que Occidente ha producido y difundido. Nuevamente: ¡América first! ¡Dios y Patria! ¡Solo América! Así es que justo cuando más se siente la necesidad de Estados Unidos fuertes y creíbles, serios y admirados, orgullosos de sus valores, ellos están revolcando en el barro, ridiculizados ante el mundo, modelo para nadie. Los enemigos del liberalismo celebran, se entiende. Qué festejan los otros, se me escapa.

Loris Zanatta es historiador. Profesor de la Universidad de Bolonia

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