Rompí la cuarentena para tener sexo



Cuando Alejandro, de 39 años, entró a la app de citas por sentirse solo en pleno aislamiento, no imaginó la cantidad de propuestas que recibiría. “La aplicación explotaba. Todos querían romper la cuarentena y te invitaban a algo real. Recibí como cinco propuestas directas para encontrarnos esa misma noche”, relata.

Mucho no le convencía la idea. Si bien trabajaba por estar encuadrado en uno de los rubros esenciales, solo salía para ir a su oficina, hacer las compras y buscar a su hijo los días que le tocaba. Sin embargo, un día volviendo del trabajo, una de las chicas con las que estaba manteniendo sexting, lo increpó: “Quiero que vengas ya. Necesito algo real, un abrazo, una caricia, sexo. No puedo más”. A pesar de nunca haber vivido una situación así y de ser bastante tímido, no lo dudó, y sin pensarlo, le respondió inmediatamente: “Voy ya”.

Los meses sin tener relaciones, lo intempestivo de la propuesta, la cuota de clandestinidad y un encuentro repentino con un único fin sexual formaron parte de un combo que para él fue explosivo. Y que luego terminó de explotar en la intimidad con Laura. “Fue raro, porque hasta ese momento la relación era meramente virtual. Nos conocimos directamente en su departamento, tratando de no ser vistos por ningún vecino, y de la puerta de entrada a la cama sin mucho preámbulo”, relata.

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La necesidad de contacto físico con personas tanto queridas como desconocidas se incrementa con el pasar de las semanas, y lleva a muchas personas a tomar decisiones inesperadas. Foto: Shutterstock.

No se cuenta, pero ocurre. Cuando baja el sol y el ritmo de la ciudad se calma, se producen encuentros secretos, que no son legales pero que están de alguna manera naturalizados para gran parte de las personas que pasan la cuarentena sin compañeros sexuales.

“En el inicio de la cuarentena, las formas de encuentro por las apps se reducían al acompañarse a distancia, a conocerse a fuego lento y prepararse, con sexting incluido, para lo que sería el encuentro postcuarentena. Pero la sed de piel colapsó, el sexo virtual copó los encuentros y en un momento no alcanzó. Así comenzaron las distintas formas de quebrarla”, sostiene María Esther Antelo, psicóloga, sexóloga clínica y miembro de la Comisión Directiva de Sociedad Argentina de Sexualidad Humana (SASH).

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Para Federico, de 39 años, romper la cuarentena para tener sexo no fue un problema. No teme contagiarse, porque cree que tarde o temprano es algo que a todos nos ocurrirá, y trabaja en un centro de salud, por lo que tiene permiso para circular. El aislamiento lo sorprendió recientemente separado luego de varios años, justamente en el momento en que según imaginaba, estaría visitando exnovias y conociendo nuevas personas.

“Le escribí a una chica que me gustaba, y ella estaba recién separada, pasando la cuarentena en la casa de los padres, re embolada. Inmediatamente accedió a venir a casa, donde concretamos lo que no había podido pasar en el pasado, por estar los dos en pareja”, cuenta. Luego, se vieron un par de veces más, y hasta ella se queda en su casa algunos fines de semana.

“Hay una enorme necesidad de contacto, la necesidad de conexión es muy fuerte, por eso lo que al principio podía saciar el sexo virtual, con el paso de los días fue quedando corto. Encontrarse para tener sexo comenzó a ser frecuente en todas las franjas etarias, y en todas las formas de relación: parejas estables obligados a la distancia por el virus, y también sexo más eventual”, grafica Antelo.

Romper la cuarentena para tener sexo. No se cuenta, pero ocurre. Foto: Shutterstock.

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Irina, de 30 años, es muy cauta con los cuidados de la cuarentena. No sale de su casa más que para hacer compras, y trabaja por Zoom. Hacía unos meses que se veía con Ezequiel, que según le relataba en las largas charlas telefónicas, tampoco veía a nadie. A ella le daba vergüenza el sexting, no se hallaba, “me parecía forzado”, según confiesa. Por lo que verse en su departamento, un mes atrás, fue la única vía que encontró para saciar sus deseos sexuales.

Implementó lo que se denomina “cápsula social”, o sea, que si ella no veía nadie y él tampoco, podría ser “seguro”. “No me arrepiento para nada, porque nos vimos y estuvo buenísimo, vivo sola y realmente lo necesitaba. Lo que pasa es que es complejo, porque después me enteré de que un familiar de él se contagió siendo asintomático, y ahí me agarró paranoia de si él no habrá estado en contacto. Soy medio hipocondríaca y por dos semanas estuve aterrada de tener síntomas. Por suerte no me pasó, pero le dije que no volviéramos a vernos”, agrega.

Claro que en el momento en que uno comparte intimidad con otra persona, la precaución queda a un lado. “Yo confié en que ella no veía nadie”, dice Alejandro, con más confianza que certezas. Debatiéndose entre las necesidades propias y las políticas sanitarias y de cuidado para evitar contagios, la decisión muchas veces está atada a la racionalidad, y otras tantas a una dimensión más instintiva.

Sandra López, psicóloga y sexóloga miembro de la Comisión Directiva de SASH, cree que, como tantos otros cambios que la pandemia vino a traer, enriquecer las formas en que vivimos la sexualidad puede ser uno de ellos: “Quizás todos debamos reacomodar en nuestras cabezas la idea de lo que es la distancia y la proximidad. Todas las pandemias a lo largo de la historia generaron modificaciones en el sistema de vida de las personas. Sin dudas, esta también, pero tengo la intuición de que luego de que esto pase muchos vamos a volver al amor sólido y romántico, a la conexión, y también a entender que la sexualidad es mucho más que encuentro en cama y genitalidad”, cierra. Mientras tanto, según propone, habrá que ser creativos.

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