Regreso a Villa Azul a 4 meses del aislamiento: casas precarias, promesas olvidadas y la resignación de convivir con el coronavirus



A fines de mayo, los vecinos de Villa Azul se llevaron una sorpresa. Los principales accesos al barrio aparecieron vallados y custodiados por un importante operativo de seguridad. El lugar se había convertido en un epicentro de la pandemia de coronavirus en la Provincia y el ministro de seguridad bonaerense afirmó que la situación era “peor que una explosión nuclear”. Pero mientras los funcionarios daban discursos públicos, adentro -cuentan- la información llegaba a cuentagotas: de boca en boca o por televisión.

Durante dos semanas, con un pico de al menos 344 infectados, los medios (agasajados por las autoridades con café y medialunas) rodearon ese rincón del sur del conurbano, convertido -según las miradas más críticas- en una suerte de “gueto de pobres”, donde faltaba todo, menos miseria. Cuatro meses más tarde, un equipo de Clarín volvió al lugar, para mostrar cómo siguen sus habitantes.

Con el tránsito regularizado, un descenso sostenido del número de infectados y la famosa “canchita de los contagios” -donde comenzó el brote inicial- en actividad, podría pensarse que la (nueva) normalidad volvió a Villa Azul. Pero recorriendo sus calles y pasillos, asoman las consecuencias del aislamiento, la crisis y el incumplimiento de las medidas anunciadas: principalmente, las referidas a salud, educación, vivienda y obras.

Hay pocos negocios abiertos en Villa Azul, muchos vecinos tuvieron que cerrar por efecto de la pandemia. Foto: Luciano Thieberger

Hay pocos negocios abiertos. Tampoco es mucha la gente que circula, por lo menos entre la mañana y mediodía del viernes. Aun así, tras semejante desastre sanitario, lo primero que llama la atención es la cantidad de personas sin barbijo.

“No podemos quedarnos en casa a esperar que nos digan que se terminó. No se va a terminar. Vamos a tener que aprender a convivir con esto, como convivimos con cualquier otra enfermedad”, explica Silvia. Su mayor preocupación es conseguir un techo digno y apunta contra las sucesivas gestiones que prometen mejoras ficticias. Un ejemplo es el sector de “la toma”, compuesto por construcciones comenzadas en 2014, a medio terminar, muchas sin techo ni ventanas, que fueron ocupadas. Allí, viven adultos y niños expuestos al frío y enfermedades respiratorias.

“No podemos quedarnos en casa a esperar que nos digan que se terminó”, dice Silvia. Foto: Luciano Thieberger

Andrea, que camina con ella -y dos de sus nenas, que juegan alrededor-, aclara que usa el barbijo solo “del barrio para afuera”. La joven sufrió de cerca el coronavirus y parece no tenerle miedo. Su marido lo contrajo en el momento de mayor propagación y se aisló junto a ella y sus cinco hijos, en una casa con dos piezas, cubierta parcialmente con una lona. Fueron días duros. La pareja improvisó una pared para mantener alejados a los chicos. El hombre, albañil, perdió el trabajo. Ella tuvo que cerrar su quiosco y nunca más pudo abrirlo. Su caso no es el único. Cobra asignaciones y la Tarjeta Alimentar, pero apenas le alcanza. “Vivo gracias a la ayuda de los vecinos, más que nada, porque el Estado estuvo poco y nada”, agrega.

Del otro lado vive César, de 24 años. También forma parte de los desempleados surgidos con el aislamiento: de hecho, se enteró de la medida cuando volvía de su última changa y un policía no lo quiso dejar pasar. Desde que se levantó el sitio, manda currículums cotidianamente, sin respuesta. Mientras tanto, estudia en la Universidad de Quilmes y se desempeña como voluntario en un comedor surgido de una asamblea vecinal, que alimenta a más de doscientos concurrentes. Los más pequeños, aparecen a la hora de la merienda. Los grandes, para la cena.

Andrea sufrió de cerca el coronavirus. Su marido se contagió y perdió el trabajo. Ella también se quedó sin su quiosco. Tiene 5 hijos. Foto: Luciano Thieberger

Todos los días, constata que las necesidades crecen y que los vecinos bajaron la guardia en cuanto a los cuidados. Además, asegura que, en el momento en que se fueron las cámaras, los testeos cayeron drásticamente. Silvia señalaba, en el mismo sentido, que “hay que ir voluntariamente a que te testeen”. Para evitar demoras, muchos viajan a la lindante Villa Itatí o a Wilde.

Entre las muchas privaciones que se observan en Villa Azul, está la falta de comunicación. “No hay concientización, mucha gente no entiende el peligro. Funciona así, nosotros siempre fuimos marginados”, remata César.

En Villa Azul funciona un comedor que asiste a unas 200 personas por día. Foto: Luciano Thieberger.

Si bien los contagios decrecieron, no cesaron. A pocas cuadras del Centro de Atención Primaria de la Salud (CAPS) ubicado en una de las entradas del barrio, por la rendija de una puerta, se vislumbran los ojos de Emilce, que está cursando la enfermedad por segunda vez en su casa.

En mayo, tanto ella como su hija de 7 años habían dado positivo. Los médicos les indicaron quedarse en casa, donde viven con otros cuatro menores. Ellos no fueron testeados, pese que una -la de 9- presentaba síntomas. Sin mayores complicaciones, la familia recibió el alta.

Pero fue recién después de varios meses sin ingresos, en septiembre, cuando la mujer pudo retomar sus tareas como cuidadora de adultos mayores y empleada doméstica. Entonces, ocurrió lo menos pensado: la menor de sus nenas volvió a sentirse mal. Fiebre, decaimiento, ojos llorosos. Primero creyeron que era una gripe común, e intentaron tratarla con baños y medicamentos. Pero debido a la persistencia de los síntomas y a su experiencia previa con el virus, decidieron comunicarse con la línea de atención para casos sospechosos.

La canchita de fútbol en la que se jugó un torneo que, se presume, disparó los contagios dentro de Villa Azul en mayo, Foto: Luciano Thieberger

La pequeña fue derivada a la salita y el hisopado confirmó las sospechas. Pronto, Emilce comenzó con vómitos y dolores estomacales extremos. No la analizaron: por protocolo, todos los miembros del hogar fueron considerados infectados automáticamente. Distingue la atención telefónica constante y la llegada de víveres, aunque no comprende del todo las directivas cruzadas que recibió desde que volvió a contraer la afección. Otra vez, aislamiento y desocupación.

Dentro del barrio, una calle divide a Quilmes de Avellaneda. Según distintos testimonios, los municipios están todo el tiempo “pasándose la pelota”. La zona de Quilmes es la menos urbanizada. El contraste es notorio. Según un relevamiento de 2018, solo el 3,6% de los hogares poseía cloacas; el 79,5% se arreglaba con un pozo ciego, zanja, hoyo o excavación en la tierra; el 80,5% de las viviendas tenía una calidad de construcción insuficiente; y, el 90,7%, una conexión defectuosa a los servicios básicos. Las estadísticas se reflejan en las lagunas y corredores de agua estancada y pestilente, que los residentes buscan encausar con canales improvisados. También usan tablones de madera o chapas como puentes. Las flores y plantas en las puertas cortan este panorama intentando, quizás, darle otra fisonomía a la villa.

Lagunas y corredores de agua estancada y pestilente en Villa Azul, a cuatro meses del aislamiento de todo el barrio por un brote de coronavirus. Sólo el 3,6% de las casas tiene cloacas. Foto: Luciano Thieberger.

“Cuando llueve, viajamos en canoa”, bromea una vecina, quien, tras sucesivas inundaciones, aprendió a poner todas sus pertenencias en altura. Los árboles viejos despiertan otra queja, porque pueden caerse -como ha ocurrido- durante las tormentas. Ni hablar del cableado irregular, típico de las barriadas populares. Algunos cambian su domicilio para obtener mejores prestaciones o atención médica. De todas maneras, las críticas sobre las trabas burocráticas y las eternas derivaciones aparecen en ambos lados.

Roxana es otra de las contagiadas recientes. Transitó la enfermedad hace un mes, al igual que su hijo. Ambos recibieron el alta, pero solo ella consiguió un puesto, como niñera. El mal manejo de las autoridades no la sorprende, como tampoco la red de contención constituida por las sociedades de fomento, instituciones como Cáritas y las ollas populares: el verdadero sostén del barrio.

Roxana destaca la red de contención que generan las sociedades de fomento y las ollas populares para sobrellevar este tiempo de pandemia. Foto: Luciano Thieberger

Recuerda que, durante el encierro, la asistencia era espaciada. “El municipio te daba un bidón hoy y otro la semana que viene. Aysa traía agua en sachet y la gente no sabía cómo repartirlos. Encima, hacías fila y te decían que no podías amontonarte. Lo mismo pasó con la basura. El volquete rebasaba y recién lo vaciaron a los diez días”. Aún hoy, advierte que los insumos resultan exiguos, en relación con la realidad económica y social del barrio.

Con 52 años, busca sobreponerse a la resignación, aunque admite: “Estamos como antes, en la nada”. Ya vio pasar incontables crisis económicas, pero pocas como la desatada por la pandemia. Ella sola conoce a cien personas que se agarraron Covid-19.

“¿Existe Buenos Aires? Desde Villa Miseria no se ve”, reflexionaba uno de los personajes de Villa Miseria también es América, de Bernardo Verbitsky. El libro, escrito en 1957, discurre por una geografía de barro, ranchos, casas de madera y chapa, no muy distinta a la de los 1.700 asentamientos precarios que se extienden en el conurbano bonaerense. No muy distinta a la de Villa Azul.

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