Qué puede enseñarnos la ópera sobre la muerte



Hace dos años, escuché a la mezzo-soprano Joyce DiDonato cantar el gran lamento final de “Dido y Eneas” de Purcell, en Hamburgo.

“Cuando yazca en la tierra, que mis errores no causen dramas a tu pecho. Recuérdame, pero ¡ah! olvida mi destino”.

Purcell acompaña las palabras con un bajo solemne y firme, con la línea vocal vacilante al principio. Con “recuérdame”, la música expresa seguridad, sólo para temblar con el “ah”, con la melodía titubeando en un suspiro.

El contratenor Anthony Roth Costanzo dijo de la ópera: “se trata de acercarte más a lo que sientes”. Foto: Dominic M. Mercier.

El aria todavía hacía eco en mis huesos al día siguiente, cuando visité a mi padre en su casa hogar justo afuera de la Ciudad. Llevaba años confinado a su cama con demencia. Comparada con el crepúsculo mudo y confuso del mal de Alzheimer, la muerte de Dido parecía preciosamente lúcida.

Entiendo que las arias de despedida han sido un blanco popular de burlas. Es divertido parodiar las escenas en que un personaje muere, y canta largo y tendido sobre ello.

Evitamos hablar de morir, y qué podría significar despedirse de la vida con potencia y gracia.

Este año nos ha forzado a contemplar a las víctimas del coronavirus que han muerto en un aislamiento estéril, calladas por ventiladores. Quizá más que nunca, la capacidad de formular y expresar un mensaje de despedida se siente como un privilegio.

En la ópera, es también un arte —uno que podría iluminar el camino hacia un diálogo más consciente sobre el fin de la vida.

El artificio, lejos de alejarnos, ayuda a involucrarnos. La ópera puede condensar la vida y a la vez amplificarla.

“Hay una especie de distancia que la belleza otorga, en alguna forma, y hay otra especie de proximidad”, afirmó el contratenor Anthony Roth Costanzo. “Se trata de acercarte más a lo que sientes, pero también poder verlo a través de una lente”.

La muerte en la ópera viene en muchas formas: a través del sable, del veneno, de las balas o del fuego. Muchos expiran en los brazos de sus amados. Podrían usar su último aliento para proferir una maldición o revelar un secreto.

Cuando figuras políticas, como el Boris Godunov de Mussorgsky, mueren en la ópera, sus arias de despedida son testamentos que ajustan cuentas, emiten órdenes finales y atan hilos personales con arcos más grandes.

Pero incluso estos testamentos grandes y verbosos llevan a un punto: el tirano pide perdón; el amor conquista la maldición. Ese enfoque es lo que suena auténtico, sin importar la pompa y la estilización.

Una de las escenas más conmovedoras en la ópera se da al final de “La Bohème” de Puccini, cuando los amantes se reúnen apenas unos minutos antes de que Mimi sucumba a la tuberculosis. Siente que le queda poco tiempo.

“Hay tantas cosas que quiero decirte”, canta, “o en realidad sólo una, pero es vasta y profunda e infinita como el océano: eres mi amor y mi vida”.

La ópera, con su combinación de drama vivido y amplitud vasta, nos permite envolvernos temporalmente en la experiencia de la muerte.

“Sabemos por pasar por momentos importantes, como un nacimiento o enamorarnos, que pueden sentirse muy rápidos y escurridizos, y podemos tardar mucho en entenderlos”, dijo Costanzo.

“La ópera nos da una manera de ver estos momentos y tener una lente hermosa y estilizada mediante la cual confrontar las cosas que nos dan sentido”.

© 2020 The New York Times

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