Pino Solanas, su cine era tan vehemente y pasional como él



Vehemente y pasional, Pino Solanas filmaba como vivía, cómo hablaba.

Y cómo hablaba…

La primera vez que lo entrevisté fue antes del estreno de Sur, en 1988. Fue en las oficinas que tenía en la avenida Córdoba, yo era muy joven y si en la charla de una hora pude meter más de cinco preguntas, fue mucho.

“Tangos, el exilio de Gardel” (1985) marcó su regreso a la argentina tras el exilio. Ganó el Premio Especial del Jurado en Venecia. ARCHIVO

Así era Pino. Capaz de convencer a los esquimales que necesitaban hielo.

Y así era su cine. Si Solanas hablaba mucho, filmaba mucho. En la mesa de edición terminaba de redondear sus películas. Se rodeaba de gente de un talento descomunal, como el Chango Monti en la fotografía y Astor Piazzolla o Fernando Gandini en la música, por ejemplo.

“Sur” (1988). Roberto Goyeneche participó del filme, que contaba con música de Astor Piazzolla y del propio Solanas. ARCHIVO

Estamos hablando del primer (y único) cineasta argentino que fue premiado en los tres Festivales internacionales de Cine más importantes: en Cannes 1988, mejor director por Sur; en Venecia, Premio especial del Jurado, por Tangos, el exilio de Gardel; y en Berlín le otorgaron el Oso de Oro en honor a su carrera en 2004.

Si bien no puede decirse que hubo un Solanas documentalista y otro, a la hora de contar historias de ficción, cuando dejó de narrar y utilizar máquinas de humo y -por su necesidad inherente de filmar, aún sin contar con generosos presupuestos- volvió al formato documental.

Un joven Solanas, promocionando “La hora de los hornos”, que se exhibía clandestinamente en su momento. ARCHIVO

Y lo hizo en esos diez filmes desde Memoria del saqueo (2004), hasta Tres a la deriva, en el que estaba trabajando, con el estilo que nos tenía acostumbrados: él mismo en el rol del relator, se muestra ante la cámara e investiga y denuncia. Sea sobre el saqueo de recursos minerales, naturales (Tierra sublevada: Oro impuro) o la tala indiscriminada de bosques y el (ab)uso de agroquímicos (Viaje a los pueblos fumigados, su última película estrenada, en 2018).

¿Por qué, a los ochenta y pico de años, seguía haciendo cine? “Hago estos documentales, primero porque me encanta el cine, no quiero abandonarlo. Las películas son continuidad de mis investigaciones y trabajos acá en el Senado. Algunos van a la playa, pasan el verano en Cariló o Punta del Este…” –chicaneaba por 2018.

Berlín, 2004. Recibe el Oso de Oro a la trayectoria, de manos del director del Festival, Dieter Kosslick. ARCHIVO

En los últimos años trabajaba con sus dos hijos, Juan, director de Que sea ley, y que hacía la fotografía, y Victoria, que es escenógrafa y productora.

Si hay un filme que marcó su vida y su trayectoria, fue La hora de los hornos (1968). Rodado en la clandestinidad durante la dictadura de Onganía, junto a Octavio Getino, y “dedicado al Che Guevara y los trabajadores peronistas”, de espíritu político y didáctico, era un documental “subversivo” que mostraba a la Patria grande de Latinoamérica como una sucesión de dominios coloniales.

Publicidad en “Clarín” de “La hora de los hornos”, cuando pudo estrenarse comercialmente. ARCHIVO

-¿Qué recuerdos tenés del rodaje de “La hora de los hornos”?

-Uh… Una montaña: La experiencia del rodaje a las escondidas rayan lo épico y lo ridículo. Todo, filmar a las escondidas… La única moviola de 16 mm en la Argentina estaba en Alex, pero a las 9 de la mañana entraba la gente del Servicio de Informaciones del Ejército, entonces montábamos con Antonito Ripoll de 4 de la mañana a 8 y media, y parábamos media hora para recoger todos los fotogramas. Cortábamos a Gillette… Era un proyecto más que gasolero. Llevé 175 latas… La película duraba 4 horas y 10 minutos, tenía 10, 12 bandas de sonido. En el Festival de Pessaro fue un boom, yo regresé con una copia porque la película no tenía nacionalidad. Del aeropuerto fui directo al Instituto de Cine. La cara que pusieron en la Mesa de entradas, cuando puse las latas sobre el mostrador, y para pedir una entrevista con el coronel Ridruejo, interventor del INC.

De ahí se fue a los diarios, porque creía que lo metían preso.

Con Angela Correa, en mayo de 2018, en el Festival de Cannes, donde exhibieron “La hora de los hornos” a 50 años de su realización. AFP

No fue así. El resto, es historia, y buena parte de la historia del cine argentino que trascendió las fronteras.

Quiso el destino, y el coronavirus, que Solanas falleciera en París, en Francia, algo así como su segunda tierra, donde se exilió cuando la Triple A lo amenazó de muerte durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón. Al menos, murió cerca de su último amor, Angela Correa. Pero su cine no se calló, y nos sigue hablando.

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