Paula Andaló “un virus no requiere visa para propagarse”



Freddie Mercury, Rock Hudson e Earvin “Magic” Johnson, tres celebridades y un denominador común: la misma enfermedad (que no discrimina, aunque el mote “peste rosa” sí). El Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) -agente infeccioso responsable del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA)- protagonizó los 80 y 90: invadió los medios hasta ser un hito comunicacional y de los sistemas de salud. En el siglo XXI el coronavirus escala e impacta, en pleno apogeo tecnológico. A tono con este mundo distópico, Paula Andaló publicó su eBook, El virus mediático. Cómo el VIH irrumpió en la prensa y rompió las reglas (IndieLibros). El libro lleva prólogo del infectólogo Pedro Cahn.

Andaló –periodista y editora especializada en salud, argentina y radicada desde 2002 en EE.UU.– analiza ambas enfermedades, sus similitudes, diferencias, impactos y traza, a la vez, el recorrido del VIH en ambos países en su primer libro. “Es curioso pasar de escribir sobre pandemias, a estar en una”, dice desde Maryland.

–¿Cuál fue la principal regla que rompió el VIH a nivel mediático?

Freddie Mercury con Queen en 1984. Foto: JEAN-CLAUDE COUTAUSSE / AFP

–Hasta la presencia del virus, y el comienzo de lo que también fue una pandemia, la voz del médico era la de Dios. Se iba al científico o al médico a buscar respuestas y se las encontraba, era una palabra sacra. El VIH planteó muchas incertidumbres a nivel científico como ahora pasa con el coronavirus. Las respuestas surgen mientras la ciencia avanza, y la salud pública toma medidas, pero faltan certezas… El VIH hizo que reporteros y medios fueran al médico por definiciones y preguntas pero también se interrogaban cosas… En ese proceso apareció la voz del paciente, pesó en los medios, y por primera vez se cuestionaba a las instituciones políticas: ¿dónde están los medicamentos, cómo puede ser que un tratamiento cueste mil dólares por mes…? Esa combinación generó un fenómeno único.

–Hay estigmatización por el Covid-19 y también pasó con el VIH…

–En el estigma hay muchas similitudes. Con el covid fue más por el origen del virus, medios prestigiosos lo llamaban “virus chino” o “de Wuhan”. Eso cambió rápido en los medios serios, de inmediato se dieron cuenta de que era solo un nuevo coronavirus. Hay un marca predeterminada por la palabra infección: algo que se contrae de otra persona, por el tipo de transmisión pasan esos fenómenos despreciables como que al personal de salud en un edificio se los identifique por la cercanía al infectado. Con el VIH se agregaba un factor más de discriminación, el sexual y moral, eras un paria: lo tenías por ser promiscuo, o gay. Incluso el presidente mexicano Andrés López Obrador habló del componente moral del coronavirus… Algo tan delirante como decir que el oxígeno tiene moral, un absurdo.

–Hoy se discrimina al personal de salud. ¿Cómo los veía la sociedad en los 80?

–El miedo al virus es como el miedo al otro, siempre se prefiere casi antropológicamente poner al virus en los bordes de la sociedad: es la mejor “forma de no contagiarnos”. Si ese miedo se manifiesta en acciones, empieza el peligro. El covid se politizó demasiado: usar una máscara facial es algo político y la gente que está en contra, ve la simbología de “nos están callando”, una estupidez. Es una medida de salud pública para prevenir el contagio, los estudios indican que si todos la usan consistentemente por seis semanas se detiene su propagación, se frena el problema urgente, dando tiempo a la ciencia de generar una vacuna. Quienes se oponen son como los antivacunas, gente muy peligrosa.

-Hablás del virus más mediático pero en los 80 no había la tecnología actual. ¿En qué cambia y por qué?

Infectólogo Pedro Cahn director de la Fundacion Huesped. Foto: Germán García Adrasti

-Refiere a los medios de comunicación tradicionales: radio, diario, TV, y después fue internet. Impacta en la medida de que hay sobreinformación y siempre se recomienda ir a las fuentes fiables. En palabras del doctor Pedro Cahn, nunca hay que olvidar que quien más consume esa información es el paciente, sus familiares o amigos. Hay que ser cuidadosos y ahora más, con la información falsa. El problema es cuando viene de tus propios “líderes”, del Gobierno. Si tu presidente te dice que la hidroxicloroquina puede curarlo y disemina disparates, la función y responsabilidad del periodista es volver a la fuente, citarla (se hace cada vez menos). Es como la repetición del “usá condón”, hasta el cansancio. Ahora hay que decir que si tienen dudas consulten a su médico, una voz autorizada; hay que escuchar a la ciencia. La gente tiene derecho a la información y a saber qué pasa, pero también debe saber qué tipo de información le das. El tema es cómo darla, y lo que nunca sirve -menos en estos casos- es el sensacionalismo: si estás diciendo cuántas muertes; decí cuántos recuperados, mucha gente se recupera…

–¿Qué resultó del encuentro entre ciencia y activismo, y su exposición mediática?

–Las consecuencias fueron fuertes. Se relaciona con cómo se paraban los médicos, los activistas, enfrentando a quienes manejan los precios de los remedios… Un caso: en San Francisco el abordaje del tema en medios impactó positivamente en las políticas de la ciudad. La cobertura tiene peso. Cuando los medios argentinos lo toman como noticia, surgen marchas y presiones al ministro de Salud, Alberto Mazza (1993-1999); se comienza a presionar a las farmacéuticas e involucran también los organismos internacionales (ONUSIDA, etc.): logran bajar esos precios. Las organizaciones sin fines de lucro conectaron a toda la gente con la atención y el cuidado del VIH, hizo una diferencia en el acceso a los tratamientos y, a la vida. En 1996 aparecieron los cócteles de droga y la condición pasó casi a ser crónica.

-¿Cómo influyen los casos de las celebridades internacionales, portadoras de VIH?

–El impacto de los famosos en la salud es fuerte. Cuando Charlie Sheen dijo en TV que tenía el virus, subió la venta de los tests “VIH en casa”. La estrella sirve como vocera.

Charlie Sheen. Foto: REUTERS/Mario Anzuoni

–¿Qué sucede con la exposición pública de una enfermedad?

–Una condición médica es algo privado. La persona debe decidir si decirlo o no. El registro de casos es público pero anónimo. Y debe haber confianza en las instituciones, de que realmente respeten la privacidad.

–Hablás de las inequidades en ambos países. ¿A cuáles te referís? ¿Qué falta mejorar?

–En ambos hay brechas enormes en el acceso a la salud, el virus es como un misil que va hacia la población vulnerable. La inequidad tiene distintos niveles: el de la salud de las comunidades, la vulnerabilidad y esa inequidad médica inherente a ella. Hay paralelismos, en los primeros años del VIH era el desconocimiento, la discriminación –de médicos que no querían atenderte por estar “infectado”– y por los costos de los tratamientos, eso cambió. El problema con el covid es que hay quienes no llegan a atenderse por falta de recursos, si el caso es grave, se muere en casa; o los hogares multigeneracionales, ¿qué hacés si hay diez personas en dos cuartos?

-¿Se puede mejorarlas?

–Es inexplicable que aún los sistemas de salud pública no sepan qué hacer ante la emergencia de una pandemia (China y EE.UU. a nivel científico tienen lo mejor). Hay medidas como la cuarentena que se podrían haber tomado antes. Veo una mentalidad un poco primaria: “Pasa en China, está lejos”… es ridículo. En un mundo globalizado un virus puede viajar de China a Boston o Buenos Aires en 15 horas: no necesita visa.

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