Paradojas del progreso – Clarín



Declarar que la humanidad siempre temió a la muerte es un lugar común. Sin embargo, la explosión del conocimiento científico-tecnológico de los últimos siglos abrió cauce al sueño de nuestra especie de dominar la naturaleza y prolongar la existencia hasta alcanzar altas esperanzas de vida; sin vencerla definitivamente, al menos hoy a la muerte se la posterga.

De resultas de ello, las sociedades más avanzadas están pobladas de viejos, cargan con una seguridad social costosa y para muchos insostenible, las familias ya no acogen como antaño a los ancianos y los geriátricos se han convertido en una institución social.

A esta última etapa de la vida la conmueve la irrupción de la pandemia del coronavirus. Si en el mundo la edad promedio de los afectados es de alrededor de 43 años, la edad promedio de los fallecidos ronda en torno a los 75 años.

La paradoja del progreso esta pues a la vista. Las conquistas de la ciencia que han alargado la vida abonan ahora la cosecha de la naturaleza: se van los viejos o, como ha dicho Michel Wieviorka, su reclusión forzada atenazada por el miedo implica asimismo una “muerte social”.

Desde luego esta no es la única paradoja porque, en el último medio siglo, una urbanización desbocada ha sembrado al planeta de megalópolis. En estos conglomerados habitan tanto la vejez como las desigualdades más evidentes radicadas en nuestras villas miseria, ahora denominadas barrios populares.

Las megalópolis no son efecto necesario del progreso; son también producto de políticas erróneas que favorecen la centralización, el clientelismo y unas relaciones sociales basadas menos en el trabajo que en el subsidio y la dádiva.

Este es el cuadro que a diario padecemos. Lo que pronosticamos hace un par de meses en esta columna se ha confirmado: cerca del 70% de los infectados por la pandemia está en el AMBA, la megalópolis formada por la capital y el conurbano bonaerense. En ella refulgen signos de progreso sobre el escenario oscuro de la declinación económica y social.

En semejante circunstancia la política adquiere un doble perfil: está sometida a los cambios que impulsa la pandemia y, por otra parte, arrastra consigo tradiciones y conformaciones de regímenes y partidos difíciles de doblegar. Esta relación tendida no es propia de la Argentina. Las naciones libres que mejor han respondido a la pandemia son aquellas que conjugan buenos regímenes políticos con liderazgos innovadores, en particular femeninos.

Tal es el caso de Alemania, Dinamarca, Irlanda y Nueva Zelanda sin desconocer, en clave masculina, el ejemplo de Uruguay. Tambalean en cambio las naciones que combinan buenos regímenes con liderazgos regresivos (Estados Unidos y en menor medida Gran Bretaña).

Estos fenómenos dan cuenta de lo que ya hace más de 50 años Raymond Aron llamaba “la dialéctica de la universalización” (la palabra globalización no estaba todavía de moda). Por un lado, la simbiosis entre ciencia, tecnología y economía que trasciende fronteras y abarca el planeta; por otro, el particularismo de los Estados que, sumando poder militar y económico, sigue marcando el paso de las relaciones internacionales.

La pandemia impone a esta dialéctica nuevos rumbos. La globalización económica sufre con estrépito, la globalización científico-tecnológica despierta fundadas expectativas al paso que aguardamos los antivirales y vacunas capaces de contrarrestar esa generalizada infección, y la globalización política solo muestra datos positivos en algunas regiones (no la nuestra) mientras las grandes potencias prosiguen ese antiguo juego del poder entre belicoso y pacífico.

Se verá al respecto qué interés prevalecerá en la distribución de las vacunas el año entrante; si continuaremos aferrados al interés nacional o a una visión más cooperativa y menos agresiva para un mundo en ascuas.

Por lo visto, son diferentes los rasgos de la pandemia al contrastarlos con los países que la reciben. Ello se debe a que la pandemia es una fuerza de la naturaleza de la que puede hacerse uso por motivos diversos. Llevado al límite se trataría, como en las artes marciales, de utilizar la fuerza del contrario en provecho propio. Habría entonces que preguntarse con qué finalidad busca contenerse en nuestro país esta irrupción de lo inesperado. ¿Consistirían estos objetivos en robustecer la legitimidad del Estado que es patrimonio común, o servirían acaso para satisfacer propósitos facciosos de quienes ocupan parcelas del Gobierno?

Hasta prueba en contrario, la respuesta bascula en la indefinición, como si a la valiosa intención de concertar en medio de la crisis se añadiese la acción de una minoría organizada (me refiero al kirchnerismo), dotada de un liderazgo sobresaliente aunque agonal y divisorio, que obra con el ánimo de controlar sectores estratégicos de la administración y de echar un manto de impunidad sobre los juicios por supuestos delitos de corrupción.

En esta exaltación de un pasado cuyos lunares malignos deben ser extirpados destaca la regla de oro de la confusión. Al poner en duda con varios artilugios los hechos que se transmitan en sede judicial, lo que importa al cabo es que hayan sido expuestos con estilo militante y que sean creídos. De nuevo la difusión de un relato con variedad de anuncios tácticos en forma de declaraciones junto con el arranque de investigaciones al gobierno saliente.

Estas tensiones impregnan un mandato presidencial con alto grado de aprobación condicionado por el cansancio en la sociedad y el agotamiento de la economía debidos a las cuarentenas. A corto plazo, las urgentes negociaciones en curso acerca de la deuda bajo legislación extranjera, que podrían llegar a buen término ahuyentando el riesgo del default, y las eventuales reformas a la Justicia ofrecerán alguna pista en este contrapunto.

Son decisiones que incumben al Congreso y se inscriben en un contexto de extrema precariedad que demandaría abrir el abanico del consenso entre gobernantes y opositores.

Natalio R. Botana es Politólogo e historiador. Profesor emérito de la Universidad Torcuato Di Tella.

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