“Papá, saliste a desafiar al virus, pero sabíamos que era una pelea desigual”



LA CARTA. Don Tito, Juanca, Juan Carlos, señor Rienzi. Papá, amigo, compañero, secuaz, cómplice. Son muchas las formas que yo tenía de llamarte, así como también la tenían tus amigos, familiares y compañeros. No se enseña en ningún lugar a afrontar una pérdida tan grande como implica la de un padre. No hay lugar donde se pueda aprender. Tampoco enseñan a afrontar la de un hijo o una hija, y eso pasa a diario en todas partes del mundo.

Cuando escuchamos a los médicos infectólogos e infectólogas aconsejarnos sobre quedarnos en casa haciendo cuarentena, al principio los mirábamos con cierta desconfianza. Y esa desconfianza, creo, es la que dura hasta que te impacta de lleno en tu propia vida, en tu propio círculo familiar y de amistad cercano. Cómo fue mi caso. Nuestro caso.

Todavía me estoy preguntando cómo poder escribir el dolor que esto me provoca, y eso que escribo desde los 16 años. Y no sé cómo hacerlo. Me digo entonces que debe ser imposible escribir este dolor, y sin embargo acá estoy. Haciendo lo imposible. Porque las personas grandes, como llegó a ser mi padre, dejan una marca tan importante en los otros, una huella tan indeleble, que se me hace difícil escribirle esta carta de despedida a mi padre. ¡Cuando fue mucho más que un padre!

Los tres. Sergio, su hija Helena y Juanca.

Entonces tengo que repetirme, tengo que volverlo a conjurar como un mantra, insistir. Tito, Juan Carlos, Juanca, señor Rienzi. padre, amigo, compañero, secuaz, cómplice. Tantas aventuras juntos, viejo, y el virus más letal de los últimos tiempos se vino a meter con vos. ¿O fue al revés ? Sí, creo que fue al revés, reconstruyendo los hechos.

Vos te escapaste del confinamiento que te había diseñado, porque siempre fuiste un perro callejero, nunca te pudieron domesticar, como a tu amigo blusero Adrián Otero. Y los perros callejeros son así, imparables, deseosos de respirar aire fresco, de la fricción cotidiana, del roce, de la conversación, del ladrido en vano o no, de morder y perseguir ruedas de autos que son inalcanzables.

Vos te escapaste del confinamiento, y saliste a desafiar al coronavirus. Todos sabíamos que era una pelea desigual. Menos vos”.

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Claro, ahora que reconstruyo los hechos, me doy cuenta de que fue al revés. Vos saliste a desafiar al coronavirus. Saliste a buscarle pelea. Fuiste un rival más que digno, con tus 77 años recién cumplidos; con tu diabetes tipo 2, tu leve hipertensión y tu apnea no tratada de sueño. Todos sabíamos que era una pelea desigual. Menos vos. Vos y tus mil chalecos similares pero distintos, que usabas y seleccionabas todos los días para ir a fuera.

Y saliste en el último tiempo, como si el virus fuera poca cosa para vos, como si no fuera rival tuyo. Y bajo otras circunstancias le hubieras ganado holgadamente. Pero a todos nos toca perder alguna vez. ¡Lección aprendida!. Incluso a los grandes.

Fuiste un perro callejero hermoso, luchador, trabajador, orgulloso, visceral, apasionado, comprometido con tu causa y con la sociedad, siempre ayudando a la comunidad, a tu barrio, a Mataderos de donde surgiste. Ayudando a todo el mundo, en realidad. Así somos. Ese es tu legado, y voy a hacer lo imposible para llevarlo a otros niveles. A otra escala mayor. Era imposible mantenerte recluido en una cajita de cristal durante seis meses, un año o vaya a saber cuánto más.

Por eso esta carta es de despedida para vos. Una despedida que nunca se va a llevar a cabo porque nunca te vamos a poder terminar de despedir. Vivís entre nosotros, con todas tus anécdotas imborrables, entre tu nieta y y todos y todas los que te aman.

“Los médicos son nuestros héroes y heroínas. No los busquemos en Marvel”.

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Don Tito, Juanca, Juancito, Juan Carlos, señor Rienzi, papá, amigo, compañero, secuaz. Cómplice. “¡Hasta siempre!”. Acaso esta frase no es de las más hermosas que se le puede decir al más querido de sus amigos. Te veo en nuestro Clifton, en nuestra droguería, en nuestro barrio. No te pierdas amigo.

No obstante eso, mi agradecimiento al equipo de cuidados intensivos e intermedios del Hospital Alemán, que trabajó incansablemente ayudándolo en esta lucha. Ellos son nuestros héroes y heroínas. No los busquemos en Marvel. Están acá, caminando entre nosotros.

Sergio Rienzi

rienzisergio@hotmail.com

EL COMENTARIO DEL EDITOR

Un homenaje y también una solidaria lección

Sergio no lo niega. Y se lo regaña en la carta a su padre cuando reproduce los recuerdos: “Vos saliste a desafiar al virus, y sabíamos que era una pelea desigual”. Escribir desde el dolor es difícil, se mezcla allí el amor y la pena. Más aún cuando queda pendiente esa despedida que se interrumpe por decreto.

Pero el lector logra calmar esos sentimientos y transforma su pesar en un homenaje a un hombre de barrio, solidario, trabajador y muy querido. Su hijo toma ahora la posta de ese legado. Y ser el emisario de un padre que ya partió, con todo lo que eso conlleva, es el mayor orgullo que un hijo puede heredar. Y lo hace notar en cada línea. Lo demás se supera con el tiempo, dicen.

Es verdad que la cuarentena ya fastidia y causa hastío. Pero en ese claroscuro, entre la rutina que asfixia y el coronavirus que no cede, la conciencia a veces conspira.

Ante esa desdicha, Sergio concientiza para despabilar a aquellos que todavía no aprendieron la lección: “Hay muchos y muchas allá afuera como mi papá, y les pido que se cuiden. Guárdense para batallas que se puedan ganar. Para sus nietos y nietas, para viajar, compartir mesas familiares y con amigos. Para las Fiestas. Guárdense para un país mejor, que sepa evolucionar con un sistema sanitario más robusto, equipado y más preparado”.

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