¿Otra vez el Club de la Pelea?



Hace seis meses que hay un nuevo gobierno en la Argentina. Días antes de que se produjera el cambio de autoridades, el 1° de diciembre de 2019, publiqué un artículo titulado “Desarmar el club de la pelea política” en el que decía: “En pocos días asume el nuevo gobierno y renuevo mi optimismo en que el diálogo se imponga a la maldita pelea.” (…) “¿Es difícil? Pero claro que es difícil. Sin embargo estoy convencido de que un consenso amplio no solo es posible sino imprescindible para terminar con un ciclo de agonía”.

No podía en esos momentos saber que un matiz inédito iba a irrumpir en la realidad argentina: cuando se estaban constituyendo los equipos de los ministerios para comenzar la gestión, inesperadamente apareció el cisne negro y el mundo entro en pánico. La revolución de las comunicaciones hizo lo suyo y desde entonces hasta hoy, todos los días recibimos noticias globales que siembran el miedo, que se reproduce a la velocidad propia de la época que nos toca vivir.

Ante este hecho, la clase política argentina, cuestionada por una sociedad que descree de ella, se vio sorprendida y reaccionó favorablemente; todos se reunieron en torno del Presidente y decidieron enfrentar así la pandemia.

No hubo peleas. Fue un ejemplo para todo el continente.

El clima de convivencia y confianza se mantuvo durante la primera cuarentena. En medio del miedo y la confusión que provocó el fenómeno, surgió como saldo a favor la evaluación positiva que recogían las encuestas, fruto de lo certero de las medidas y de esa ansiada unidad, por la que vengo bregando desde hace cuatro décadas, y que es uno de los mayores deseos de todos los argentinos.

Inexplicablemente, hoy estamos peleando nuevamente como perros y gatos. Hemos retrocedido y recreamos una vez más el Club de la Pelea. Otra vez se hace evidente que gran parte de los dirigentes políticos jerarquizan el insulto y rechazan el diálogo.

Ejemplos que lo ponen de manifiesto sobran: un ex gobernador pide la independencia de su provincia para constituir un nuevo estado. Otro sostiene que al ex presidente Macri habría que fusilarlo en la Plaza de Mayo frente a todo el pueblo.

Un dirigente, desde Córdoba, pide que el Coronavirus “haga una limpieza étnica” (…) “que se quede en La Matanza” y tengamos “5 o 6 millones de negros menos”. Una funcionaria del Congreso, ante un fallo que no fue de su agrado, advierte a la Corte Suprema de Justicia que debe decidir “si los argentinos vamos a escribir la historia con sangre o con razones”.

¿Qué nos pasa? ¿Nos volvimos locos los argentinos?

No lo creo. Pienso que nuestra histórica tendencia a la pelea se ve hoy fuertemente potenciada por un dato insoslayable: la dirigencia, al igual que la sociedad, está psíquicamente alterada por la peste.

Políticos de renombre, que habían sido prudentes en su trayectoria, reaccionan ahora en forma agresiva. Ante cualquier hecho luctuoso las dirigencias se alinean ideológicamente, quebrando todo código de ética, ya sea el caso del fiscal Nisman, el de Santiago Maldonado o el del recientemente asesinado Fabián Gutiérrez. Debiera comprenderse que la falta de ética de esas manifestaciones deteriora cada vez más las instituciones de la República.

Hay un pueblo que una vez más votó con esperanza y que hoy se ve nuevamente defraudado. Los políticos parecen ignorar que el pueblo no los elije para que se peleen, sino para que resuelvan los problemas. Que son muchos y cada vez más graves.

Para citar una vez más mi artículo, un país que en diciembre estaba “pisando el 40% de pobreza, viviendo un proceso de exclusión social nunca antes visto “(…) “condenando a las nuevas generaciones a la frustración, a la marginalidad, al delito”. Un país en el que “el mundo financiero destruye impunemente el aparato productivo y sepulta la cultura del trabajo que en otros tiempos moldeaba la conducta ética de la sociedad y del Estado” seguramente no saldrá mejor de esta pandemia. Todo lo contrario.

Hoy nuevamente me pregunto: ¿Es difícil que el diálogo se imponga a la pelea? Y vuelvo a responderme: sí, es difícil. Pero no imposible. Personalmente, estoy convencido de que el futuro argentino sólo podrá modelarse con una nueva institucionalidad, que privilegie los consensos, que favorezca la creación de grandes coaliciones de gobierno y que esté dispuesta a terminar de una vez y para siempre con la corrupción estructural. En una Argentina así, las peleas, las descalificaciones y los insultos serán simples rémoras de un pasado al que nadie querrá regresar.

Eduardo Duhalde es ex Presidente de la Nación.

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