“No puedo respirar”, el lema que acorrala a Donald Trump



Lo que acaba de estallar en Estados Unidos es cualquier cosa menos una sorpresa. En medio de las restricciones y la recesión descomunal que ha disparado la pandemia, La población negra de ese país viene sufriendo un aislamiento que es muy anterior a esta enfermedad. La furia que regó de protestas y violencia el país tras el asesinato brutal del hombre negro George Floyd, es un emergente de ese disgusto.

Ese contexto demuele la simplificación de que esta pueblada ha sido una reacción excluyente por ese crimen. La muerte de Floyd a manos de la policía gritando agónico “no puedo respirar” ha sido en todo caso la espoleta de un largo resentimiento. Por cierto todo el episodio rosa las calamidades de la enfermedad. La población negra, entre otras minorías como los latinos, es una de las que más ha contribuido en la larga montaña de víctimas y desocupados que ha regado el coronavirus, esencialmente debido a sus condiciones de vida cotidiana.

La peste ha arrasado a esas poblaciones. En Nueva York afecta a los afroestadounidenses de manera desproporcionada con 28% de las muertes por coronavirus cuando constituyen 22% de la población. Y es solo un ejemplo. Minneapolis, donde se produjo el crimen, es un escenario nítido de esos desequilibrios. Una ciudad prospera y liberal que convive con una palpable segregación e inequidades. A ese fenómeno social de larguísima data, se lo ha llamado la “paradoja de Minessota”, el estado que contiene a esa ciudad y su gemela San Paul, la capital estadual.

Las marchas en Minneapolis. REUTERS

Según datos de diferentes investigaciones periodísticas, incluido uno de la BBC, aun antes del desastre de la pandemia 10% de los residentes negros eran desempleados contra solo 4% de los blancos. El ingreso promedio de la población negra ronda los 32 mil dólares, contra 76 mil de sus vecinos blancos. El 32 por ciento de los negros en las dos ciudades gemelas, viven bajo la línea de pobreza contra 6,5% de los blancos. En ambas ciudades también fue una regla que los negros con algún soporte económico no pudieran acceder a viviendas en determinados barrios.

El efecto nacional que ha tenido este suceso que convirtió en un lema significativo “no puedo respirar” se explica en una métrica que, con distintos niveles pero parámetros similares, se refleja en todo el país en el espejo roto de Minneapolis. Es una crisis que interpela de modo directo al gobierno de Donald Trump que ha estimulado la grieta racial, incluso con elogios a los supremacistas blancos que se fortalecieron en estos años.

El presidente no se solidarizó con el dolor de la gente tras el impactante asesinato y el video que viralizó la agonía de Floyd. En cambio, en un tweet de madrugada calificó abiertamente de “matones” a los protagonistas de la pueblada, sin detenerse a analizar las razones profundas de la violencia que siguió al crimen. Una encuesta de The Washington Post que consignaba la corresponsal de Clarín en Washington, Paula Lugones, estableció recientemente que ocho de cada diez negros describen al mandatario como racista y 9 de cada 10 desaprueban su desempeño general. Pero el día después de los graves incidentes, Trump volvió a la carga descalificando a las protestas y describiendo a los manifestantes como activistas “dirigidos profesionalmente”.

El presidente actúa de este modo jugado a las elecciones de noviembre. Es su único vector y radican ahí las explicaciones de la mayoría de sus decisiones de las últimashoras, incluso la ofensiva que acaba de descargar sobre China y la ruptura con la OMS, a las que responsabilizó con mayor fervor que en ocasiones anteriores, de todas la calamidades que causó la enfermedad.

Un manifestante desafía a la policía en Atlanta. AFP

La urgencia del magnate presidente por hallar un culpable que lo libere de responsabilidades por la crisis, debe medirse en la intención de recuperar iniciativa política para aferrarse a la reelección en aquellos comicios donde hoy nada es claro. En base a esa preocupación que lo rebasa, Trump rompe los límites y avanza sobre las redes sociales, particularmente Tweeter y Facebook. La estrategia es dudosa. En principio coloca en un lugar de serenidad a su rival demócrata Joe Biden que aprovecha políticamente la diferencia tajante de comportamiento y liderazgo que produce el presidente renuente, como siempre, a cualquier mensaje de moderación y autocrítica. “No puedo respirar”, es el lema de este peculiar momento. 

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