Natalia Oreiro y Rusia: nieve, frío, maternidad y una increíble historia de amor



En Rusia, Natalia Oreiro es ídola, ídola, ídola. Un ser supremo, una deidad. Y sus admiradores, para homenajearla, le regalan de todo: muñequitos, flores, chocolates… El obsequio más curioso fue, sin dudas, una mamushka, una de esas muñecas que se encajan una dentro de otra, pero, en este caso, con un diseño llamativo, muy particular: llevaba pintada la cara de su marido, Ricardo Mollo.

Esto y mucho más se podrá ver en el documental Nasha Natasha (Nuestra Natalia), que se estrenará en Netflix el 6 de agosto.

Con dirección de Martín Sastre, la película se basa en la gira que hizo Oreiro por Rusia en 2014, un viaje en el que, durante 45 días, cantando Tu veneno y Río de la Plata, entre otros de sus grandes éxitos, recorrió 45.000 kilómetros y atravesó 16 ciudades. Un periplo intenso, descomunal. Inolvidable.

Encendida, Natalia viajó, junto a un equipo de 30 personas, en avión, micro y, también, en el tren Transiberiano.

En los trayectos cubiertos de nieve, en el escenario o en el camarín, las imágenes son impactantes, conmovedoras.

Al mismo tiempo, el documental describe los momentos más trascendentes de la vida de la artista uruguaya. Su infancia en el barrio Cerro de Montevideo. La estadía junto a su familia en España. Su debut, para los tampones OB, como modelo publicitaria. El día que ganó el concurso de Paquitas para formar parte del programa de Xuxa (el auto que le dieron como premio lo vendió para instalarse en la Argentina). El éxito con el programa Muñeca brava…

También hay, como se dice, “material inédito”: su fiesta de 15, su casamiento “secreto” con el líder de Divididos en un barco frente a una playa de Brasil, la vez que se puso a bailar mostrando su portentosa panza de embarazada, poco tiempo antes de que naciera su hijo Merlín Atahualpa.

No faltan los testimonios, por supuesto. Además de los padres y la hermana de Natalia, en Nasha Natasha hablan algunos de sus mejores amigos, como Rosita, compañera del “liceo”, y Facundo Arana, el “Ivo” que se enamoraba de “La Cholito” en Muñeca brava.

Natalia Oreiro, en “Nasha Natasha”, lookeada como en “Muñeca brava”.

“Siempre que voy a Rusia, me gusta llevara a algún familiar o algún amigo”, le explica Natalia a Clarín, vía zoom, mientras se acomoda el pelo lacio, sedoso, como recién salido de un baño de crema. “Me gusta compartir con ellos el cariño que me da la gente de allá”.

Y sigue: “Para la gira de 2014, le pedí a Martín (por Sastre, el director), que me acompañara. Con las imágenes que él tomó, hicimos este documental. Fue un placer. Me sentí muy cómoda. Y por eso muestro algunas cosas que suelo reservar… Cuando filmamos en la casa de mi abuela en Uruguay, por ejemplo, sentí una emoción incontrolable. Y me desarmé”.

Cuando se le pregunta por qué cree que en Rusia la aman tanto, Natalia, muy amable, responde: “Me cuesta ponerlo en palabras. Tenemos un vínculo sentimental, que trasciende las novelas, la música… Es algo transgeneracional”.

Y ensaya: “Allá, Muñeca brava se empezó a ver en 1999, en un momento de grave crisis económica, en el que el padre y la madre de cada familia tenían que salir a trabajar. Entonces, los chicos se quedaban al cuidado de sus abuelos. Y miraban la novela juntos. Por eso, también, mi vínculo con los rusos no tiene género: yo voy, llego al aeropuerto de Moscú, y me saluda el señor que me ayuda a transportar las valijas… No es algo sólo femenino. ¡Es muy lindo lo que sucede allá! Además, el público se fue renovando: las chicas que crecieron conmigo y hoy tienen 30 años, ahora vienen a verme con sus hijos”.

Es increíble ver cómo los rusos cantan los temas de Oreiro en español. O cómo hacen el pasito de Gilda, una de las cantantes favoritas de Natalia.

“Sí, es tremendo. Hace algunos años, en Rusia hice una gira que se llamaba Cumbia and hits, en la que el show se dividía en dos partes: había un segmento con canciones de Gilda y otro con canciones mías. ¡En Rusia conocen la cumbia, porque a mí me encanta!”, arriesga Oreiro.

En el documental también queda claro que en el país de Putin hace mucho frío. “¿Cómo hacía para sobrellevarlo? Me ponía dos pantalones, tres pares de medias… En Siberia, por ejemplo, con 30 grados bajo cero, el estornudo no llega al piso: se congela antes. Los ambientes, por suerte, están muy bien calefaccionados. Y lo que más se nota es el contraste con el exterior”.

Natalia Oreiro, sobre el escenario.

De todas maneras, más allá del frío, lo más complicado de la gira para la artista fue el tiempo que no compartió con su hijo.

“En aquel momento, él tenía dos años. Si lo extraño ahora, que tiene ocho, imaginate cómo sufría en aquel momento, cuando todavía lo estaba amamantando… Por eso, viajó a Rusia con mi hermana, al principio de la gira, y volvió a ir al final con Ricardo. En el medio estuvimos 25 días sin vernos. Yo tenía miedo de que, cuando nos reencontráramos, él ya no quisiera tomar la teta. O que yo ya no lo pudiera dar. Por suerte, ¡se prendió enseguida!”, suelta, orgullosa del vínculo con su heredero.

Natalia Oreiro, entre sus fans rusas: la quieren como a Maradona en Nápoles.

-También se ve que, cuando tu esposo y tu hijo estaban en Buenos Aires, se contactaban a través de videollamadas.

-Con Ricardo me comunicaba así, pero Atahualpa no quería saber nada. Para los chicos, estás o no estás. Es como que, si no te ven, no te extrañan. 

-En otra imagen, aparece tocando la guitarra y pisando el pedal wah wah igual que su padre. ¿Qué edad tenía cuando hacía eso?

-Dos años.

-Parecía más grande.

-Sí, es cierto, parecía más grande. Es que Atahualpa habla mucho desde que tiene un año y medio (se ríe con ganas).

Luego, sobre la experiencia de viajar en el tren Transiberiano, Oreiro comenta: “Fue algo fascinante. A mí me encantan los trenes. Siempre que viajo a algún país, trato de hacer algún viaje en tren. También soy una apasionada de Ferrocarriles Argentinos… Es más, algunos fans de Rusia me han regalado faroles originales de trenes que se usaron en la Segunda Guerra. Los guardo con mucho cariño… El ruso tiene una relación muy particular con los regalos. Es su manera de demostrar su amor. Es como si te dieran una parte de ellos para que se quede con vos. Cada vez que voy allá me dan muchísimos regalos. Es más, una habitación la destino sólo para eso”.

Natalia se siente muy cercana a la cultura rusa. Como si dijera “che” en porteño o “que pasen bien” en montevideano, el idioma de Tolstoi y Dostoievsky lo maneja con fluidez. “Lo fui aprendiendo en tantos viajes”, señala.

“Además, cuando hice la serie Al ritmo del tango, viví un tiempo allá. Y lo estudié con una profesora. En 2013, cuando trabajé en Wakolda, de Lucía Puenzo, tenía que hablar en alemán. Y la persona que me enseñaba el idioma me decía: ‘te sale alemán con acento ruso’. El idioma ruso es muy musical. Parece raro, pero yo lo siento muy cercano… En general, eso es lo que me pasa con Rusia. Cuando fui por primera vez, en 2001, me llevaron a la Plaza Roja de Moscú. La gente no me parecía nada fría. Al contrario. Además, era verano… Si te conocen, los rusos son muy demostrativos… Yo veo a las mujeres rusas, y a las mamushkas, y me encuentro muy parecida a ellas. Es más, según una aplicación, los rasgos de mi cara son en un 57 por ciento parecidos a los rusos y sólo en un 2 por ciento a los latinos…

​Las rusas la ven como si fuera una hermana, una prima, alguien de la familia. “Además, mi nombre es muy común allá: está lleno de Natashas”.

Oreiro dice que tiene rasgos rusos: es así.

Por estos días, el trámite de Oreiro para conseguir la ciudadanía rusa está en camino. Sería, por qué no, una triple ciudadanía: uruguaya, argentina y rusa.

“Mi vida sucede aquí, por supuesto. Y no es que me voy a ir a vivir a Rusia, pero sacar la ciudadanía de ese país sería algo simbólico, un acto de amor hacia ellos”, señala.

La vida en cuarentena

-¿Cómo está tu relación con Uruguay? ¿Cada cuánto volvés al barrio Cerro de Montevideo?

-Cada vez que puedo, vuelvo a mi barrio. Voy a la escuela, colaboro con lo que pueda… Mis padres ahora viven en otra zona de Montevideo. Y, además, tengo una casa en Carmelo. Siempre estoy yendo y viniendo.

Eso, claro, cuando no había coronavirus. Ahora, Natalia está confinada. Entre otras actividades, durante la cuarentena abrió una cuenta de Instagram.

“¡Lo que puede la cuarentena!”, le pone onda.

“No, en serio. No puedo decir que estoy como la mayoría de las personas. No sería real. Soy una privilegiada: me puedo quedar en mi casa, que es amplia, con jardín. Mi hijo está muy bien, puede correr, tiene su gato, su perro, se comunica con sus amigos a través de videollamadas… Además, compartió mucho tiempo con su papá y su mamá, que es lo que más rescato de estos meses de confinamiento. Pero sé que, en general, hay muchos problemas económicos y emocionales. Es preocupante. Como soy embajadora de Unicef, me llegan datos duros. Hasta antes de la pandemia, en la Argentina había siete millones de chicos pobres. Y ahora se calcula que ese número llegará a casi ocho millones. Es muy doloroso. En estos días se pone mucho el foco en los adultos mayores, y está muy bien que se haga eso desde el punto de vista médico, pero los chicos son las víctimas invisibles. Los chicos, por ejemplo, ahora no pueden ir a la escuela, donde no sólo van a aprender: también van a comer, a expresar situaciones de violencia que viven en sus casas…”.

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Los proyectos por venir

Se sabe: Oreiro no sólo canta. Hasta hace dos años, junto a su hermana Adriana, conducía Las Oreiro, una marca de ropa. Pero dio un paso al costado. “Se sigue llamando Las Oreiro, pero ahora es un emprendimiento exclusivo de mi hermana. Ya no formo parte. No puedo tener algo si no me vinculo físicamente”, aclara.

Como actriz, en 2020 Natalia iba a formar parte del estreno de tres películas, en abril, mayo y agosto: La noche mágica, con Diego Peretti; Las rojas, con Mercedes Morán; y Hoy se arregla el mundo, con Leo Sbaraglia.

“Ahora se está viendo cuándo se van a poder llevar a la pantalla. En abril, también, iba a hacer otra gira por Rusia. Y en mayo iba a empezar a filmar una serie sobre Santa Evita, la novela de Tomás Eloy Martínez. Pero se paró. Y en eso estamos: reacomodando la agenda”, dice.

“Iba a ser un año muy diverso”, concluye. “Los lunes, en Uruguay, conduzco el Got talent. Un reality que se hizo en el verano”.

WD

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