Mundos íntimos. A mis nietos les deseo que se hagan oír pero sin gritos, que jamás dejen la risa y que sepan cuándo toca llorar



Imaginen que esta nota es una carta para guardar en el baúl del destino de ustedes cuatro, mis amados nietos, y que sólo será abierta cuando ya hayan empezado a construir sus propias familias y recuerden los días de la pandemia como un sobresalto del pasado. Unas líneas escritas mientras días y horas se consumen en las renovadas cuarentenas como una alegoría del espanto, todos estamos, de alguna manera, “Esperando a Godot”. La obra del dramaturgo irlandés Samuel Beckett cuenta las peripecias de un par de inciertos vagabundos, quienes al costado de un camino esperan a un tal Godot, entablan vínculo con un niño que aparece como mensajero de la misteriosa espera, en tanto que otros personajes se suman a la vigilia.

En verdad, nadie sabe qué o quién es Godot ni si alguna vez lo verán. Del mismo modo que ignoramos cuándo llegará el famoso “pico” del coronavirus Covid-19, la pandemia que nos alborota la sensación de finitud, o si alguna vez podremos “achatar la curva.” En estos días, la trama sobre el imaginario Godot no se trata de una tragicomedia en dos actos, como la obra de Beckett, sino que desde el 20 de marzo ya lleva tediosos capítulos, en los que cada día nos corren un poco el arco. Al amanecer siguiente todo vuelve a empezar: nos dicen que hoy es mañana, que mañana es pasado, siempre con la sombra amenazante de un Godot que no termina de llegar a su máximo potencial de daño. El desafío nos pone en nerviosa penitencia. ¿Cómo sobrevivir a este desasosiego de estar obligados, justamente, a sobrevivir sin saber si habrá un naufragio colectivo?

Los cuatro. Con el abuelo cuando fue distinguido Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad.

Tanto recelo me hace pensar mucho (a fuerza de extrañarlos aún más) en mis cuatro nietos. Los presento por orden de aparición: Luna (“Reina”, 14); Tobías (“Campeón”, 12); Irupé (“Princesita”, 9) y Benjamín (“Ardillita Rubia”, 7). La ausencia de ellos me llevó al empeño de tenerlos cerca de un modo diferente al de las videollamadas. Así fue que un día de estos días siempre interminables, busqué las cajas donde dormitan papeles queribles, dibujitos con trazos de infantil ternura, fotos que capturaron retazos de vida que fue, con ellos siempre como protagonistas. En ese cofre mágico que organicé para que alguna vez ellos lo exploren, rescaté la más hermosa y precisa definición sobre los abuelos y el abuelazgo. Le pertenece al doctor en medicina y cirugía infantil Enrique Orschansky, autor de libros, charlas TED, participante frecuente de seminarios, debates, foros profesionales, paneles mediáticos. Sabe lo que dice y lo dice con palabras bellas. Los abuelos -explica- son “constructores de infancia” y el abuelazgo “constituye una forma contundente de comprender el paso del tiempo, de aceptar la edad y la esperable vejez”. Es un texto que leo y releo. Impacta su sencilla sabiduría. Los nietos, con su llegada, nos cuenta Orschansky, “significan que es posible la inmortalidad, porque al ampliar la familia, ellos prolongan los rasgos, los gestos: extienden la vida. La batalla contra la finitud no está perdida…”. Con la pandemia, estas palabras se volvieron un tábano socrático para sacudir del letargo a quien ya se imaginaba abuelo apenas sus hijas exploraban los hechizos bautismales del amor.

En Disney. Un viaje de familia en 2017: abuelos, hijas, yernos y nietos. Para recordar.

¿Qué legado podría transmitirles a esos nietos que vendrían algún día, qué testimonio personal de su abuelo podría honrar ese sesgo aspiracional de inmortalidad que señala Orschansky? Perdón por la cursilería que sigue, sólo aceptable por quienes experimenten el terremoto existencial de “la abuelitud”. Ahora que estos “cuatro soles” iluminan la vida, ¿cómo hacerles comprender cierta pedagogía de la felicidad, transmitirles que, cuando todo pase, vuelvan con urgencia a vibrar con las sensaciones del abrazo, el beso, la caricia, los afectos que traspasan los cuerpos. Que vuelvan a tocar y sentir. Que la vida virtual no es toda la vida.

¿Cómo hacer para que no guarden en la memoria a sus abuelos temerosos, en espera de Godot? Esos mismos abuelos, antes a tiro de abrazo, que hoy apenas asoman sus ojos detrás de la pesadilla de los tapabocas, aquejados por el “mal de la distancia” y la fatiga del aguante emocional. Me pregunto más aún: ¿sentirán alguna curiosidad en saber cómo vivía yo de chico? ¿Cuáles eran mis juegos, cuáles mis sueños, cómo fue que me enamoré de la abuela? ¿Cómo hice de la vida mi vida?

Antes de la peste, estas preguntas no parecían del todo pertinentes. Y no eran urgentes porque lecturas, juegos, viajes y comidas familiares compartidas postergaban el hecho de hurgar las raíces. Ahora, el virus puso el mundo y nuestras vidas en ebullición. El sentido del tiempo, la certeza de la finitud y el miedo al contagio, entre otras cosas, aceleraron los relojes.

Queridos nietos, se van a encontrar con que trabajé de periodista casi medio siglo, entre los 18 y los 65. Todo empezó cuando aún no cumplía los 5 y un episodio marcaría mis días para siempre. Luego, los archivos le pondrían fecha: 3 de noviembre de 1957. Ese día los rusos enviaron al espacio a la perrita Laika, el primer ser vivo en abordar semejante travesía. Jamás olvidé la foto suya en la tapa del diario. No lo sabía, pero con Laika descubrí la noticia. Por eso le pedía a mi madre que cada día me leyera el destino de aquel animalito en su viaje hasta alturas inimaginables. Más allá del Cielo, “donde vive Dios”, me decían antes de que, ya crecidito, aprendiera las virtudes de la refutación. Lo cierto es que aquel relato se volvió pronto casi tan necesario como los cuentos infantiles clásicos de un mundo inocente y sin superhéroes titánicos. Laika me abrió ese Cielo mágico y durante un buen tiempo no dejé de escrutarlo cada noche con ansiedad creciente, como si siguiese la estrella de la noticia.

Nunca les hablé lo suficiente de mis padres, sus bisabuelos. Jamás olviden que, con su dignidad de laburantes, apenas con un paso elemental por la escuela primaria, fueron tan sabios que vieron en las aulas el mejor trampolín para el ascenso social que no pudieron transferirme desde el linaje de sus cunas plebeyas. Su mejor lección fue decirme sin decirlo: “Andá, estudiá mucho, trabajá siempre, tu único límite en la vida es no renunciar jamás a la decencia”.  Siempre estarán en mi memoria junto a mi abuelo José Ciccarelli, actor, cantante y guitarrero exquisito.

Nací y me crié en una cuadra de Villa Devoto, en Tequendama al 3300, entre vecinos solidarios y puertas siempre abiertas al prójimo. Con mis amigos de la cuadra, aún hoy amigos de la vida, jugábamos a las bolitas y a las figu, cazábamos mariposas, convocábamos al vecindario para las fogatas de San Pedro y San Pablo, que armábamos con las ramas sobrantes de la poda, siempre a resguardo del asedio de las tribus cercanas. Vigilias callejeras interminables en noches de crudo invierno. Cada día poníamos a arder la infancia con picados interminables que nos llevaban a acelerar los corazones cuando alguien lanzaba la consigna inspiradora y temeraria: “El que hace el gol, gana”.

Por entonces, en la mayoría de las casas no había televisión, aparato casi desconocido que de a poco iría llegando a cada living del país de posguerra, mientras que su encendido diseñaba una nueva cultura de lo cotidiano. Y éramos felices sin el celu, Internet, las redes o la play. La vida transcurría entre juegos callejeros, las reuniones familiares, las tertulias barriales y las travesuras con amigos. La radio y la tele no tenían contenidos. Sólo música, entretenimiento y sintéticos “boletines informativos”, que por lo común no generaban opinión. Por eso me impresionaba la autoridad de la palabra impresa. Aún recuerdo el latiguillo, inapelable clausura de algunos disensos en cuestiones políticas o deportivas: “Lo dice el diario”. El segundo escalón, después de Laika, de una vocación que ya asomaba. En 1963, cuando tenía 10 años, con Juan XXIII descubrí que los Papas podían morirse. Que mi amado abuelo se fue de la vida luego de una noche de farra con sus amigos; y que a balazos le robaron la suya a JFK en Dallas. Comprendí que la muerte es parte de la vida. Y, sobre todo, que lo que en verdad se moría era mi infancia.

Después, todo fue torbellino. Un buen día terminé la primaria, me alejé del barrio y aterricé en las aulas de la prestigiosa Escuela Normal de Profesores “Mariano Acosta”, la única en Capital que fabricaba maestros. Al terminar la secundaria esquivé las vocaciones de manual. Ni médico, ni abogado, ni arquitecto, ni ingeniero. Periodista o nada. Y me largué a golpear puertas de redacciones. El amor me salió al paso enseguida, en un baile del grupo adolescente de la secundaria. La abuela me deslumbró apenas la vi. Estaba bellísima. Tenía una minifalda amarilla inolvidable. Bailamos. Al sábado siguiente volvimos a vernos. En el auto de un amigo que nos llevaba fingí enredarme para no bajar y le robé el primer beso de los muchos que siguieron hasta hoy, en estos 48 años juntos. Como en una película.

El país vivía una guerra civil larvada, “la grieta” se abría a bombazos y crímenes. Era el clima de época. Se mataba por “un ideal” y otros mataban en contra de ese ideal. Hasta que una banda genocida decidió un exterminio en masa. Sus jerarcas terminaron juzgados y presos. Ni de uno ni de otro lado se escuchó nítida la sanadora palabra perdón. Franz Fanon, un intelectual caribeño nacido en la colonia francesa de Martinica, uno de los grandes pedagogos del clima insurgente y revolucionario de mi adolescencia, dijo en “Los condenados de la tierra”, su obra cumbre, biblia profana para los jóvenes de los 70, aquello de que “cada generación tiene una misión, la cumple o la traiciona”. La generación del abuelo quería un país y un mundo mejor. No lo logró, ni siquiera pudo desterrar los odios políticos residuales, aún vigentes. Es tarea de ustedes enmendar con cierta indulgencia el encono reciclado, sin abdicar ni abjurar del compromiso con los valores de la vida. Al menos para que “el otro” sea, simplemente, el prójimo. Miren que no es sólo un jueguito de palabras.

Imposible saber el rumbo que tomarán sus días, pero les deseo lo mejor. ¿Qué otra aspiración tendría cualquier abuelo? Defiendan sus ideas, pero no se enamoren de ellas: los fanatismos sólo llevan a endurecer los corazones. No se angustien de antemano. Vayan viviendo a medida que vivan: los gurúes del mercado laboral aseguran que aún no se han creado los empleos que ustedes saldrán a buscar algún día. Que sean felices, hagan lo que hagan. Felices de toda felicidad, como lo fuimos las tres generaciones (abuelos, hijas-yernos y nietos) en nuestras excursiones hasta las comarcas sin edad de Disneyworld.

Que jueguen lo necesario, que sueñen mucho, que estudien todo lo que haga falta para saber más, no sólo para ganar dinero. Que se hagan oír sin gritar, que lean todo lo que puedan, que tengan muchos amigos, que jamás dejen de reír, que comprendan cuándo les toca llorar, que bailen, que se deleiten con la buena música, que vean el mejor cine, que vayan al teatro, que viajen siempre que sea posible, que se enamoren, que hagan el amor con entrega, que tengan hijos, que los eduquen en libertad, y que la bendición de los nietos ilumine sus horas de retiro. Que sientan y vean a la familia como el refugio para descorchar las botellas de cada celebración o para lamer heridas en las malas horas del infortunio.

No teman de los Godot que acecharán sus vidas. No le teman al fracaso y sean cautos con el éxito. Teman del miedo mismo. Escriban su propia historia, no crean en los catecismos y dogmas, ni en la magia de nadie. Finalmente, como el abuelo leyó en esos papeles que tanto quiere, me permito recordarles un misterio de la vida que terminé aceptando. “Los abuelos huelen siempre a abuelo. No es por el perfume que usan, ellos son así. ¿O acaso no recordamos su aroma para siempre?”.————–

Osvaldo Pepe nació en 1953. Es periodista y licenciado en Ciencia Política (Universidad Kennedy, 1985). Casado con Ana María Arias, tiene dos hijas, y cuatro nietos que inspiraron estas reflexiones. Ejerció el periodismo gráfico entre 1972 y 2017. Fue secretario de redacción de Clarín durante 25 años. Profesor entre 1989 y 1991 en la Universidad Kennedy, socio fundador y docente de la escuela de periodismo TEA. Director de Prensa y vocero de Antonio Cafiero en la provincia de Buenos Aires. Recibió diversos premios: “Excelencia en Medios de Comunicación”, de las Entidades Educativas Privadas; “Al Maestro, con cariño”, de la escuela de periodismo TEA; “Buenas Prácticas contra la Discriminación”, del INADI; “Difusión solidaria y toma de Conciencia”, de padres y alumnos de la tragedia del Colegio Ecos; ADEPA al Periodismo en categoría “Bien Público”; Medalla del Bicentenario por la “Trayectoria Periodística”, del Gobierno de la Ciudad; “Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad”, de la Legislatura porteña.

TEMAS QUE APARECEN EN ESTA NOTA



Fuente >>

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *