Muerte sin despedida, pésames vía Zoom: el duro camino de perder un ser querido en tiempos de covid-19



Quienes acaban de perder un ser querido tienen que atravesar un proceso de radical reconstrucción para adaptarse a la nueva ausencia. Eso es un duelo. Y si en tiempos normales un duelo desafía con un dolor abismal y su sola idea perturba, es aún más difícil transitarlo en días de pandemia, cuando la distancia obligatoria por el coronavirus priva de lo reparador que es asistir a los enfermos, cuando esa misma distancia hunde en la angustia por el sufrimiento del otro, cuando recibir abrazos que sanan está prohibido y cuando los rituales fúnebres también están alterados.

En el transcurso de una enfermedad grave o terminal, los pacientes y sus cuidadores se acercan, “se satisface la necesidad de hacer todo por el bienestar del ser querido. La pandemia nos saca todas esas herramientas”, le dijo a Clarín Fernanda Carro, médica del área de Cuidados Paliativos del Hospital Fernández.

Gabriela Papurello, psicóloga que participa del proyecto Personas, no números, que realiza homenajes a muertos por covid-19, refirió el caso de Ruth, una mujer que fue tantas veces a pararse a la puerta del sanatorio en el que estaba internado su papá, que logró que la dejaran entrar a verlo el día antes de su muerte.

Casos como el de Ruth se repiten en hospitales de todo el país. Y para atenderlos hay varias iniciativas en marcha de protocolos de visitas a pacientes graves con covid-19. Primero se conoció el de un hospital de La Plata, luego una iniciativa en Mendoza, y en las últimas horas se dieron a conocer un protocolo de la Ciudad de Buenos Aires y recomendaciones del Ministerio de Salud de la Nación.

Aquí, tres historias de familias que debieron enfrentar la muerte de un ser querido en días de cuarentena. Y la explicación de una experta sobre los desafíos que presentan esas muertes.

Caricias por celular

Era ya de noche cuando Gabriela Schmitt recibió la llamada: su mamá, María Isabel Bonaño, había fallecido. Ella salió enseguida hacia el Hospital Italiano; necesitaba estar ahí. La recibió Belén Bonella, la médica que estaba de guardia, y le contó que la partida había sido muy rápida, que no habían tenido tiempo de mucho. “Yo le dije, ‘quiero ver a mi mamá, necesito verla’; y ella accedió”, relató Gabriela a Clarín por Zoom. Y siguió: “Belén me indicó que para que yo viera cómo colocarme el equipamiento de seguridad, nos vestiríamos en espejo, aunque no tenía lentes para mí. Ya estábamos cerca de la morgue cuando me recalcó que, aún protegidas, el riesgo de infección no era cero. Eso me impactó. Yo soy muy creyente y pensé que mamá nunca hubiera querido que yo me expusiera. Entonces le dije a Belén que no podía entrar. Y ella me contestó: ‘Bueno, lo voy a hacer por usted’”. La sorpresa vuelve al rostro de Gabriela cuando recuerda el episodio.

María Isabel Bonaño, madre de Gabriela Schmitt, con uno de sus nietos. Foto Gabriela Schmitt.

Fue entonces que la médica estableció una videollamada con Gabriela y entró a la antesala de la morgue. “De esa manera pude ver a mamá. Belén extendió una de sus manos enguantadas y le acarició el pelo, y le dijo: ‘Estas son las caricias que Gabriela te hubiera querido dar en este momento’. Yo le hablaba y Belén le iba repitiendo mis palabras a mamá. Ella en ningún momento se apuró, en absoluto, dejó que el tiempo pasara hasta que yo dije ‘ya está, gracias. Ya fue suficiente’”, Gabriela cerró el relato con un suspiro.

María Isabel murió el martes 11 de agosto, solo tres días después de que el nuevo coronavirus hubiese llegado a su vida. El sábado anterior le habían avisado a Gabriela desde el hogar de ancianos en el que vivía su madre, que ella estaba con fiebre. Se acercó al lugar y, desde lejos, como marca el protocolo, vio cómo María Isabel subía a una ambulancia.

“Ella iba solita atrás y cuando yo llegué al Hospital Italiano ya la habían ingresado”, recuerda Gabriela. No sabía adónde estaba su madre y en qué condiciones; nadie se lo informaba. Rodeada de otros familiares de enfermos en su misma situación, Gabriela comenzó a tocar algunas puertas, aún cuando en ellas podía leerse “prohibido pasar”. “Yo tocaba y me iban dejando entrar, hasta que hablé con una médica que había estado con mamá y me dijo: ‘andate a tu casa, en nueve horas recién vamos a tener el resultado del hisopado, y te llamamos’”.

Gabriela Schmitt: “Existen muchas maneras de acompañar el buen morir, no solo la presencia física”. Foto Luciano Thieberger.

La promesa del llamado se cumplió, pero con malas noticias. María Isabel había entrado solo con un poco de fiebre, pero ahora estaba “muy comprometida pulmonarmente”, y su situación era complicada.

El domingo, otra comunicación desde el hospital: María Isabel seguía mal. “Yo llamaba a su habitación, pero como ella tenía demencia senil, no podía atender, no se daba cuenta. El lunes me llamó Victoria [Ruiz, otra médica del Italiano]. Yo le dije que necesitábamos hablar con mi madre, que necesitábamos decirle algo. Yo pensaba que mamá debía sentirse perdida. Es que uno no sabe dónde está su mamá y su mamá no sabe dónde está, es una situación muy extrema”, detalló Gabriela.

El lunes, después de varios intentos fallidos de comunicación, la médica Victoria Ruiz entró con su celular a la habitación de María Isabel. “Le acercó el teléfono a mamá y todos, mis tres hijos, mi marido y yo, le pudimos hablar, le dijimos un montón de cosas lindas, es como que honramos su vida: ‘mamá, fuiste amorosa’. Mis hijos le pudieron decir cuanto la amaban. Pudimos contarle las cosas lindas que había dejado en el corazón de cada uno de nosotros”, se emocionó Gabriela.

Esa misma tarde le hizo llegar a su madre fotos familiares. El martes, la misma médica fue otra vez nexo entre María Isabel y su familia. “Victoria acercaba las fotos al teléfono y con mamá fuimos recorriendo diferentes momentos de su vida. Mamá tenía otro ánimo, entendió que estaba enferma, que estaba en el hospital y que no la habíamos abandonado. Y eso fue una gran paz que nos llegó a toda nuestra familia en el corazón”, relató Gabriela.

María Isabel tenía 83 años, le había ganado dos veces al cáncer y, más allá de su demencia senil, estaba bien. Bailaba, era fuerte y siempre hacía muchos chistes, según la recuerda Gabriela. Había sido maestra y el 11 de septiembre era para ella una fecha muy importante, más incluso que la de su cumpleaños.

Gabriela Schmitt y el coronavirus: “Pidamos lo que necesitamos y confiemos en los médicos”. Foto Luciano Thieberger.

Hacía cuatro meses que Gabriela tenía contacto con su mamá solo por llamadas o videollamadas.

La familia decidió que los restos de María Isabel descansaran en el Cementerio de la Chacarita, porque de las opciones disponibles era el que más personas autorizaba en el sepelio.

Además de un eterno agradecimiento al Hospital Italiano y a las médicas Belén Bonella y Victoria Ruiz, Gabriela quiere dejar algún mensaje para otras personas que puedan pasar por su situación. “Existen muchas maneras de acompañar el buen morir, no solo la presencia física. Hay muchas maneras de estar presente en el corazón del otro. Lo que hicieron las médicas del Italiano por mi familia marcó una diferencia enorme en la vida de todos nosotros”.

Y cerró: “Pidamos lo que necesitamos y confiemos en los médicos, que están dando mucho. Y tengamos en cuenta que nunca, nunca una partida es perfecta”.

Una silla en un pasillo

Después de cuatro semanas de tener novedades sobre la salud de su marido solamente a través de un “número privado” que no admitía pedidos de aclaraciones ni consultas, a Gloria Williams de Padilla le acercaron una silla para que se sentara, sola, en un pasillo, y se despidiera para siempre, a través de un cristal, de quien fuera su esposo por 49 años.

Norberto Padilla y su esposa Gloria Williams de Padilla. Foto familia Padilla.

Norberto Padilla había nacido en Mar del Plata en 1944, fue abogado, profesor de Derecho Constitucional, subsecretario de Culto de la Nación durante parte de la presidencia de Carlos Menem y secretario de Culto cuando el presidente fue Fernando De la Rúa. Pero para Gloria era sobre todo “un hombre de una personalidad riquísima, cristiano de sólida fe, amante de su familia, amigo fiel, hombre de diálogo, de múltiples intereses culturales, que se destacó por su compromiso eclesial y ciudadano, pero sobre todo por su bondad que transmitía con alegría”.

Paciente obediente y cuidadoso de su salud, Norberto aceptó internarse en una clínica privada de la Ciudad —la familia prefiere no mencionarla— para una cirugía de estómago programada. Él sabía que podía haber alguna complicación y que la pandemia obligaría a algún aislamiento. “Una hora después de la operación, lo dejé en su habitación, estaba optimista y contento; y no lo vi otra vez hasta que regresé, después de cuatro semanas, para constatar su muerte y despedirme, sin ninguno de mis siete hijos”, rememoró Gloria.

Durante los primeros días de internación en terapia intensiva, la familia se comunicó con Norberto por WhatsApp, hasta que debieron entubarlo por una complicación pulmonar. “Y después de que tres de nuestros hijos pudieron visitarlo por separado, nos dijeron ‘no más visitas porque hay pacientes con covid-19’”, contó Gloria. Entonces comenzaron los informes desde la línea telefónica anónima.

Gloria Williams supo que su esposo, Norberto Padilla, se mostró muy sereno, cordial y tranquilo en sus últimas horas despierto. Foto familia Padilla.

Fueron cuatro semanas de enorme impotencia. El día anterior a la muerte de Norberto, tras recibir noticias preocupantes, la familia pidió hacerle llegar un mensaje de audio, y la repuesta que recibió fue: “Entramos para lo imprescindible”. Sin embargo, no todo fue aspereza: hubo un médico que accedió a transmitir un audio mediante su propio celular y a ponerle la música que le habían hecho llegar; y otro médico grabó a una de las hijas de Norberto cantando y se la hizo escuchar cuando le practicaban una segunda extubación.

“Por testimonios de esos dos médicos, sabemos que en los tiempos en que Norberto estuvo despierto, se mostró muy sereno, cordial y tranquilo. Entendemos que fue un ejemplo de su fe y sus virtudes, y también una forma de amarnos hasta el final, diciéndonos: estén tranquilos, porque yo estoy tranquilo”, reflexionó Gloria.

El 18 de junio la despertó un llamado, fuera de horario, del “número privado”. Norberto había fallecido y una sola persona de la familia podía ir a despedirlo. “Opté por hacer, yo sola, ese duro camino hasta la terapia intensiva. Pedí que me pusieran una silla en el pasillo y allí, en oración, despedí al amor de mi vida”, contó Gloria.

Dice ella que aceptó hablar con Clarín con el deseo de que haya cambios en los protocolos que definen la relación entre los internados y sus seres queridos. “Quizá las autoridades, reaccionando a los excesos y las exageraciones, determinen protocolos orientados a humanizar las relaciones entre los enfermos y sus familias, y a que los centros de salud puedan ofrecer mayores garantías para las operaciones programadas y los tratamientos imprevistos, establecer formas de reemplazo de la presencia física, implementar métodos más personalizados para comunicarse con la familia de los pacientes y respetar derechos como el que tienen las personas religiosas a la asistencia de un ministro de culto”, detalló.

Gloria Williams con su esposo Norberto Padilla. Ella aceptó hablar con Clarín con el deseo de que haya cambios en los protocolos que definen la relación entre los internados y sus seres queridos. Foto familia Padilla..

No hubo velatorio. Sí una breve ceremonia bajo protocolo en el cementerio de La Recoleta. La familia recibió condolencias por carta, en las redes, con llamados telefónicos, con el envío de flores o ricos postres, con avisos fúnebres. Hubo un muy sentido encuentro virtual con hermanos y sobrinos y el papa Francisco les envió una carta asegurando su oración. Gloria recuerda especialmente que un mes después de la muerte de Norberto, hubo una misa en acción de gracias por su vida, transmitida por Zoom y YouTube, en la que participó el cardenal Mario Poli.

En moto tras la ambulancia

El viernes 21 de agosto, a las diez de la mañana, Omar Gisande recibió el aviso. Debía presentarse con urgencia en el hogar para adultos mayores Finosa, en City Bell. Su madre, Nélida Calvo, que se alojaba allí y a quien le habían diagnosticado covid-19 dos días antes, debía ser trasladada a un centro de salud. “Nos dijeron que no era para alarmarse, que era una medida de precaución”, le contó a este diario Christian Gisande, hijo de Omar y nieto de Nélida.

Christian Gisande era muy apegado a su abuela Nélida. ““Nos partía que nos dijera que nos extrañaba”. Foto Mauricio Nievas.

Omar fue enseguida desde La Plata, adonde vive, hasta “el Finosa”, como se conoce al hogar. Allí apenas pudo intercambiar algunas palabras con un enfermero desde la calle, reja de por medio. Llegó una ambulancia y, desde lejos, Omar pudo ver cómo subían a ella a su mamá. Nadie le dio detalles; ninguna autoridad del hogar salió a hablar con él, así que decidió subir a su moto y seguir a la ambulancia, que una hora después llegaba a la clínica platense Los Tilos. Allí Omar tuvo el último contacto, visual, distante, con su mamá, cuando ella fue bajada del vehículo sanitario ya con una máscara de oxígeno colocada.

“La terapista que la recibió nos dijo que por la secreción que le habían notado, se trataba de un cuadro de neumonía severa y que iba derecho a terapia intensiva”, recordó Christian, que es profesor de Educación Física.

“A las siete de la tarde llamamos a la clínica y nos dijeron que la placa había mostrado compromiso del lóbulo medio del pulmón derecho, y que todo iba a depender de la fuerza que mi abuela tuviera para pelearla”, contó Christian. Trece horas después, Nélida había fallecido.

Lo más próximo a una despedida que la familia de Nélida pudo tener fue ver cómo cargaban su féretro en otra ambulancia, esta vez hacia un crematorio. “Ni siquiera pudimos palmear el ataúd, nada”, dice Christian. La familia hubiera elegido sepultarla, pero no se les ofreció esa opción. Además, tuvieron dificultades para encontrar un lugar para la cremación, y este martes aún no habían recibido las cenizas.

Desde los ocho años Christian Gisande pasaba las vacaciones de invierno con su abuela Nélida. Foto Christian Gisande.

Durante los últimos cinco meses, el contacto con Nélida había sido algo bastante tortuoso. Las llamadas de línea tenía horarios limitados, y como la demencia senil y sus problemas motrices le impedían a Nélida tener su propio celular, para tener una comunicación vía WhatsApp con ella sus familiares debían reservar un turno para ocupar una de los celulares del hogar. “A veces costaba, porque las chicas que la tenían que ayudar con el teléfono nos decían que estaban con mucho trabajo y que no podían en ese momento usar WhatsApp. De las cinco o seis veces que intentamos hacer videollamadas, solo dos se hicieron sin problemas”, contó Christian.

Así y todo, las llamadas con video tuvieron un efecto positivo en Nélida. Ver a su hijo en la pantalla, sobre todo, la tranquilizaba. Pero esa opción quedó descartada cuando, diagnosticada con covid-19, la mujer fue aislada.

“Lo que nos partía era que nos decía que nos extrañaba. Nosotros le respondíamos que nos teníamos que cuidar, para cuidarla, pero ella no quería saber nada de eso, al menos los días en que estaba más lúcida; en los otros días no se daba cuenta de lo que estaba pasando”, resumió el nieto.

La familia de Nélida está descontenta con el proceder del lugar donde ella vivía. “Aún hoy mi papá sigue recibiendo mensajes del grupo de difusión del hogar Finosa sobre la situación del resto de los residentes del lugar enfermos de covid-19. No comunicaron al resto de los familiares lo que había pasado con mi abuela; ni siquiera nos mandaron un pésame, ni nada relacionado a las pertenencias de mi abuela; contacto, cero”, enumeró Christian.

Jubilada del Registro de las Personas que funciona en La Plata, Nélida fue definida por su nieto Christian como algo peleadora y mandona, áspera, pero muy querida a la larga: “Fui su primer nieto, y eso me dio con ella un lugar especial. Yo pasaba las vacaciones de invierno en su casa, las dos semanas, desde los ocho años. Íbamos al cine, a McDonald’s, al centro, me compraba juegos de Family o de Sega, nos comprábamos un kilo de helado y nos empachábamos, pedíamos Pizza. Fue una linda época”, recordó.

Christian Gisande y su abuela Nélida. “Pasamos cinco meses terribles”, contó él. Foto Christian Gisande.

Y cerró: “Estos cinco meses para nosotros fueron terribles. Y no queremos que la última imagen que nos quedé grabada de ella sea la de la ambulancia”.

Los duelos en la pandemia

Un duelo es un proceso doloroso y difícil, pero normal, que consiste en la adaptación a una pérdida, dice Jessica Polonuer, directora de la Fundación Aiken, que se dedica al acompañamiento psicológico de niños, adolescentes y familias en duelo. Esa adaptación consiste en una muy amplia reconstrucción personal, que se va dando en la medida en que se pueda integrar en la vida la pérdida. Es un proceso que requiere tiempo y conmueve las creencias y las convicciones más profundas.

¿Y qué pasa con los duelos durante la pandemia? La vivencia de la muerte del otro, de un ser querido, siempre aparece con esa sensación de que fue inoportuna, que no fue el momento correcto —dice Polonuer—. Aun así, hay circunstancias que favorecen el proceso de duelo, y otras que lo dificultan: la pandemia y sus efectos colaterales están entre las que lo obstaculizan.

Sin embargo, aclara la experta, no puede decirse que los duelos durante la pandemia sean necesariamente más dolorosos —el dolor es siempre único y personal—, si no que presentan más desafíos, más cosas para resolver.

En primer lugar, quien debe iniciar o continuar un duelo durante la pandemia padece una acumulación de pérdidas. Ya que en la pandemia se produjeron otras pérdidas: el futuro inmediato tal cual se imaginaba, económicas, de escolaridad, de viajes, de fiestas, de proyectos.

El duelo es un proceso doloroso, pero normal ante una pérdida.

A la vez, la falta de cercanía y de contacto con la persona enferma también es una fuente de sufrimiento muy importante, especialmente porque imposibilita ejercer acciones de cuidado en relación al otro, señala Polonuer. El sentir que se pudo cuidar al otro favorece el proceso de duelo, ayuda.

Con la distancia con relación al enfermo también aparece el imaginar su soledad y su sufrimiento, lo que intensifica claramente los sentimientos de impotencia, de culpa y de frustración, que son sentimientos propios del duelo, pero que en estas circunstancias se van a ver intensificados.

La falta de contacto físico, a la vez, nos priva de una experiencia protectora por excelencia. “El sostener la mano, el abrazo, generan hasta fisiológicamente sensaciones de alivio, de calma y de seguridad. Es algo que no está mediado por las palabras, y si bien los psicólogos somos muy afectos hablar y hablar, hay muchos momentos del duelo en los que el procesamiento no pasa por la palabra, y tiene que ver con una sensación que va más por lo corporal”, explica Polonuer.

Otra situación de la pandemia que dificulta el duelo es que en estos días es muy difícil, cuando no imposible, “desconectar” del coronavirus y sus consecuencias. Y, por momentos, la desconexión es saludable en un proceso de duelo.

Las personas en aislamiento social no tienen su rutina y su cotidianeidad estructurada que, para las personas en duelo, son una fuente importante de estabilidad. Y estar todo el día en casa hace que la ausencia del otro se vuelva enormemente presente, resume la experta.

Finalmente, suman una dificultad la limitación o la ausencia de los rituales vinculados a la muerte, que en los duelos tienen el importante rol de poner orden y previsibilidad al caos emocional que genera la pérdida de un ser querido. Además, los rituales fortalecen los vínculos sociales y honran a la persona fallecida. “A la vez, el ritual enfrenta con la realidad de la muerte”, sintetiza Polonuer.

Más allá de describir las dificultades, la especialista remarca que es posible superarlas. “El tiempo nos da la posibilidad de reparar y de que lo que no se pudo hacer se haga. Y no es que todo está perdido. Cuando se tocan estos temas, que están tan en contacto con los temores más profundos, con lo abismal, sí quisiéramos ponemos poéticos, es importante transmitir que aún cuando todo salga mal, siempre hay algo que se puede hacer con eso”.

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Colaboraron: Fabián Debesa y Sergio Rubin.

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