“Mis padres estaban internados juntos, no tenían Covid, y no los pude despedir”



LA CARTA. Esto no es un llamado a la solidaridad. ¡Es un llamado a la humanidad!. Es un llamado al sentido común. Valores perdidos en esta cuarentena o pandemia. Yo siento esto y lo digo desde el lugar que me tocó vivir.

El 23 de julio murió mi papá y el 27 de julio, a los cuatro días, mi mamá. Como me dijo una mujer del gobierno que supuestamente llamaba para darme contención : “De un plumazo te volaron todo”. Mis padres, de 84 años, no murieron de coronavirus, pero aún así no pude despedirlos, no pude darles un beso, no pude acompañarlos… y todo por este aislamiento. A mi mamá la internamos por neumonía y estuvo 23 días en el hospital. A mi papá lo internamos a los 5 días de mi mamá, y estuvo 15 días. Durante 23 días intentando verlos, recibiendo siempre negativas de la clínica, aún sabiendo que ninguno de mis padres podían manejarse solos, sin celular tampoco.

Yo entiendo del riesgo del virus, del miedo de hospitales y clínicas del contagio, entiendo todo eso. Pero a mí, ¿quién me entiende? ¿Quién me entiende la tortura que es para uno pensar que mis papás murieron en la soledad? ¿Quién me entiende lo inhumano que es no poder darles un beso en 23 días, no poder darles unos mimos? ¿Quién me entiende lo que es no saber nada de ellos, salvo un parte telefónico de cinco minutos con un doctor, que según el de turno el parte era más o menos alentador? ¿Quién me entiende lo doloroso que es imaginarme como estarían, si despiertos, lúcidos, si uno sabía que el otro compañero de su vida estaba en la habitación de al lado, luchándola, sin saber cómo eran tratados? Y pasan los días y la misma idea sigue dándome vuelta, torturándome… ¿qué hubiese pasado si hubiésemos podido visitarlos?

Carolina y sus padres, María Carolina Brasesco y Felipe Lanés, en diciembre de 2019.

Quizás le hubiese dicho a mi papá que mamá seguía viva, que siguiera peleándola, le hubiese alentado a mi mamá … ¡qué sé yo! Ya sé que el destino estaba echado, pero a uno le duele. Con sus pertenencias que me devolvieron, peleándome con la clínica porque querían quemarlas (aún no muriendo de coronavirus), traté de reconstruir sus últimos días. No habían tocado nada de lo que les llevamos. Es muy doloroso perder a ambos padres en cuatro días, pero a ese dolor se suma la angustia de pensar que murieron solos. No me consuela que me digan que es la pandemia. 

Mis papás se mueren una sola vez, y yo no voy a tener otra oportunidad de acompañarlos. Creo que ellos, como dos personas hermosas y buenas, tenían todo el derecho de estar acompañados en ese momento tan triste. Creo que se merecían ser despedidos de otra manera. Y parte del dolor y bronca que tengo es culpa de la falta de humanidad y falta de sentido común en todo el manejo de esta pandemia. Lo que me consuela es que se fueron juntos, porque ninguno hubiese podido vivir sin el otro.

​Con mis lágrimas estoy pagando las decisiones de los políticos, que seguro tienen ‘otras leyes’. Pero Yo tenía todo el derecho de despedir a mis papás.”

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Creo que estoy pagando con mis lágrimas los errores por decisiones tomadas por funcionarios corruptos que se acordaron tarde de invertir en hospitales y personal médico. Con mis lágrimas estoy pagando por decisiones tomadas por políticos que les importa una mierda nuestro dolor, por políticos que seguramente ellos sí puedan visitar a sus seres queridos, ya que para ellos rigen “otras leyes”. Yo tenía todo el derecho de despedir a mis papás.

Agradezco a todos los enfermeros, médicos, personal auxiliar, que ponen el cuerpo en esta batalla, día a día, arriesgando su vida por cero reconocimiento. Agradezco a la obra social Dosuba que se comportó excelentemente, acompañando a mis papás siempre, sin poner peros ni fijarse en costos, comportamiento que debería ser copiado por muchas otras obras prepagas. Agradezco infinitamente a mi marido e hijos que son mi sostén, que logran que arranque cada día con una sonrisa, a pesar de haberme dormido con una lágrima.

Gracias a mis amigas que siempre están. Y le doy las gracias a mis tías Herminia, Mecha y Betty, que me llaman todos los días, para que yo no extrañe tanto el llamado diario de mi mamá, y además porque ellas también siguen esperando el llamado de mi mamá. Porque las hermanas y hermanos de mamá y papá no pudieron tampoco despedirse. Una mierda esta pandemia, pero más mierda es cuando es con falta de humanidad.

Carolina Lanés

lanescarolina@gmail.com

EL COMENTARIO DEL EDITOR

Heridas que desparramó el distanciamiento

A los esfuerzos del Gobierno en tratar de prevenir los contagios en esta cuarentena, se le escapó lo que subraya la lectora al perder a sus padres. La falta de humanidad para poder despedir a nuestros muertos. Ni un gesto de solidaridad estuvo en la agenda presidencial.

Existe una frase que aún recorre las redes sociales y que se convirtió en un estigma en estos tiempos de coronavirus: “La pandemia no justifica el abandono”. La dijo la hija del destacado pianista argentino Manolo Juárez, cuando el 25 de julio pasado su padre moría por Covid.

Es el mismo dolor que atraviesan los que tuvieron que despedir a sus familiares o amigos, contagiados o no. Es el mismo desconsuelo que hoy siente Carolina. No hubo un protocolo que permita dar el último beso. Nadie nos avisó que esa caricia iba a estar ausente.

En agosto apareció ese sentido común tan reclamado: se aplicó el protocolo para el derecho a la despedida. En Provincia es para sospecha o confirmación de Covid, y en Ciudad para acompañar a enfermos en estado crítico.

Es una noticia que calma un poco la incertidumbre de aquellos en esas situaciones. Pero que llega a deshora para sanar las heridas que desparramó un distanciamiento cruel, y que fue autoritario con los derechos y sentimientos.

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