Mike Amigorena: “Mi vida fue una gran búsqueda”



El “Geriatrical tour” se detuvo. Como todo lo otro. Distancia de rescate. La cuarentena frenó de golpe el “presente” -el protagónico en Cabaret- y el “futuro inmediato” -su protagónico en ART, dirigido por Ricardo Darín-. Pero hay algo más enorme que para el movedizo Mike quedó paralizado: su trabajo ad honorem en geriátricos.

Ricardo Luis Amigorena iba barrio por barrio con su Jubilandia -el grupo que creó junto a Gerardo Chendo y Andrés D’adamo- cuando se nos hizo habitual el aislamiento, el saludo a los abuelos desde una ventana cerrada y el plástico divisorio.

​Ahora todo es quietud en la vida del movedizo mendocino que era noticia por hacer lo que tantos colegas no: meterse con la vejez, mostrarla tal cual es, viralizarla, quitarle ese velo de tabú y de falso disfraz. Con el lema “hago el bien y me olvido. Si hago el mal, me acuerdo”, el trío giraba muñido de zambas, tangos y boleros para reinventar el concepto de baile más allá de las posibilidades del cuerpo.

De su banda Ambulancia, una década atrás, a esta oda a la jubilación, el retiro y el reposo hay una curva que en Mike nunca se aplana. En el medio está Mike solista, que canta por streaming los temas de su álbum nuevo, Daä. Siempre el movimiento, el desplazamiento, la indagación continua. Como si quisiera investigarlo todo y a la vez no cumplir el mandato social de tener que profundizar y llegar a alguna parte.

-Mi vida fue una gran búsqueda.

El gran buscador, el Google Amigorena, se define ahora, que pasaron 28 años de su llegada a Buenos Aires. Marzo de 1992. La tarifa de micro incluía una noche en el hotel Savoy y, después, la deriva. Logró que una pareja amiga lo alojara una semana, hasta que se animó a una pensión de Tucumán y Esmeralda, “al ladito de Movicom”.

“Me vine con 300 pesos. La pensión salía 5 por día o 150 por mes. Esa pareja amiga me enseñó a tomar el subte”, se ríe mientras acuna a Miel, su primogénita, la que está enseñándole sobre responsabilidades supremas. Entiende que “de tanta libertad, en un momento quedás preso y necesitás órdenes”.

Mike Amigorena de niño.

Su primer microsegundo de aire lo tuvo en La familia Benvenuto. Un timbrazo en la casa del clan para entregar una pizza. Su tío Rubén era el director del programa. El motorcito de la publicidad se encendió con una publicidad de un refrigerante anticorrosivo y anticongelante. En el spot se lo veía de perfil, manejando, mientras su parabrisas nos mostraba desiertos, montañas nevadas y lagos. Un minuto apenas, pero su horizonte ya aparentaba amplio.

Antes de la popularidad, hubo un buceo laboral. Telemarketer, repartidor, cadete, “che pibe”. Tiempos de moverse por intuición, de cortes de servicio de luz, de no pensar en la necesidad de una obra social. “La idea era tratar de entrar al mundo de la actuación, no sabía cómo moverme, me tomó un tiempo aprender. Mientras, me la pasaba pateando la calle. Era un estratega. Vivía perdiéndome. Siempre hubo mucha diversión. Nunca me gustó vivir para trabajar, me parece una desinteligencia”.

Mike Amigorena

Descubre ahora toda la poesía que había en ese pasado. Una vez, lo contrató una marca de shampoo para cantar boleros en los subtes y terminar el tema regalando sobrecitos de crema de enjuague. En otra ocasión, la misión era repartir flores con aroma a los desodorantes de ambiente que promocionaba. Como si esos años hubieran sido “la reserva” en el fútbol, el semillero de todo lo que se gestaba, o la  Primera “B”, Mike habla del “ascenso” en 1999. Venía de su debut teatral en Despertar de primavera. El país se derrumbaba, pero Michael abría las alas y las desplegaba.

-¿De quién creés que heredaste la libertad, Mike?

-La libertad es mía. Si hubieras conocido a mi papá, a mi mamá… Siempre tuve la curiosidad, el investigar sin tener miedo, el miedo como combustible. 

-Decís que sos un performer. Que hacés algo, te cansás, intentás otra cosa, no podés hacer una sola. ¿Te trajo dificultad no poder concentrarte en una o así funcionás mejor?

-Es un don, una habilidad que tengo y eso a su vez trae consecuencias. Me hace versátil, pero a la vez volátil. Alguno dirá, ¿éste qué hace? Esa es mi naturaleza. El aburrimiento viene por la discapacidad de no encontrar desafíos.

-Vos, tan movedizo, ¿le encontraste encanto o ventajas al encierro?

-Primero, me relajo, porque hay que respetar y porque tengo una hija de cuatro meses. Disfruto de la quietud. Escribo, hago gimnasia, perfecciono el inglés. Y tengo una empresa con una amiga cocinera, Mike Poccard. Mi especialidad: pescados, cazuelas, brusquetas. Me crié con el estofado de la abuela Antonia, de Bari, La Puglia con el olor de la empanada mendocina.

-¿Qué cuestiones se ordenaron con la paternidad por primera vez? ¿Qué se acentuó?

-Antes de Miel no tenía ni la madurez ni las ganas. Ahora estoy disponible para ella y para Sofía, mi pareja. Yo hacía lo que quería, pero en un momento sos preso de esa libertad que amás.

Puro amor. Mike Amigorena y su primera hija, Miel.

Los primeros Amigorena que pisaron la Argentina llegaron desde Navarra. Nieto de un bandoneonista e hijo de un enólogo, Mike nació a las 6 AM de un 30 de mayo de 1972, en Maipú, zona bodeguera. Criado en un universo de fuerte impronta femenina -dos hermanas mayores, madre y abuela-, hasta los 13, cuenta, durmió junto a su abuela. Una infancia atravesada por viñedos y baldíos y la atmósfera desbordante de amor que envolvía esa casita con jardín y patio de invierno.

La adolescencia quebró un poco esa armonía. “Una etapa rara, traumática, en la que empezó a querer salir ese coraje, esa osadía”, repasa. “Sentía que poca gente me entendía en esa época. En un punto me sentía como ahora. ¿Cómo explicás a los demás que sos un tipo normal?”.

Para cuando lo contrató el mismísimo Francis Ford Coppola (una participación en Tetro, el filme de 2009 con rodaje en la Argentina), se reía del periodismo más conservador, que titulaba: “El actor del momento, atrapado por los paparazzi en polleras”. Fue conductor de los Martín Fierro, fue Luis Sandrini y José de San Martín en Historia clínica, fue Hamlet en el teatro Presidente Alvear. Ser o no ser. Es Ricardo, pero no se siente Ricardo. Se siente Mike. Mañana tal vez tenga otro nombre.

Florencia Peña y Mike Amigorena, Cabaret

Los años -dice- fueron afilando esa cualidad de “pillo”. Sus rebusques en Buenos Aires comprendían infiltrarse en “reuniones de partidos políticos, aprovechar el catering”, colarse en convenciones del Hyatt, aprovechando el porte y la elegancia para disimular el hambre. 

La pandemia lo pone frente a un desafío parecido al de esa vida anterior: la rapidez de reflejos para reinventarse o meterse en otros campos que no sean los congelados por el coronavirus. “Soy un pedante si pienso en el futuro en estas circunstancias. Los actores estamos acostumbrados a no llegar a fin de mes, todo esto tiene que instruirnos. ¿Qué puedo hacer si no puedo trabajar de lo mío? Empiezo a dar clases. ¿Y si eso no resulta? Amaso pan. Yo no me asusto. Lo mío es justamente la impermanencia”.

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