Los “secretos” mejor guardados de los parques de la Ciudad de Buenos Aires



El Parque Rivadavia, de Caballito, en la Ciudad de Buenos Aires, conserva un pozo colonial. Se trata de uno de los pocos rastros de que el predio albergó la quinta de los Lezica hasta 1928, cuando la entonces Municipalidad porteña lo expropió y lo transformó en plaza. Y sigue la lista de “secretos” para evocar y extrañar menos los parques porteños, en el marco de las restricciones de la cuarentena por la pandemia del coronavirus.

Evidentes u “ocultos” -en libros especializados o en relatos de fuentes-, estos datos y los que siguen en esta nota GPS muestran, además, que existe la bella posibilidad de sorprenderse con lo que hasta la peste fueron oasis de verde y arte de disfrute cotidiano.

Colonial. El pozo que evoca la quinta de los Lezica, convertida en plaza en los años 20 del siglo pasado./ Diego Waldmann.

Clarín lo contó en otras notas GPS. En el Parque Lezama, por ejemplo, hay baños enterrados bajo esculturas que representan doncellas. Y en el Parque Chacabuco, un rosedal que sucedió a una joyita de 1903 y se transformó en uno de los tres rosedales que ofrece la Ciudad.

También está, entre los tesoros porteños a no olvidar, la escultura La Aurora, que despliega su manto de mármol blanco sobre el cielo, elegantísima. Un símbolo precioso del Parque Centenario (1910), otro clásico de Caballito.

“La Aurora”. La obra del francés Emil Peynot Despliega su manto sobre el cielo de Parque Centenario, en Caballito. / Archivo Clarín

La Aurora fue creada por el francés Emil Peynot -quien hizo el imponente Monumento de Francia a la Argentina, de Plaza Francia- con la armonía de los clásicos y aires de eternidad. Pero llegó hace unas cuatro décadas, con 60 años y el “título” de una de las obras más mudadas de la Ciudad.

La inauguraron en 1918 en la plaza Rodríguez Peña de Recoleta. En el ‘28 pusieron ahí la estatua a Bernardo de Irigoyen y la llevaron al Parque Rivadavia. En el ‘43 pasó al Chacabuco, desplazada por el monumento a a Bolívar. Y en el ‘78, cuando comenzó la obra de la autopista 25 de Mayo, se instaló en ese espacio. Como si siempre hubiera estado allí.

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Los 4 elegidos:

​1) Bajo tierra. Los baños del antiguo Parque Lezama (1896) fueron rellenados y sepultados debajo del templete de estilo grecorromano que está en la cima de su emblemática barranca. Entre diosas y doncellas, cada tanto vandalizadas. 

Templete. Aires griegos en Parque Lezama. Archivo Clarín

El Lezama es una joya histórica de Capital. A mediados del siglo XIX, el rico comerciante salteño Gregorio de Lezama compró el terreno y, además de mandar a hacer el caserón de estilo italiano donde ahora funciona el Museo Histórico Nacional, contrató a un paisajista belga, trajo plantas exóticas de buena parte del mundo y armó “uno de los jardines más bellos de la Ciudad”, según apuntaron desde el Ente de Turismo porteño. Cuando Lezama murió, a fines del siglo XIX, su mujer vendió las tierras a la Municipalidad con la condición de que hiciera en un paseo que llevara el nombre de él. Y poco después, a los eucaliptos y olmos bicentenarios, el gran paisajista Carlos Thays les sumó tipas y otras especies nativas. 

Hoy, en las 7,7 hectáreas del Parque Lezama, conviven todo eso con senderos serpenteantes. Otras esculturas, como el Monumento a la Cordialidad Internacional, regalo de Montevideo por los 400 años de la primera fundación. Entre Paseo Colón, Martín García, Defensa y Brasil.

​2) El tercer rosedal. Renació con 1.000 rosales, sembrados en 2016 con la Asociación Coreana de Argentina. Reemplazó al de los años ‘30, que llegó a tener 3.000 y fue descuidado hasta desaparecer. Y se transformó en el tercer rosedal de Capital, aparte del de Palermo y del de Puerto Madero. En Emilio Mitre, entre Zubiría y Tejedor, Parque Chacabuco.

Mil rosales. En el rosedal de Parque Chacabuco, reinaugurado en 2016. / Archivo Clarín

Sendero. Parque Chacabuco, hoy. Foto: Maxi Failla

3) Del Centenario. La escultura Victoria Alada, del italiano Eduardo Rubino, con las alas desplegadas y el mundo a sus pies, es un ícono del Parque Centenario (1910), de Caballito. Una postal típica y lindísima del lugar, junto con La Aurora -una de las obras más mudadas en toda Capital, como se explica más arriba- y el lago, creado en 1980, hoy corazón del espacio. Entre Díaz Vélez, Patricias Argentinas, Leopoldo Marechal y Ángel Gallardo.

Arte y naturaleza. “Victoria Alada”, en el corazón del Parque Centenario, frente al lago./ Archivo Clarín

Centenario. En Caballito, este año. Foto: Lucía Merle

4) Repatriada. El Parque Rivadavia se hizo famoso por las ferias. La de libros, que nació en los años ’50, con ejemplares inhallables, clásicos universales, fanzines, discos y otros disparadores de memorias. Pero también cuenta con obras de arte (aparte del pozo colonial ya mencionado). La fuente de la doncella (1931), del catalán José Llimona, es, tal vez, la más linda. Delicada. Sin embargo, como la figura está desnuda, en 1971, durante la dictadura de Lanusse, la consideraron “obscena” y la “escondieron” entre la vegetación de la Plaza San Martín hasta que vecinos lograron “repatriarla” en 2009. Al 4800 de Avenida Rivadavia.

Repatriada. La fuente de la doncella (1931), del catalán José Llimona, en Parque Rivadavia. La escondieron en los ’70 en otro espacio verde y vecinos lograron llevarla de nuevo al barrio. / Archivo Clarín

En pandemia. El Parque Rivadavia, en el invierno 2020. Foto: Juano Tesone

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JS

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