Lisandro Aristimuño: sonidos a la manera de instantáneas



Lisandro Aristimuño apenas deja ver su mano a través de la cámara. Un disco de Chabuca Granda está sonando en su bandeja de vinilos. Unas quinientas personas están despiertas a la una y media de la mañana siguiendo la transmisión en vivo del cantautor en su perfil de Instagram. Ahí está el músico y melómano, solo en la habitación de su casa, escuchando un disco completo a la madrugada, seguido por otros que necesitan escuchar una voz y una canción del otro lado. Ahí esta el chico azotado por el viento sur de Viedma y criado en Luis Beltrán, un pueblo rionegrino con atardeceres de colores en el cielo y perfume de álamos en el aire. Ahí está el hombre que a veces se vuelve niño cuando escucha a Silvio Rodriguez y llora en su habitación. Ahí está el hijo de dos padres teatristas que le enseñaron la libertad y la soledad de las tablas; el hermano de Tomás también cantautor, Rocío, bailarina flamenca y percusionista de su banda, y María Luz, productora y ex manager de sus inicios; y el papá de Azul, de ocho años. Ahí está el que aprendió a tocar y cantar escuchando a Spinetta y Charly García; el que grabó nueve discos, obtuvo cuatro premios Gardel y es una de las figuras de la última década en la canción de autor. Ahí está Lisandro Aristimuño, el hombre, el músico, el artista, el comunicador, conectado a través de las canciones en medio del aislamiento.

En este tiempo de cuarentena, Aristimuño retomó la tarea de difusor que emprendió en FM La Tribu durante cuatro años, un programa llamado “Ese asunto de la radio”, donde pasaba música nueva y que tuvo que abandonar por las giras. La promoción de otros artistas de la escena under forma parte de su espíritu. Todos los meses el cantautor sube a su página un compilado llamado “Música sin fines de lucro” (M.S.F.L, es la sigla), que en junio llegará al volumen número cincuenta. Las transmisiones en vivo también apuntan en esa dirección y aparecieron frente a la pausa obligada del lanzamiento de su nuevo disco, Criptograma. Bajo el seudónimo de DJ Li reproduce largas sesiones de playlist armadas para cada ocasión, o se transforma en un agudo entrevistador en charlas de varias horas con artistas como Fernando Ruiz Díaz, ex Catupecu Machu. “Estoy en mi casa y encontré esta forma de charlar con músicos amigos, o pasar artistas que quiero que conozcan. A la gente le encanta que comparta mi discoteca”, cuenta el artista patagónico.

Aristimuño hace transmisiones en vivo prácticamente todos los días. “Tengo un récord de transmisión que es para el Guinness porque arranqué a las 3 de la tarde y terminé al otro día a las 10 de la mañana, con los anteojos de sol puestos. Era un juego y lo logré”. La noche suele ser la franja preferida. “Soy muy noctámbulo, es la hora que aprovecho para ver películas, leer y arreglar letras de canciones”.

En esta nueva normalidad que transita en soledad, salvo los tres días a la semana que cuida a su hija Azul, tiene la rutina de cocinar, arreglar la casa y descansar. “Estaba muy al palo. Esto me vino muy bien”. Cuando se declaró la pandemia, Aristimuño estaba a punto de editar Criptograma. Todo fue tan rápido que ni siquiera tuvo tiempo de ir a buscar el material terminado a su estudio de grabación. “El disco rígido quedó en el estudio. Si el coronavirus no hubiera pasado, Criptograma ya estaría en la calle, pero estas cosas pasan por algo”. La edición, a través de su sello Viento Azul, saldrá en vinilo y en digital, pero todavía habrá que esperar. “El otro día me copé y lo puse entero desde mi compu, donde tengo las versiones sin mezclar, para que lo escuche la gente”. Lisandro ya subió oficialmente tres canciones del nuevo disco: “Levitar”, “Señal 1”, y el reciente track “Sombra 1”. En estas canciones de pop oscuro, la voz de Lisandro suena como la de un hombre a punto de romperse. “Es más autobiográfico”, anticipa. A diferencia del espíritu solar de Constelaciones de 2016, este disco es más sombrío. Se trata de la imposibilidad de una pareja para comunicarse.

–¿Cómo surgió el concepto de Criptograma?

–El criptograma es un mensaje oculto. A veces son números o una clave. Se usaba mucho incluso para las guerras. Me pareció que ahora estamos en un momento donde se usa mucho el criptograma con los emojis, los símbolos, la carita de triste, enojado, feliz o el dedito para arriba que puede ser un ok super frío o super alegre. Estamos comunicándonos simbólicamente y es fuerte que eso esté ocurriendo. Esto de no poder expresarnos con las palabras me llamó la atención. Me abrió un abanico para hablar sobre la mala comunicación que estamos teniendo en este mundo moderno. A pesar de que estamos todo el día con el celular, se está perdiendo esa comunicación humana, romántica y frontal. Estamos todos detrás de un vidrio.

–¿Las canciones tienen ese espíritu enigmático, o fuiste más directo?

–Las canciones son oscuras y fuertes con letras que, si te estás separando o divorciando, te pueden hacer pelota. Soy un romántico pero medio tristón, no romántico feliz. Soy bastante renacentista en eso. A lo largo de mi carrera e incluso hoy fue apareciendo gente a la que no le gusta mi música porque le resulta triste o bajón, pero bueno soy así.

–En general no contás historias sino que trabajás con letras más visuales.

–Si, me encanta que las letras sean fotografías emocionales. Me puedo ir a momentos que viví en mi vida y vuelve una nostalgia que quiero plasmar en una canción. Casi siempre cuando cuento historias son más fantásticas, no soy autobiográfico. Me escondo en las letras y a veces puedo ser pájaro o mujer, no me gusta ser yo. Me encanta mutar dentro de una canción y ser cualquier cosa.

–Una vez que la canción está lista, ¿te gusta que te sigan acompañando un tiempo o te desprendes fácilmente de ellas, las dejás que hagan su vida propia?

–Las canciones son para compartirlas y me encanta que se las adueñen. Son como cartas para que cada uno las interprete a su modo. Incluso hay lecturas más lindas que las mías. Es como un parto hacer una canción y a mí me da una felicidad tremenda cuando termino una melodía y una letra. Te baja una información que la agradeces porque es muy fuerte lo que te sucede cuando componés. Hacer canciones es lo que más me gusta de ser músico.

–¿Te perdés en ese viaje, entrás como en un trance, o es como que te vas a otro lugar?

–Sí, tiene algo espiritual, es como que te vas a otro lugar, como si flotaras. No sé como explicarlo. Además, lo hermoso de hacer canciones es poder sentir que te podés expresar, eso es maravilloso. Sin la canción, hay cosas de mi vida normal, real, que no las podría decir. No encontraría las palabras ni la forma. El 60 por ciento de mi personalidad va por ahí. Hay mucho de mi visión, mi sensibilidad y fragilidad, que está puesta en la música, porque como persona no soy tan sensible, ni tan frágil, soy más un vasco duro, de carácter fuerte, calentón, pero mi música nada que ver.

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