Las hogueras de una Argentina violenta



La violencia se eleva en llamas, en neumáticos encendidos que bloquean la General Paz ajetreada, nocturna, inflamada y detenida, por colectivos y colectiveros. Chisporrotean su iracundia tras el asesinato a quemarropa de Pablo Flores, chofer también, liquidado sin atenuantes aunque no se sabe bien por qué.

El fuego devasta árboles, se desparrama por los pastizales, hay un aroma negro, hay balas de goma, avances policiales, y también desde los manifestantes hay pendencia y hay gritos y cenizas en el viento. Una batalla. Ayer, aquí. Ahora.

A la madrugada la ferocidad crece, la iracundia asciende, los rostros se desgañitan en plegarias y en reclamos.

Flores tenía 28 años, y dos hijos. Todo terminó.

La inseguridad hiere a dentelladas a La Matanza y es inocultable.

La violencia no es un vaticinio. La violencia es cotidiana, hiere, mata y desembozada azuza más tensiones y disparates.

Sabina Frederic, la ministra de Seguridad, culpó a la policía de la Ciudad por el asesinato del policía de la Montada, Juan Pablo Roldán, padre de un hijo que murió rodeado de polémicas delirantes y de flagrantes irresponsabilidades gubernamentales.

Místico -así se llamaba su caballo-, ya sin jinete, quizás no comprenda la sinrazón colectiva que le arrebató a su amigo.

Quizás el caballo continúe aguardando la llegada de Juan Roldán, que ya no volverá. El funcionariato ideologizado, encargado de garantizar la seguridad de todos, se mantuvo muy ocupado en desembarazarse de toda relación con los extravíos que acontecen.

La Argentina violenta brota en un hervor que tal vez incube otras erupciones aún mayores. El peligro ronda en todas partes. No hay segmento liberado del asalto a mano armada, del asesinato premeditado o no, no hay resguardo para parapetar a un demente que no sabe lo que hace pero que le quita rabiosamente la vida a un inocente, no hay freno para los que corren picadas automovilísticas y matan a toda velocidad.

No es tremendismo. Es observar y atestiguar la realidad con los ojos abiertos.

La violencia es la pobreza, la indigencia en mareas cada vez más altas de millones de jóvenes y de niños, la brutal inoperancia de las castas adheridas desde hace décadas a sus tronos enclavados en la prehistoria de la democracia.

La devaluación creciente es violenta. La inflación es violenta. Los controles que se multiplican son violentos.

La burocracia altiva y aumentada es violenta.

La tremenda declaración de Carlos Raimundi, el embajador argentino ante la OEA, justificando los asesinatos masivos y las torturas en Venezuela es violenta y vergonzosa.

Como señaló en varias oportunidades Felipe González, el ex premier español: “No debemos olvidarnos de los cómplices de la dictadura venezolana”.

La mutación contradictoria casi diaria de las palabras del primer Magistrado y el encapsulamiento egomaníaco vicepresidencial produce más tensión que la pacificación declamada.

El coronavirus no deja de estallar.

Verificarlo resulta violentísimo tras la interminable e ineficaz cuarentena, tan eterna como ambigua, según la visión del Primer Magistrado.

Una provincia, San Luis, se amuralla, se encierra en sí misma, envuelta en los delirios y los abusos de siempre. Confunde cuarentena con resolución autónoma de la plaga universal. No resuelve, sin embargo, los abusos que terminaron con la vida de Florencia Magalí Morales y de Franco Maranguello, resolutivamente detenidos por violar presuntamente la cuarentena y aparecidos muertos en sendos, tétricos calabozos. Vale recitar los nombres una y otra vez, porque el olvido en estos casos es el peor de los pecados. En Tucumán, Luis Espinosa desaparecido, muerto y arrojado a un barranco en Catamarca es otro difunto, evidencia de la violencia furtiva y a la vez abierta. El reino vertical de Santa Cruz, aliado sanguíneo de la Casa Rosada, se desborda con la peste. En el imperio de Formosa, en el que la abdicación de Gildo Insfrán no existe, todo es opaco, férreo y ningún número es confiable.

Los abusos se hunden en la ciénaga de los enigmas. Facundo Astudillo Castro, según la autopsia, murió ahogado. ¿Qué ocurrió? Las perplejidades no habilitan las respuestas.

La Corte produjo un oasis, al menos momentáneo. Limitó en principio la extralimitada ambición de la vicepresidenta para exonerarse a sí misma.

Ígnea, candente e incandescente, abrasadora, injusta y pobre, la Argentina afronta su destino y exhibe su lado oscuro.

Pero también se vislumbran, titilantes, algunas claridades, quizás utópicas, pero indispensables. No son espejismos, hubo un tope racionalmente impuesto por la Corte, pero a la vez una reacción irracionalmente efusiva de la guardia pretoriana que defiende dogmáticamente a la ex presidenta.

Sumisos, los guardianes deambulan en las diatribas de siempre. “La culpa es de los medios”, repiten. No acuden siquiera a peroratas renovadas.

Están en el poder. Pero ¿Cuándo están? Están habitando el pasado, y así -pretéritos- no entienden el presente.

Y desprecian al futuro.

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