Las caras nuevas del anonimato en las vidrieras del coronavirus



Sin dudas, el año 2020 será recordado por ciertas imágenes: las caras tapadas en las calles, contrapuestas a las exhibidas, a la manera de mosaico, en las pantallas. Mientras tanto, en la web se comercializan todo tipo de ocurrencias, desde una remera estampada con la foto y el nombre de quien la viste, para que pueda reconocerse en la calle, hasta un bastidor de cartón de gran tamaño con la foto de una biblioteca para ser usado como fondo en videollamadas.

Una remera que explique tu identidad oculta.

La escenografía bibliográfica no hace más que confirmar que en esta nueva modalidad de exhibición virtual es necesario, como nunca antes, ser responsables del diseño de sí, tal como lo define Boris Groys en su libro Volverse público, Las transformaciones del arte en el ágora contemporánea editado por Caja Negra en 2014. La hipótesis de Groys es simple: en un mundo donde todo es exhibible ya no queda tan clara la diferencia entre un artista que pinta rostros y la de alguien que se saca una selfie. Si todos somos artistas de nosotros mismos, tenemos la responsabilidad de nuestro propio diseño; una que, acorde con la biblioteca de cartón, es mucho más estética que ética. Aunque esta diferencia, dice Groys, haya perdido el valor que tenía en siglos anteriores.

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Entrenadas en la gimnasia de las redes sociales, las personas convertidas en siluetas recortadas que comparten el espacio plano con otras tantas siluetas, diagraman la escena que permita mostrar la mejor versión de cada uno. La vida real, que hace un tiempo se desarrollaba y se narraba en distintos ámbitos como la escuela, la oficina, la fábrica, el espacio turístico y la casa, quedó restringida a esta última pero no por eso cesó de narrarse, sólo tuvo que adaptarse a los nuevos espacios, los físicos y los psíquicos. Al respecto Darío Sandrone, profesor y doctor en Filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba, señala que “pareciera ser como si lo que antes era o se construía como realidad periférica (lo virtual) ahora es el modo de existencia central y lo que antes era central (la vida en la calle) ahora es lo periférico”.

Santiago Artemis, diseñador.

De manera que hoy en día, ante la imposibilidad de delegar el diseño a espacios exteriores, todo recae sobre el rostro y su restringido fondo. Si en el período de tiempo que va desde el siglo XIX hasta el establecimiento de las redes sociales, la cara era el reflejo del alma, lo que queda en entredicho, no es sólo esa supuesta dimensión interior que se ocultaba a los demás, sino que, tal como lo señala David Le Breton en su libro Rostros, editado por Letra Viva en 2011, al día de hoy, las puestas en escena construyen un relato intencional y único sin matices ni ambigüedades. Así, en la pose recortada, en la luz elegida especialmente, se ofrece la imagen a los demás como única opción de existencia y reconocimiento. Cuando esta imagen (la de la cuadrícula) además se retrata y se expone como testimonio, se redobla la apuesta al infinito confirmando el éxito o el fracaso con la moneda de cambio que es el like. La imagen vale su valor en cantidad de likes.

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Un segundo aspecto asociado al anterior es el estudio de los gestos faciales. En la jerga psicológica comunicacional se llama “kinésica” a la disciplina que estudia los gestos y los movimientos corporales, haciendo especial hincapié en las microexpresiones y gestos involuntarios como modo de develar aspectos inconscientes de las personas. Sus premisas han inspirado la serie norteamericana Lie to me donde Tim Roth encarnaba a Carl Ligthman, un especialista que colaboraba con un grupo de detectives entrevistándose con sospechosos de los crímenes a resolver. La verdad y la mentira siempre estaban presentes en el rostro, más allá de la voluntad del interrogado. La premisa de la kinésica podría resumirse en la idea de que el cuerpo funciona como un inconsciente. Sin embargo, en la pantalla cuadriculada las cosas no son tan simples, especialmente porque en una reunión estándar, el participante también puede (y es probable que quiera) verse a sí mismo, participando, controlando cada gesto, cada movimiento propio. El efecto es extraño porque se produce un juego de espejos donde emisores y receptores se miran a sí mismos como si fueran otros mientras mezclan de manera superponen voces y silencios de manera constante.

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Vida pública en cuarentena

Así, mientras el cuerpo virtual tiene que esforzarse por diseñar su mejor versión, el real, en cambio, es un potencial portador del temido virus, razón por la cual no sólo es mejor conservar la distancia social, sino también ocultar la parte sospechosa, en este caso, la nariz y la boca. “La situación podría pensarse como una balanza de platillos: mientras el que sostiene la vida virtual carga con todo el peso, el de la vida real queda vacío y oscilante. Claro que esta asimetría trae consecuencias en varios niveles. En el individual podría asociarse con una especie de desconfianza constante, no sólo porque la parte que se oculta es la podría transmitir la enfermedad, sino porque, en términos kinésicos, hay una zona que no puede descifrarse. Al mismo tiempo, “el barbijo funciona como un mediador entre las personas y las cosas evitando el contacto directo entre los cuerpos posiblemente infectados”, dice Sandrone. De todas maneras, la proliferación de tapabocas de diseño, junto con las remeras personalizadas, surgidos en apenas días y comercializados a velocidad –en parte por la crisis del mercado textil que tuvo que reconvertirse– demuestran una vez más que la moda y las tendencias son modos de construcción identitaria tan válidos como cualquier otra prenda de vestir.

Mujeres que llevan nicab abandonan el Parlamento en Copenhague, Dinamarca, el 31 de mayo de 2018. El Parlamento danés aprobó ese día una proposición de ley que prohíbe el uso en lugares públicos de prendas que cubran el rostro, incluidos el burka y el nicab, y castiga las infracciones con sanciones económicas. Foto: EFE/ Mads Claus Rasmussen.

En el nivel social, la cosa se vuelve más paradójica en la medida que atenta contra los mecanismos de control y vigilancia. Si hasta hace poco se discutían las tecnologías asociadas al reconocimiento facial en lugares públicos (con todas las inconveniencias que esto podía traer a la invasión de la privacidad, los errores en la identificación de personas y la libertad de circulación) ahora, la amenaza pone en suspenso, por lo menos por un tiempo, la seguridad del panóptico contemporáneo. Al fin y al cabo, la tecnología de reconocimiento funciona en la medida en que haya un cuerpo circulando en un espacio público donde no pueda esconderse de la mirada ajena. Caminar con la cara tapada, hace unos meses, hubiera levantado las alarmas del resto de los transeúntes. Recordemos que en 2009, el presidente francés Nicolas Sarkozy impulsó una ley que prohibía a las mujeres musulmanas usar el velo integral en lugares públicos (burka) con el doble objetivo de bregar por la dignidad de las mujeres y evitar que el ocultamiento del rostro fuera funcional a la actividad terrorista. “No es casual que cuando se tramita un documento de identida o pasaporte, la cara tenga que estar lo más descubierta posible, sin anteojos, ni gorros, hasta la barba se vuelve un problema, a veces. Tapar o alterar algún rasgo es siempre sospechoso para el Estado, pero también para el resto de la sociedad”, resalta Sandrone. Tal vez por eso en septiembre del 2019, el Pew Research Center, con sede en Washington, llevó a cabo una investigación que medía el grado de aceptación de estas tecnologías. Según las encuestas, el 59% de los entrevistados estaba de acuerdo en que su cara fuera escaneada en lugares públicos. Un número que podría leerse desde dos lugares distintos y complementarios: como la resignación de una sociedad altamente tecnologizada donde nadie puede esconderse demasiado o como la evidencia de que la vida virtual nos ha acostumbrado a esta exhibición.

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El dilema que presenta la coyuntura no es menor en la medida que nos enfrenta con una cuestión paradojal: mientras permanecemos en nuestros ámbitos privados debemos ser todo lo públicos posibles construyendo escenografías viables para una vida que, por ahora, no necesita existir por fuera de la pantalla. Mientras tanto, en las calles, los rostros semitapados invitan a una nueva forma posible de anonimato y soledad.

Ingrid Sarchman es docente e investigadora de la Facultad de Ciencias Sociales, UBA.

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