La ventaja de los avances tecnológicos y la desventaja de no clasificar por calidad



Por Pablo Eduardo Abbate, especialista en cultivos de invierno

​Según puede calcularse de los datos de la Dirección de Estimaciones Agrícolas y Delegaciones del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación, entre los años 1970 y 2000 el aumento de rendimiento de trigo en Argentina promedió 39 kg/ha por año. No obstante, a partir del año 2000, el aumento de rendimiento promedió 47 kg/ha por año ¿A qué factores puede atribuirse este mayor aumento?

En primer lugar, en el año 2000 comenzaron a introducirse en Argentina cultivares (antes llamados variedades) con sangre francesa de mayor rendimiento. Por otra parte, en esos años comenzó a generalizarse la siembra directa en trigo, lo que permitió una mayor acumulación de materia orgánica (humus) y de agua en el suelo, abaratando los costos de siembra. Se comprendió más claramente la importancia de respetar la fecha de siembra óptima de cada cultivar y de cambiar de cultivar cuando las condiciones meteorológicas obligan a retrasar la siembra. Mediante el uso de mezclas de herbicidas se logró un control de malezas de mayor espectro y más prolongado. Se mejoraron los métodos de diagnóstico de las deficiencias de nutrientes, se reemplazaron las dosis fijas de fertilización por dosis proporcionales al rendimiento esperado y se mejoraron los métodos de fertilización (estado de la maquinaria y de su regulación). Se difundió el control los hongos que atacan las hojas mediante métodos de diagnóstico sanitario, criterios para definir el momento de aplicación de los fungicidas y métodos de aplicación apropiados.

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Toda esta tecnología disponible es el resultado, planificado o no, del trabajo continuo en investigación y experimentación, pública y privada, a través de los años anteriores.

Hacia el final de los años 1990, muchos de los avances tecnológicos mencionados estaban disponible en los países desarrollados, pero no en la Argentina. La incorporación de tecnología no se trató de una adopción directa, más bien fue un desarrollo con características propias. Por ejemplo, la introducción de cultivares franceses, no se trató de la importación de cultivares difundidos en Francia, sino de cultivares evaluados y desarrollados entre criaderos de Francia y de Argentina para ser introducidos en Argentina.

Argentina fue uno de los primeros países en el mundo en alcanzar 90% de siembra directa en trigo, esto requirió del desarrollo de maquinaria y de métodos de diagnóstico de deficiencias de nitrógeno y fósforo que luego fueron adoptados en otros países. El desarrollo tecnológico también incluyó la formación de especialistas en distintos aspectos del cultivo de trigo y de profesionales entrenados en la observación y seguimiento del cultivo, regulación de maquinaria, etc. Es más, se puede decir que actualmente, no hay en el mundo tecnología, método o conocimiento que pueda tener un impacto relevante en nuestra producción con el que no contemos en Argentina. Incluso puede decirse que, dada la tecnología involucrada en cada grano de trigo cosechado, no se trata de un producto con poco valor agregado. El trigo le da tanto valor agregado a los insumos que utiliza, como la mayoría de las industrias no agropecuarias. De hecho, según el INDEC, el trigo está entre los seis principales complejos exportadores de Argentina y la industria panadera es la principal fuente de empleo manufacturero.

Gracias al aumento de rendimiento, la producción de trigo argentina alcanza para satisfacer el consumo interno con un saldo exportable que aumentó 42% entre los años 2000-2019, respecto de los 20 años previos (1980-1999). Cabe preguntarse si este aumento de rendimiento mejoró el ingreso de los productores. Entre los años 1980 y 2019 el precio del trigo (expresado en moneda constante) decreció 45%. Por lo cual, el aumento de rendimiento logrado en los últimos 20 años no alcanzó para compensar la caída del precio, lo que implicó una caída del ingreso de los productores ya que la mayor parte del beneficio se transfirió a los consumidores a través del menor precio del grano o de la recaudación de impuestos.

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De hecho, el trigo suele ser el alimento humano más barato, lo cual es fácil es constatar al comparar precios en el supermercado ¿algún alimento tiene menor precio por kilo que el trigo? Ante esta situación, la mejor opción que tiene un productor para aumentar su ingreso es aumentar el rendimiento, mediante un mayor uso de insumos y de aplicación de tecnología. La reducción de costos no es factible ya que el único insumo proporcional al rendimiento son los nutrientes (fertilizantes), el resto de los insumos (tierra, semilla, labores, herbicidas, etc.) tienen el mismo costo sea el rendimiento alto o bajo.

¿Podría lograrse un mejor precio a través de una mayor calidad panadera? Si, pero la solución está fuera del alcance de los productores. Tanto en Argentina como en el resto de mundo, el trigo suele presentarse un compromiso entre rendimiento y calidad, es decir, cuando el rendimiento aumenta, la calidad tiende a decrecer. ¿Pude romperse esta relación? sí, pero requiere de la elección un cultivar de mayor calidad y seguramente más limitado en rendimiento y/o sanidad, y de la aplicación de mayores dosis de fertilizante nitrogenado.

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Es decir, mantener una alta calidad tiene un costo adicional que debería estar compensado por un mayor precio del grano. El estímulo económico para lograr una alta calidad debería llegar antes de la siembra, ya que la elección del cultivar tiene un alto impacto, sin embargo, esto solo ocurre para una baja proporción de la producción que se realiza por contrato, en general para molinos locales. Por lo cual, la mayoría de los productores procuran mejorar el beneficio económico del cultivo a través de un mayor rendimiento manteniendo una calidad entre media y mínima.

Argentina dispone de cultivares para producir grano de alta calidad panadera, incluso de calidad correctora ¿Podría tener ventaja producir trigo de alta calidad? Si, ya que permitiría ampliar los posibles países compradores del trigo argentino. Argentina es claramente el principal país exportador de trigo de Sudamérica. Excluyendo a Brasil (nuestro principal comprador), los países sudamericanos restantes, importa una cantidad de trigo 20% mayor que la importada por Brasil. Ese trigo importado suele ser de buena calidad y buen precio. Ocurre que con ese trigo se busca solucionar los problemas de calidad que tiene la producción de los países en que las condiciones ambientales no favorecen una buena calidad panadera.

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Ese trigo llega a Sudamérica desde otros continentes con un flete igual o mayor al que se requeriría para importarlo desde Argentina. Si Argentina ofreciera trigo de la calidad deseada, podría captar esos mercados sin necesidad de rebajar el precio para compensar el costo adicional del flete al exportar a países lejanos. Esta estrategia requiere que en Argentina se segregue la producción de trigo por calidad. De hecho, todos los países que exportan con continuidad segregan su producción y ofrecen un menú de calidades estables entre años (lo que varía entre años es la cantidad de toneladas disponibles de cada categoría, pero no la calidad de cada categoría).

Argentina es el único país exportador de trigo que ofrece una calidad pobremente definida y variable entre años, si bien, la calidad promedio sigue considerándose buena. La idea de segregar la producción de trigo tomó fuerza al comienzo de los años 2000 cuando comenzó la introducción de los cultivares franceses, pero nunca se concretó. A mi entender los argumentos que se esgrimen para no segregar la producción triguera argentina no son sostenibles en la actualidad. Todos los países exportadores de trigo logran clasificar su producción ¿por qué Argentina no podría hacerlo?

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La ventaja de segregar por calidad también es válida para el trigo de calidad no panadera. Se podría alcanzar rendimientos mucho más altos que los actuales, por medio de cultivares adecuado, para producir grano destinado a productos no panificados. Siguiendo esta estrategia, recientemente Nueva Zelandia alcanzó un nuevo récord mundial de rendimiento a nivel lote: 17000 kg/ha (el récord de Argentina ronda los 10000 kg/ha). Estos trigos, que no son de calidad panadera, pueden utilizarse como grano forrajero o para usos industriales. La inscripción de este tipo de cultivares ha sido desalentada en Argentina mediante objeciones que podrían considerarse arbitrarias ya que no tienen un fundamento legal claro. Sin embargo, no hay motivo para que Argentina no produzca trigo de una amplia gama de calidades a fin de satisfacer la demanda interna y la de los posibles países importadores. De esta manera se podría compensar por medio de mayor rendimiento la demanda por baja calidad y menor precio, y con mayor precio el menor rendimiento asociado a alta calidad.

Esta estrategia también sería aplicable al caso del trigo transgénico. A pesar de lo que muchas personas creen y difunden, la Revolución Verde de los años 1960 no introdujo trigos transgénicos y aun no existen en el mundo cultivares comerciales de ese tipo de trigos. Argentina posee la tecnología para producir cultivares de trigo transgénicos con mayor tolerancia a la sequía. Este tipo de transgénicos no debe asociarse al uso de glifosato como en el caso de la soja transgénica ya que se trata de la introducción de genes totalmente distintos. Sin duda, la producción comercial de trigo transgénico podría generar problemas de comercialización en un país que no segrega su producción. Pero ¿cuál es la ventaja de no diversificar la producción de trigo? Nuevamente el cuello de botella vuelve a ser una falta de segregación injustificada.

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