La Salada: de “pueblo fantasma” a una reactivación a medias



Miguel sostiene el rociador con alcohol en un local sobre la calle que bordea al Riachuelo en Lomas de Zamora. A un lado, la pizzería sigue cerrada. Del otro, la persiana negra llega hasta el piso. Es un punto neurálgico de La Salada, donde hasta marzo nadie hubiera encontrado lugar para estacionar pasadas las 8. Una zona donde la gente se solía amontonar entre carros, bolsas y valijas de mercadería. Pero ahora, señala el empleado, hasta las vías pasaron a verse despejadas, lejos de la postal de aglomeración y manteros que levantaban campamento cada vez que pasaba el tren.

“Hay un 10 por ciento de la gente que venía antes”, estima Alexis (26), que junta pasajeros para hacer viajes en auto a Puente La Noria. “Creo que es por la fecha del mes, la plata, la gente que no se anima por el coronavirus, las combis del Conurbano que vienen a la mitad y los micros del interior que no pueden salir de las provincias y que traían a la mayoría de las personas que se veían acá”, opina el remisero.

“Además, están todos los locales que decidieron esperar un poco más antes de reabrir y los que directamente se fueron”, agrega.

“Hay un 10 por ciento de la gente que venía antes”, dice Alexis, un remisero que hace viajes entre La Salada y Puente La Noria. Foto Luciano Thieberger

Sergio Correa, uno de los referentes de la zona del Paseo de la Rivera Sur, a metros del ferrocarril, cuenta que hubo un porcentaje de personas que todavía no reabrieron porque están en grupos de riesgo. Pero otros, en primer lugar, “se acostumbraron a la venta online” durante la cuarentena y, en segundo, “vieron que era mucho costo fijo volver a los locales cuando todavía no hay venta mayorista”.

Además, está la situación de los predios feriales -Urkupiña, Punta Mogote y Ocean- y las galerías comerciales, que tienen que trabajar al 50 por ciento. Según tengan un número de puesto par o impar se van rotando en los tres días en los que se hace la feria: lunes, miércoles y sábados. “Es mucho costo fijo, entre alquiler y expensas, a lo que se le suman las medidas de prevención”, detalla Correa.

Por protocolo, las galerías comerciales tienen que trabajar con la mitad de sus puestos. Foto Luicano Thieberger

Desde el 20 de marzo, La Salada pasó de dar el aspecto de “pueblo fantasma” a un reinicio cuidadoso de actividades a partir del miércoles 21 de octubre, cuando la provincia de Buenos Aires dio luz verde a un protocolo que establece, entre otras cosas, que cada local sólo puede abrir a un 30 por ciento de la capacidad, controles de temperatura y señalética en el piso que marca la circulación con distanciamiento social en los predios feriales. También hay controles estrictos a las combis que ingresan y una presencia fuerte de Policía en toda la zona.

– No me dejan entrar.

– Pero, ¿vos no tenés la credencial como puestera?

Patricia, de 17 años, niega. Desde que reabrió, Urkupiña controla la edad de todos los que ingresan, incluidos los comerciantes. No pasan menores de 18, adultos mayores, familias con chicos ni embarazadas. “El tema es que tengo que entrar porque es mi trabajo, yo ya trabajaba acá antes de la pandemia”, cuenta la adolescente a Clarín.

En la feria Urkupiña, un galpón cerrado dentro de La Salada, no dejan entrar a menores de 18, adultos mayores, chicos o embarazadas. Foto Luciano Thieberger

Marta, de Avellaneda, sale con dos bolsas de ropa del predio. “No hay nadie adentro, muy pocos locales”, asegura. De la mano de enfrente, la situación se repite. “Alquilo puestos”, dice una tela colgada en la entrada a una galería, cruzando la calle Intendente Tavano. De 40 puestos, se habían alquilado sólo cinco.

Caminar por la vereda es recibir una oleada de precios coreados por los comerciantes: se ofrecen remeras por $260, zuecos tipo Crocs a $450 y una docena de medias a $500. También, es recibir en la cara el vapor sanitizante de las entradas de los centros comerciales bajo techo, otro requisito que Provincia estableció como parte del protocolo.

En La Salada se ofrecen remeras por $260 y zuecos tipo Crocs a $450. Foto Luciano Thieberger

“Cuarenta mil pesos me salió este”, dice Franco y señala una ducha sanitizante con forma de arco. “La municipalidad de Lomas de Zamora nos obliga a ponerlo”, explica. Y describe que, en general, los clientes que se ven son gente del barrio o minoristas del Conurbano. “Pero acá la gente que venía en su mayoría es la que compra y revende, y de eso no hay nada”, explica.

En el ingreso a las galerías comerciales cerradas pusieron duchas sanitizantes. Foto Luciano Thieberger

En otras galerías, para sanitizar optaron por un caño que pasa desapercibido en el techo de los accesos. Miguel, de seguridad de uno de los paseos, tiene guardado en el bolsillo el termómetro electrónico y cada tanto lo saca. “Es imposible medirle la temperatura a todos, porque a veces la maquinita esta se traba y la gente se impacienta”, dice. Eso sí, no pasa nadie sin rociarse las manos con alcohol, asegura con la botella en la mano.

Miguel custodia la entrada de una galería de compras armado con un rociador de alcohol para sanitizar las manos de los que entran. Foto Luciano Thieberger

“Hay muchos locales vacíos todavía, pero creo que va a levantar a principios de mes. Mientras tanto, voy viendo que no se acumule mucha gente y también ayuda que vienen los municipales a advertir también”, explica Miguel.

Damián espera clientes sentado en un negocio en una esquina, frente al predio de Punta Mogote, donde se ven filas de pasillos con las cortinas bajas y muchos carteles de “se alquila”. “Es que hay muchos locales que empezaron a vender online y les fue bien. Ya no les conviene venir acá. Otros comerciantes directamente tuvieron que cambiar de actividad. Yo aguanté porque soy docente además de trabajar acá y con eso me banqué. Ahora estoy tratando de sacar el stock que me había quedado”, cuenta.

Sergio trabaja con un carro, trasladando mercadería. Pero en estos días casi no hace viajes. Foto Luciano Thieberger

Para los carreros, que se encarga de trasladar la mercadería desde los vehículos de los comerciantes al interior de los predios feriales, la situación es preocupante. “Cada viaje que hago, lo cobro 200 pesos”, dice Sergio (18), que lleva un buen rato esperando arriba de las maderas de su carro.

NS

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