La nueva esperanza contra el Covid-19 viene de una planta genéticamente modificada



British American Tobacco (BAT) anunció esta semana que iniciará la fase 1 de su vacuna contra el Covid-19 el mes próximo. Ya cuenta con la aprobación de la FDA (la agencia de medicamentos de Estados Unidos) para iniciar los ensayos en seres humanos. La noticia es de enorme trascendencia, no solo porque es la primera vacuna en llegar, en medio de la búsqueda vertiginosa por encontrar la protección contra el coronavirus. Pero tiene otro aspecto relevante: fue obtenida a través de la modificación genética del tabaco. Por eso nos ocupamos de ella hoy en Clarín Rural.

Lo que hizo la mayor tabacalera del mundo, cuyas acciones vienen perdiendo fuerza por las campañas anti-cigarrillo, fue un muy elegante salto al futuro. En pocas horas pasó de villano a héroe, y el mercado se lo reconoció. La acción venía en picada desde que se desencadenó la pandemia, sobre todo cuando eclosionó en Nueva York. Cotizaba a casi 50 dólares y había bajado a 27 el 30 de marzo.

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Al día siguiente anunciaron que contaban con la vacuna, y el papel (no el del cigarrillo…) dio un respingo. Subió un 40% de inmediato y ahí se sostuvo hasta que el miércoles pegó otro salto, cuando confirmaron que desde fines de junio dispondrían de un millón de dosis por semana. Es la nada misma frente a una pandemia que requerirá miles de millones de dosis, pero como dicen los chinos, un camino de mil millas se inicia con un primer paso.

Más allá del impacto favorable que la noticia genera para BAT, que tiene 55.000 empleados en todo el mundo y es la propietaria de algunas de las marcas más importantes de cigarrillos, como Lucky Strike, Pall Mall y Dunhill, lo más interesante es que resalta las posibilidades de la modificación genética, utilizando las plantas como vehículos para generar soluciones que van más allá de la producción de alimentos y bioenergía.

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Estamos ahora ante la oportunidad de remarcar que la biotecnología es una herramienta que no solo le sirve al productor para mejorar sus rindes o reducir sus costos. Una muletilla que utilizaron algunos para demonizar a las semillas modificadas genéticamente, hasta llegar a trabar su ingreso a algunos mercados. Entre ellos, los de varios países europeos. Conviene recordar que BAT tiene su sede en Londres, aunque el desarrollo de la vacuna se hizo en Kentucky, centro tabacalero de los EEUU.

Así que ahora la vacuna que se va a inyectar a millones de seres humanos proviene de una planta GMO. La poderosa empresa, que a pesar de la obsolescencia del negocio del cigarrillo vale más que la General Motors y la Ford juntas (aunque la mitad que Tesla, ya la segunda automotriz del mundo detrás de Toyota), tendrá que salir a respaldar a la maravillosa herramienta de la biotecnología.

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Nos viene bárbaro. La Argentina abrazó con fuerza a las semillas transgénicas, base de la expansión agrícola de la Segunda Revolución de las Pampas. Se basó fundamentalmente en eventos biotecnológicos desarrollados por compañías con enorme musculatura en investigación y desarrollo. Pero al mismo tiempo fue capaz de generar sus propios eventos, como el HB4 de tolerancia a la sequía para soja y trigo que logró Bioceres, o el de Tecnoplant para resistencia a virus en papa.

Así que ahora podremos sacar pecho. Chau el cuentito tecnofóbico, que hizo claudicar a algunos funcionarios cuando le pusieron el pie a la puerta giratoria de nuestra capacidad científica y tecnológica. Supimos hacer punta en los 90, cuando el actual canciller Felipe Solá liberó la soja RR, asumiendo el riesgo de que se lo acusara de defender los intereses de la desaparecida Monsanto. Su decisión significó mucho más que pasar de 15 a 60 millones de toneladas de soja. Fue el hito fundacional de un proceso que hizo de la Argentina un país viable, a pesar de nuestras propias pialadas.

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Lo que hizo BAT no es nuevo para nuestro sistema científico. Aquí se modificó genéticamente a la planta de cártamo para que expresara quimosina, el complejo enzimático responsable del cuajado de la leche para producir quesos. Lo hizo Bioceres y tiene un convenio de producción con Porta Hnos, la empresa cordobesa que ahora está haciendo un aporte fenomenal con su liderazgo en la producción del estratégico alcohol en gel.

Es el mismo sistema científico que, en estos mismos días, está arrancando con otra esperanza en la batalla contra el Covid-19: la alternativa del empleo de la ivermectina como un freno a la multiplicación del virus. Han coordinado esfuerzo muchas instituciones públicas y empresas privadas que le pusieron foco al tema. Carlos Lanusse, el veterinario de Tandil del que ya dimos cuenta en estas páginas, nos contó que ya se iniciaron los ensayos y en cinco a seis semanas tendremos los primeros datos.

Queda vida inteligente en la Tierra. En la Argentina.

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