La mujer detrás del personaje: el drama que la Chilindrina quiere dejar atrás



Ya tiene elegida la frase que llevará su lápida: “Aquí yace la única niña del mundo que cuando llora te hace reír”.

Quiere que en su velatorio vistan su cuerpo como La Chilindrina, que el público pase delante del ataúd, apriete un botón y su voz grabada diga “como me ves, te viste. Y como me veo te verás”.

Dos días antes de Nochebuena, María Antonieta de las Nieves cumplirá 70. Sigue hablando como una nena, viviendo económicamente gracias a sus berrinches, enroscando el suéter rojo y pintándose pecas. Evita la terapia y los psicólogos: “No vaya a ser que me manden a guardar a La Chilindrina”, dice “guardada” en su vecindad del Distrito Federal, en un México que ya enterró más de 80 mil personas a causa de la Covid-19.

Ahora semisonríe la niñita que hiperventila, pero hace un año lloró con más espasmos que en toda su carrera. Después de 48 años de matrimonio con el locutor Gabriel Fernández enviudó y derramó más lágrimas que en el medio siglo de La Chilindrina. Sumida en una depresión, guardó el “disfraz” un tiempo.

“Estuve cinco meses inactiva, no me quería parar, no me quería bañar, no me quería arreglar. No quería nada. Y cuando me di cuenta dije ‘tengo que hacer algo con mi vida’. Voy a retomar la gira del adiós. Había bajado 10 kilos”, cuenta de a ratos pixelada por el Zoom.

“Era mi primer trabajo después de que falleció mi esposo. Estaba en una gira en los Estados Unidos. Iba a ser una gira larga, la gira del adiós de la gente linda y buena que ha seguido a Chilindrina desde hace 50 años. Empecé en Santa Ana, California. Ibamos a estar tres semanas. A la primera semana viene la pandemia, nos avisan que tenemos que bajar el circo y me volví a México… a ver si me detenían en los Estados Unidos. ¿Qué hago yo sola?”.

“Toni” -como la llaman- se vio obligada a cortar el emprendimiento de la valijita de recuerdos pueblo por pueblo y se enfocó en un rubro “hermano”. Encontró un pequeño salvataje económico con su delivery de videos personalizados. Por una tarifa, graba mensajes para “cumpleaños, bodas, divorcios, alta de coronavirus”. Tuvo que aclarar que no estaba muriéndose de hambre, como indicaban los titulares amarillísimos.

Su tono fue la música con la que muchos crecieron. Hubo un tiempo en que Antonieta fue actriz de doblajes, la voz latina de Batichica, de Pebbles Picapiedra, de Merlina en Los locos Addams, de Dorothy en El mago de Oz, de Willie Oleson en La familia Ingalls. Pero el monopolio de su cuerpito lo tuvo Chilindrina.

La RAE podría incorporar a esta altura el verbo que ella usa desde mediados de los setenta: “chilindrenear”. Médula de un negocio que no termina, su cara hoy es hasta funda de celulares.

Lejos de la empresa que implica una niña en el cuerpo de una adulta, todas son preguntas para Antonieta: ¿Cómo se convive con una criatura que reaparece y se esconde, que se prende y se apaga a piacere? ¿Qué tan complejo para una psiquis es fraccionarse, o incorporar un otro todo el tiempo? ¿Amor y odio? “¡Es amor absoluto!”, defiende. “¡Gracias a la Chilindrina tengo todo y tuve el marido que tengo! Es más, Chilindrina es mi hija. La siento como mi hija. Y ella me siente como su mamá. Ella no está triste porque se haya salido de la vecindad, porque ahora ella vive conmigo”.

Una vida de película

María Antonieta de las Nieves cuando no es La Chilindrina.

Madre de Gabriel, Verónica y Angélica, un metro cuarenta y ocho de estatura, a la mujer que todo Sudamérica nombra igual menos Brasil (allí es Chiquinha) la muerte le rozó varias veces. Un nacimiento complejo, un preinfarto ocasionado por las rispideces con Chespirito. Cuenta poéticamente en su biografía (Esta es mi historia) que a las horas de nacida, Don Tanis (Estanislao), su padre, llevaba entre sus brazos “un bulto diminuto envuelto en una cobijita para bebé. Iba por la calle corriendo y llorando en silencio. Se sentía el hombre más infeliz, porque en su regazo se le estaba muriendo su hija recién nacida”.

Mientras en el Hospital Tagle, Doña Pilla, la mamá de María Antonieta, parecía agonizar por las complicaciones del parto, un sacerdote se apuraba para bautizar a la bebé. Antes de cubrir la cabeza de agua bendita, el cura pensó que María Antonieta ya estaba muerta, porque “yacía flácida, pálida, con la boquita abierta y los ojos entrecerrados”. Cuenta ella que minutos después, como si terminara “de practicar un exorcismo”, gritó estruendosamente y padre y cura formularon una pregunta de la que hoy ella se agarra para hablar de vocación actoral: “¿Estaba actuando esta escuincla?”.

De las Nieves creció -al igual que Chilindrina- en una vecindad. Fue en el corazón de La Lagunilla, en la calle de Libertad 138, interior 5. Su mamá había atravesado 14 embarazos, pero solo siete bebés sobrevivieron. La familia se dedicaba a la venta de ropa de maternidad, con dos tiendas y una “fabriquita”. Estudiante de danzas, a los seis María Antonieta ya era nombrada en un diario de Puebla como “una precoz bailarina”, dirigida por el gran actor mexicano Andrés Soler.

A los siete debutó en el cine en el filme Pulgarcito. Las películas, la radio y las telenovelas mexicanas la reclamaban sin tregua y contribuían con el ascenso social de la familia. Mientras, María Antonieta Gómez -el apellido real- intentaba métodos salvajes de crecimiento para pasar el metro y medio de altura. Probó hasta un mecanismo con una polea “que jalaba el cuello, una cuerda atada a una pared hasta que no aguantabas el estiramiento”.

Cuando entendió que “lo bueno viene en frasco chico”, llegó el golpe de popularidad internacional, con el llamado de Chespirito (Roberto Gómez Bolaños, llamado así como homenaje a Shakespeare, en una deformación fonética de ‘chespir’, a la que agregaron ‘ito’). Fueron compañeros del humor desde 1968 hasta 1983, con una interrupción entre 1973 y 1974, cuando Antonieta quedó embarazada. En la vecindad, Ron Damón justificaba la ausencia diciendo en su libreto que la niña había sido enviada a ver a unas tías a Guanajuato.

Confesiones de una vecindad conflictiva

La mujer que dedica sus días a “juegar” confiesa que el capítulo más difícil de su vida ocurrió cuando dejó a Chespirito. “Él me demandó, a mí todo se viene con enfermedades y me vino un preinfarto. ¡Me dio tanta tristeza!”, admite.

“Yo les dije, ustedes usen a la Chilindrina y yo la uso también. Pero ellos no querían que yo la usara. Después de veintitantos años de ser la Chilindrina yo no iba a empezar mi carrera otra vez. ¡Yo ideé la forma de ponerme pecas. El suéter chueco, mis lentes, la falta del diente, las colitas. Es más: este personaje lo hice antes de empezar a trabajar con Chespirito!”, sigue.

“Él le puso Chilindrina por las pecas… En México hay un pan de dulce que se toma con café con leche. Y tiene azúcar quemada encima. Se ven puntitos. ¿Entonces, quien hizo a la Chilindrina? Él le puso nombre y el diálogo. Todo lo demás lo puse yo, cómo reírme, el fíjate, fíjate, fíjate, la forma de llorar…. Yo soy la madre y Chespirito es el padre”. 

Antonieta no estuvo en el funeral más impresionante de la última década, el de Gómez Bolaños en el Estadio Azteca, en noviembre de 2014. Cincuenta mil personas, cientos de niños caracterizados como El Chavo, otros cien como el Chapulín con antenitas de vinil al grito de “síganme los buenos” hicieron de una muerte la celebración de una vida. En el centro estaba el féretro, festejado entre chipotes chillones.

¿Hubo maltrato? ¿Por qué no despedir al compañero? “Chespirito tenía muchas cosas maravillosas, cosas aparte de ser un ser súper inteligente, súper buen escritor, súper buen director. Lo voy a recordar con muchísimo cariño. Lo quise mucho. Pasaron algunos inconvenientes, algunos enojos, algunas molestias, pero pasa en las mejores familias”…

“Cuando dije que era la madre y él era el padre de Chilindrina, me molestó un chiste de doble sentido: ‘Yo no recuerdo haber estado contigo’, comentó. Le dije: ‘Mira, Chespirito. Tú ya no quieres hacer El Chavo porque te sientes grande. Te entiendo. Pero yo tengo muchos menos años que tú y voy a seguir siendo La Chilindrina’. Y me dijo: ‘Tienes razón, hazla a ver si te dan la oportunidad en algún lado bueno. Y mientras seguí trabajando con él. Hacía yo el papel de Marujita, la novia en los caquitos. ¿Qué es Marujita? Una prostituta. Entonces yo no iba a cambiar a la Chilindrina por la prostituta. Definitivamente no iba conmigo”.

“Fueron 11 años de pagar abogados para demostrar que yo era la Chilindrina, que los derechos eran míos. Los derechos me los dieron a mí. Bendito sea Dios. Entonces yo fui a hablar con su hijo y le dije ‘ustedes usen a la Chilindrina para lo que quieran y yo lo uso para lo que yo quiera. Yo no les voy a cobrar ningún centavo, pero eso sí, si lo usan para algo tienen que poner abajo derechos de María Antonieta de las Nieves’. Y se enojó Chespirito”.

La última vez que se encontraron, hace una década, fue en un hotel de Miami. “Lo vi en el lobby, le grité ¡Chespirito! Hizo así los brazos y yo corrí a abrazarlo. Nos dimos un abrazo de padre e hija. ‘Chespirito: ¿Qué pasa con nosotros, si nos queremos mucho?’, le pregunté. Me dice: ‘Son los periodistas, porque están rasca y rasca hasta que hacen decir cosas que no debes o que no puedes o que no quieres’. Le pedí el teléfono de su casa, lo llamé luego pero nunca me pasaron con él”.

“Al funeral no me mandaron la invitación”, argumenta. “Imagínense un homenaje a Chespirito, donde piden a todas las niñas que vayan disfrazadas de Chilindrina, a todos los niños que vayan disfrazados del Chavo, y a mí no me invitan. Latinoamérica, desbordada de Chilindrinas y Chapulines. Me desilusioné”.

El mito que lucha contra el abuso sexual

Cada 2 de septiembre, Chilindrina grita al cielo y postea “feliz cumpleaños, papito lindo”. Se siente hija adoptiva de Ramón Valdés, Ron Damón. Parece estancada en el tiempo, pero no. “La Chili” evolucionó a la par del mundo y ahora usa su imagen de niña para la prevención del abuso infantil.

Su dibujo forma parte de una campaña cuyos afiches en mayúsculas sobre educación sexual hablan del cuerpo como templo sagrado. Un alerta necesario en un país en el que 4,5 millones de niñas y niños son víctimas de abuso sexual cada año. Solo 100 de cada 1.000 casos se denuncian.

El Chavo del 8 es noticia mundial por su desaparición de pantalla, pero poco se habla del paradigma del que nos reíamos: las precarias condiciones de vida de Latinoamérica, la vida dentro de un barril, los golpes como forma de relacionarse. 

En la Universidad Nacional Autónoma de México alguna vez se analizó esa comedia de situación en la que reina la violencia simbólica, el machismo y la discriminación hacia las personas obesas y ancianas. ¿Se puede cuestionar el humor? ¿El humor no es acaso denuncia adornada por la risa? ¿Un programa puede convertirse en modelo de reproducción de ciertas conductas o tratamos al espectador de idiota cuando creemos que no puede tomar distancia?

A dos meses de la decisión que sacó del aire mundial a El Chavo y El Chapulín (por temas legales que enfrentan a Televisa y los herederos de Gómez Bolaños) Chilindrina sabe que “es imposible” quedar en el olvido. “No tengo miedo. Hemos estado durante tantos años que los papás no van a dejar que los niños olviden. Como yo sé quién era el Gordo y el Flaco y nunca los conocí en persona”.

“Chilindrina tuvo su escapada romántica en un yate en Acapulco con Luismi en los ’80”, “Chilindrina aprende a perrear al ritmo del reggaeton”, “Chilindrina contratada por Netflix para promocionar la nueva temporada de Stranger Things”… Imposible pensar que la hija de Ron Damón es material de archivo cuando no cesan en Sudamérica los titulares que la involucran. Eso sí, su casa es un museo: cuelgan los vestidos del personaje de “La Chili” desde los setenta hasta hoy. Hay Chilindrinitas de tela, plástico, cerámica y vitró importadas de cada país que pisó.

Si tragedia más distancia da como resultado el humor, “La Chili” nos sirve hoy para repensar qué nos provocaba (y nos provoca) la carcajada. La llorona de los anteojos sin cristales y 16 pecas prefiere gambetear el análisis y “tiktokea”. “Para aquellos que han publicado que he muerto de Covid, les dejo esta linda vista que tengo mientras desayuno en mi querido Acapulco”, avisó desde sus redes hace unos días. 

No hay planes jubilatorios. Si actuó hasta en silla de ruedas. Está dispuesta a enamorarse cuando la pandemia cese y vuelvan los besos sin la barrera del barbijo. “Le doy gracias a Dios que mi marido está  en el cielo y no le tocó ver esto. Los últimos años estuvo de hospital en hospital, en Chile, en Argentina, en Perú. Yo seguía como pata de perro trabajando. Trabajaba, me iba corriendo al hospital para estar con él, volvía. Me salvó Chilindrina. Creo en la posibilidad de volver a enamorarme de una persona buena, atenta, educada. Divorciado o viudo. Eso sí: no lo quiero viejo. Mi esposo, me llevaba 15 años. Estoy cansada de cuidar viejitos”. 

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