La muerte de Solange, los muros delirantes y la censura de Parrilli



Solange Musse era joven y tenía cáncer, estaba internada en Alta Gracia. Pedía desesperadamente ver a su padre. Hay que escuchar su ruego. Era una plegaria que los custodios de una censura muy profunda se encargaron de desoír.

Él, su padre, Pablo, había llegado con su auto hasta Huinca Renancó, límite de La Pampa con Córdoba. Manejó cuarenta horas desde su casa en Neuquén. Unos 1.100 kilómetros. Lo demoraron horas en cada retén. Lo despreciaron. Esa es una de las dimensiones de la tortura, esa imposibilidad de transitar responsablemente. Fue una burla frente a la desesperación. No lo dejaron llegar. Ella murió ayer.

“Yo quería ver a mi papá”, decía Solange pocas horas antes de morir. “Lo quería ver mucho. Lo sigo esperando…”.  ¿Por qué no lo dejaron llegar? ¿Por qué lo detuvieron en esas fronteras artificiales, arbitrarias?

Lo frenaron con la excusa de la pandemia. Que debía hisoparse. Lo hizo. Dio negativo. Pero ella murió antes.

Dispusieron una barrera imperdonable en la despedida más urgente de la vida.

¿Quién se hace responsable de la soledad desgarradora de esa muerte?

Eso también es censura, es locura, es fascismo.

¿Quién nos protege de los abusadores, de los guardabarreras descorazonados, de la censura más dolorosa del mundo?

No pasarán. Esa es la excusa del abuso más intolerable.

A Pablo le levantaron otro muro de Berlín entre La Pampa y Córdoba, entre él y su hija, entre la digna y última promesa de amor eterno y la muerte irreparable.

Murió Solange, la joven enferma de cáncer que no pudo despedirse de su papá por las restricciones en Córdoba.

La censura tiene un millón de vericuetos, y ahora un alto funcionario pretende constituirla en ley.

Hay un hilo invisible que une al espíritu censor conceptual y al tangible y progresivamente represor.

¿Quién nos protege de la influencia de Parrilli?

El vocero de CFK y senador pretende otra novedosa pero anacrónica configuración de la censura: quiere resguardar a los jueces de la influencia de los poderes, entre los que no oculta su precisa obsesión con los “poderes mediáticos”.

¿Quiénes son los poderes mediáticos? ¿Los youtubers influencers ingresan en esa categoría ominosa? ¿Los adictos a Twitter?

Desde luego todos los periodistas autónomos del aparato propagandístico oficial merecerían entonces la aplicación de la cláusula Parrilli.

El senador legítimo por sufragio popular es punta de lanza del avance del ultrapopulismo propulsado por su jefa. Influir es prima facie un crimen.

Parrilli también es un influencer, de hecho logró incluir su inciso anti mediático en el estratosférico intento de reformar la Justicia.

El censor aguarda con impaciencia el momento en el cual los periodistas se censuren a sí mismos.

El gesto punitivo de la censura arraiga en la soberbia del censor. La censura es la raíz misma del nihilismo. Parrilli el influencer, el nihilista subordinado…es aquel al que su jefa trata y destrata como se ha visto.

Ella a la vez lo censura y lo maneja. Ese romance político sadomasoquista se manifiesta a cielo abierto. Lo ve el país. No por eso le cabe a él el derecho de censurar a todo el resto.

¿Quién nos preserva y cómo nos resguardamos de las relaciones endogámicas tóxicas que manejan tanto poder al margen de los intereses de todos?

Pero todo es más complejo.

¿Por qué tantos eligen depender de esas literales locuras?

La perplejidades se unen a los presagios. La radicalización crece. Obstinados e insensibles al reclamo social masivo de esta semana, la reacción fue la de siempre: redoblar la apuesta.

El Senado se convirtió en una nave lanzada al espacio exterior donde las minorías son acalladas y todo gira en derredor de la voluntad vicepresidencial.

Hay algo más profundo en todo esto. Hay un trasfondo psiquiátrico político, una locura extendida por debajo, y por encima del virus. La cuarentena funciona como trampa para propiciar demencialidades.

¿No es un delirio literal destinar toda ésta energía a la reforma judicial en el epicentro mismo de este Estado de Excepción jurídico y político que no termina de accionar contra los ya apabullantes casos de abuso policial, contra la explosión del virus en el Conurbano, contra la delincuencia que avanza como un amenaza masiva y superpuesta a la plaga universal del coronavirus?

Hay persecuciones contra los que marcharon en algunas ciudades del interior, vigilancia, verificación de documentos y registro de las patentes de los autos de las personas que se atrevieron a acudir al banderazo. Hay presión para no volver a manifestar.

Nadie se mueva. Esa sigue siendo la orden. Que nadie influya. Que no se investigue.

A Pablo Musse no lo dejaron influir sobre esos guardianes que le impidieron llegar a su hija que ya partía.

Fue un atentado feroz contra la angustia Eso quieren.

Que el silencio rodee la intrigante desaparición de Facundo Astudillo Castro, que no se hable, que se callen todos, que no griten, que nadie se exprese. Ese parece ser el mensaje.

La democracia se ausenta de sí misma. Y ese vacío es ocupado por los influencers modelo Parrilli.

“No nos van a doblegar”, precisó el primer magistrado. Nadie quiere doblegar. Solo se reclama oír. Que escuchen, que vean, que perciban que más allá de la corporación política está la sociedad real.

Solange y su padre son la realidad.

Y a ellos sí, los han doblegado.

“Lo sigo esperando a mi papá”, decía Solange antes de morir. “Mi papá es todo… lo necesito mucho”, decía. Repetía. “Lo sigo esperando”.

Decía. Y murió sin ese beso en la frente, sin la mano paterna aferrada a la suya, sin el sentido de la vida, en la hora misma de la muerte

La carta, escrita de puño y letra por Solange.

La segunda parte de la parte, con su firma.

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