La marcha, las banderas, los estafadores oficiales y el silencio eterno del secretario adinerado



Hay una aceleración de la historia que siempre apresura las transformaciones tras los acontecimientos inesperados.

El coronavirus​ acercó al futuro, demolió al pasado inmediato, produjo muerte, temor y temblor; y aquí, entre nosotros, diseñó un nuevo escenario sociopolítico.

El malestar se descerrajó hacia las calles. Pacíficamente.

Siempre es necesario analizar el movimiento de quienes manifiestan.

Emiten un mensaje según la forma elegida para moverse y expresarse. Hay marchas rectilíneas, de Casa Rosada al Congreso, por ejemplo, o a la inversa, del Congreso a Casa Rosada. Emiten reclamos políticos concretos en general. Las hubo y hay circulares, alrededor de la Pirámide como un eterno retorno del dolor (más allá de expresiones tan belicosas como las de Hebe de Bonafini). Hay marchas de silencio; como las de María Soledad Morales en su momento, o como la de la muerte del fiscal Alberto Nisman, un funeral popular que reinauguró en la Argentina un humor elegíaco prolongado. También hay banderazos, como el del jueves 9 de julio, una marcha sin liderazgos, abierta, disgregada capilarmente, incubada de manera virtual en las redes pero presencial y multitudinaria.

La marcha es un mensaje abierto con un itinerario abierto.

Quien quiera oír que oiga.

El origen de la convocatoria no fue unitaria sino federal. Todo brota desde el norte santafesino, donde el intento de apropiación de Vicentin alarmó y frenó esas ansias manifiestas por esa elite política aporteñada tan dispuesta a la exacción y a la centralización del comando económico verticalista.

En algún flanco o -como hubiera dicho el pensador Elías Canetti- en los “cristales de masa”, en esferas cerradas, cegadas y exaltadas, aparecieron los sectarios, que son minoritarios.

El sectarismo no distingue entre posiciones políticas. Hay sectarios en todas las dimensiones de la vida social. Los furibundos que agredieron y amenazaron a los periodistas de C5N, durante el banderazo, son vengadores jibarizados. Esa extraversión pura de la ira es un rabia idiota y necesariamente repudiable. Pero el banderazo fue mayoritariamente democrático. Sin liderazgos ni caudillos, sin aparato y sin representación partidaria explícita.

La oposición se montó sobre el reclamo a posteriori de su masividad.

Toda marcha multitudinaria es un vértigo político.

Una errónea ligereza singular podría definirla como una marcha del odio.

Una superficialidad vetusta pretende encapsularla como una marcha de la derecha.

No marchó la izquierda orgánica ni tampoco los lumpen proletarizados de la crisis. Pero los que salieron están más allá de la geometría política histórica. ¿Cuál es la posición ideológica promedio de un comerciante quebrado en la pandemia?

Salieron por desesperación, no por un encuadre político.

Hay un sensación de atropello, una percepción de arbitrariedad, un desasosiego que proviene de la injusticia.

Los estafadores oficiales salen en libertad.

Los que quieren trabajar no pueden.

Esa imposibilidad, por fundadas razones sanitarias o sin ellas, incuba y configura un malestar que crece. Hay reclamo profundo frente a la injusticia. Es una rebelión ante la impunidad que ya estaba diseñada de antemano por la jefatura de la corrupción, en beneficio de sus cómplices.

Todo se agudiza azuzado por la irresponsabilidad que desde los fueros discursivos del poder propalan desprecio e ignorancia sobre lo que está ocurriendo.

Mientras tanto, la miseria se extiende. Los mendicantes se multiplican. La noche invernal los invade de frío y los días los reúnen en los comedores populares.

En el conurbano avanza el virus, la pobreza, y la incertidumbre.

Se despliega un universo desmantelado parcialmente por la pauperización que desarma cualquier carta geográfica previsible. Entre la ley y la anomia hay fronteras lábiles y los narcos perciben esos agujeros negros para instalarse y propagarse. El Gran Buenos Aires es un espacio a la vez conocido y enigmático.

La cuarentena es allí más declamada que cumplimentada.

¿Qué pasará?

No cabría exorcizar a priori ninguna pesadilla. Tampoco resulta conveniente el deleite que suele acompañar al tremendismo.

Pero sí es necesario el realismo, la información veraz y la acción estatal que brilla en muchísimas áreas más por su ausencia que por su declamada presencia.

El Primer Magistrado ya debe de haber advertido que modificar los dichos según cada interlocutor no alcanza para resolver problemas.

La vicepresidenta calla como siempre.

Y Fabián Gutiérrez quien fuera su adinerado secretario ya no hablará nunca más.

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